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Entre mi verdad y la tuya

Por Nerea Barón:

La convivencia con las otras personas es, entre otras cosas, un espacio de negociación de verdades: se entretejen percepciones, se defienden puntos de vista y, en el mejor de los casos, se llega a ciertos consensos para, más tarde, llamar realidad a esa construcción conjunta.

Si no hay un otro que constate o reconozca de alguna forma nuestra verdad, sostenerla se vuelve sumamente angustiante y es fácil comenzar a dudar de ella. ¿No son los locos, en última instancia, personas con una verdad inaccesible para el resto? La película Twelve monkeys (1995) retrata bien ese problema cuando Cole (Bruce Willis), viajero del tiempo, empieza a creer que su misión es una alucinación, pues es una verdad que no es compatible con la verdad de las personas que le rodean, al ser éstas personas del pasado para quienes los viajes en el tiempo no existen.

Esto da lugar a problemas de tipo político, pues si la construcción de verdad es de orden social, importa quién lleva la voz preponderante. La normalización de ciertas dinámicas de poder a menudo ha sido confundida por verdad (que como tal es “obvia” e irrefutable), haciendo que las voces disidentes suenen delirantes y sea más difícil escucharlas o darles validez.

De igual manera, en nuestra vida personal pasa algo semejante. De acuerdo con el budismo, hay tres tipos de enajenación que te arrancan del presente: volcar la atención sobre el futuro, sobre el pasado, o sobre la mente de los demás. Los tres tienen un común denominador: a ninguno de ellos tenemos acceso real. El pasado sólo se puede atender a partir de sus consecuencias –que pertenecen al presente–, el futuro sólo se puede atender cuidando el presente que le dará luz, y la mente de los demás sólo puede tener un lugar cuando éstos deciden pronunciarse, no antes ni después.

Sin embargo, maleducados en el arte del presente como estamos, vivimos dándole realidad a eso que, de suyo, no la tiene. Y en particular, cuando se trata de la percepción ajena, inferida desde la especulación solitaria o cachada al aire en donde no hay un diálogo abierto, no hace sino debilitarnos y descuidar la pregunta de fondo: ¿cuál es la verdad que nosotros suscribimos y por qué?

Con esto no pretendo defender verdades asociales, como si pudiéramos construirnos una visión del mundo sin nutrirnos del afuera, ni mucho menos fomentar una postura tiránica en la que se le niegue la escucha al otro, pero retomando la dimensión política de la construcción de verdad, sí creo que volcar toda la atención en la verdad del otro es una forma de dejar de escucharnos a nosotros mismos. Intuyo, además, que es un asunto de género: a las mujeres en particular se nos ha educado para supeditar nuestra verdad a la verdad del otro.

Conecto con la angustia del loco, insistente en marcar un punto que nadie más valida. A veces hace falta soportar esa soledad perceptual y actuar en consecuencia, aunque nadie más entienda por qué. Al final, quién dijo que el mundo era sólo uno o que las encrucijadas tenían una sola salida posible.

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