Entre lo político y lo espiritual

Por Nerea Barón:

La realidad es terrible. Por mucha esperanza que le imprimamos, basta leer un momento las noticias para sentir el peso de la crueldad, de la inconsciencia humana. Frente a eso, cada quien se defiende como mejor puede; hay quien abraza el miedo y hay quien abraza la ira, hay quien grita de indignación y quien decide no inmutarse, porque nos guste o no, la indolencia también es una forma de supervivencia.

Yo por lo regular opto por enterarme en silencio, no sin sentir un pellizco de culpa por tal elección. Quisiera tener qué decir. Quisiera tener la convicción de que unirme a la turba es el camino, de que hay que protestar hasta desgañitarse, de que así es como se reconquista al mundo. Yo también quiero que nuestros políticos sepan que nos damos cuenta, que se la piensen dos veces antes de desaparecer a alguien, si no por humanidad, al menos por miedo al costo político que supone.

Pero no lo hago y seguido me pregunto seriamente por qué. ¿Estoy siendo víctima de mi propio privilegio por querer procurarme y procurar el bienestar desde la interioridad, por hablar de nociones de mundo y estados mentales en vez de hablar de sucesos trágicos? Probablemente. Cifrado en ese lenguaje, nadie está libre de culpas. No obstante, veo crecer el miedo y el enojo en redes sociales y no puedo evitar pensar que normalizar tal estado anímico sólo contribuye a nuestra propia destrucción.

Somos naturaleza. Somos una flor que mueve su cabecita en busca de sol, y si bien el terreno económico, político y social es cada vez menos fértil para nuestro crecimiento, si no honramos nosotros mismos nuestra frágil condición de seres vivos, de seres sintientes, de seres que tienden hacia la luz, nos volvemos cómplices de nuestro propio marchitar.

¿Habría entonces que desertar en la protesta? Por supuesto que no. Me gusta creer que hay quien encuentra un equilibrio afortunado y sabe al mismo tiempo denunciar y cuidar de la vida, ser justo y a la vez compasivo, ser valiente sin perder la ecuanimidad.

Cuando pienso en esto, me da por mirar la fotografía de Thích Quảng Đức, el famoso monje budista que en 1963 se prendió fuego en plaza pública como forma de protesta contra las persecuciones que sufrían los budistas por parte del gobierno de Ngô Đình Diệm. El mensaje era contundente: al entregar voluntariamente su propia vida, negó simbólicamente la posibilidad de que Ngô Đình Diệm siguiera traficando con el miedo a la muerte de su propio pueblo. Fue un acto de amor.

Me gusta pensar en Thích Quảng Đức porque su gesto radical de entrega sugiere una salida a esta falsa dicotomía. Si pudo hacerlo, si pudo quedarse estático mientras ardía en llamas no fue por miedo, no fue por ira, no fue porque negara su propia condición de ser sintiente sino porque, por el contrario, pudo trascenderla para ponerla al servicio de algo más.

Me atrevo a decir incluso lo siguiente: no hay lucha política que valga si no viene acompañada de una espiritualidad –una conexión con lo que es más grande que uno mismo–, de una infinita compasión ante el sufrimiento ajeno, de un amor genuino por la humanidad.

Sigamos luchando. Pero no dejemos de revisar ni un solo momento desde dónde lo hacemos, por qué lo hacemos; no dejemos de alimentar nuestro propia fuente de vida y –por favor– no dejemos de hablar de amor.