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Entre lo urgente y lo importante

Por Nerea Barón:

Distracción quiere decir: atracción

por el reverso de este mundo.

-Octavio Paz.

A veces la vida no deja lugar para la vida. A veces lo urgente se sobrepone a lo importante y todo se vuelve una enorme distracción de sí mismo, un paréntesis tan largo que olvida el texto inicial, una ramificación sin tronco, un rizoma. A veces extrañamos –curioso verbo: anhelar lo súbitamente reconocido como extraño– lo más cercano, lo que está sin estar porque hemos dejado de significarlo. Como nuestros pies que caminan sin un ápice de nuestro reconocimiento (parece que hace falta tomar prestados adjetivos para volver a evocarlos: masudos, regordetes, callosos, lisos, arqueados), o como nuestros padres que nos aman con tal constancia y humanidad que ya no escuchamos sus tequieros más que como una cantaleta de sus deseos insatisfechos.

Y ante el extrañamiento de lo cercano surge el anhelo de lo lejano, con sus palmeras y su cerveza bien fría, con sus deudas saldadas, sus libros por leer en la mesilla lateral y el ser amado de buenas, sin celular y compartiendo alegre el desayuno. En medio de esta escisión el buen ánimo difícilmente sobrevive: por una parte tiene que pagar las cuentas, llegar a tiempo, sacar pendientes; por otra es incapaz de reconocerse como el ejecutante de la acción, y mientras se vierte en esos menesteres fantasea en cuando sea rico y tenga tiempo, cuando nadie lo moleste y la vida deje lugar para la vida.

A veces extrañamos —lamento mediante— un paraíso arcaico al que nunca accedimos, aquel momento antes de la mácula primigenia cuando todo era simultáneamente conciencia y descanso, cuando no había imbéciles ni ciudades, cuando no había desfase entre el deseo y el deber, ni entre lo urgente y lo importante.

Extrañamos ser libres de lo que –según creemos– nos ata. Porque claro, de otra forma lo seríamos todo: lectores, artistas, deportistas sanos. Pero cuando acabamos de renegar de nuestro papel de desterrados hijos de Eva, resulta que aquí seguimos y que nuestra vida sigue siendo tan nuestra como al principio, tal cual la concebimos: enajenada, excéntrica, ruidosa.

¿Por qué entonces no llamar centro a la periferia?, ¿por qué no reconocernos en todas las expresiones residuales de nosotros mismos y dejar de ver con peyoración nuestra propia vorágine? No sé, pero al menos yo estoy cansada de recriminarme por vivir “fallando” cuando lo único que estoy haciendo es vivir esa otra vida: la de los pendientes, el cuerpo cansado y las ganas de pizza y Netflix.

Tal vez nuestro error ha sido creer que la vida se debate sólo entre lo urgente y lo importante –la gravedad y el cielo, dos polos irreconciliables–, y que la armonía únicamente puede aparecer cuando todo se ha resuelto y el mundo a nuestras espaldas yace enmudecido y quieto.

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