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Entre árboles

Por Deniss Villalobos:

Si alguna vez sientes que los pecados te doblan las piernas y te vacían el estómago, vete al campo, lejos de la gente; busca un árbol frondoso, abrázate a él y dile todo lo que quieras.
Elena Garro

No es raro que nos enamoremos de los lugares en los que pasamos buenos momentos. Conozco casos de personas que le han pedido matrimonio a París o que han sido detenidas en el aeropuerto porque intentaban escapar del país con Nueva York. Yo no he llegado a esos extremos, pero la verdad es que le tengo mucho cariño a varios lugares, entre ellos Hidalgo, o lo que conozco del estado: a sus caminos de un solo carril con peligrosas vueltas, a sus árboles altísimos, a la neblina que vuelve fantasma a sus pueblos y a cada uno de los locales donde venden pastes mineros.

Mis tíos se mudaron a Pachuca de Soto hace unos años y, desde entonces, visitarlos y pasear por los lugares cercanos es una de mis actividades favoritas. Tener la posibilidad de manejar poco más de una hora para estar en un bosque me parece muy valioso, porque es completamente distinto a la ciudad, todo se ve y se escucha diferente e incluso el tiempo pasa de otra forma: lentísimo y tranquilo.

El fin de semana pasado estuve en Huasca de Ocampo, un pueblo escondido en el bosque, a unos treinta minutos de la capital y a solo 15 kilómetros de Real del Monte, otro de los pueblos más famosos y visitados de la zona. La clasificación de “pueblo mágico” no siempre dice la verdad; en algunos lugares, aunque veamos un kiosco, una iglesia y casitas de tejado rojo, no podemos encontrar la magia por ningún lado: no está en la cafetería de la sirena disfrazada de humilde local ni en los restaurantes de cadena con su comida sin sabor. Pero el caso de Huasca es especial, hay magia en sus puestos de dulces, frutas y verduras, en las mesas largas de madera donde las familias comen pancita, quesadillas y barbacoa, en las cabañas rodeadas de flores y en las calles empedradas.

Camino a Huasca noté que estaba de buen humor, que tenía ganas de sonreír y de hablar por el simple hecho de ir con mi familia contemplando un paisaje totalmente verde. Imagino que, guardando distancias, lo que algunos sentimos al estar cerca de la naturaleza debe ser parecido a lo que siente un astronauta cuando observa la Tierra desde el espacio. Huasca me hizo pensar eso. No me sentía en otro planeta pero sí en un lugar desde el que podía contemplar más belleza, como si el mundo se hiciera chiquito frente a mí para dejarme ver toda su belleza por un momento.

Me encontré con un perro llamado Olaf con quien hablé unos minutos mientras su familia vendía flores en la plaza del pueblo, acaricié un caballo mientras su dueño perseguía a un pato, tomé café de olla, busqué una librería hasta que di con un lugar en el que solo tienen tres libros, pasé por Calicanto, una localidad de solo ocho habitantes, leí mientras los demás bebían una cerveza junto a las cascadas de Los Prismas y visité el Museo de los Duendes en donde no hay duendes pero hay gente que cree en ellos.

En resumen, creo que visitar Huasca fue mejor que estar en uno de los libros o películas que me gustan, porque todo es real: porque esos lugares existen, porque estaba ahí, de pie, respirando entre árboles frondosos a los que podemos abrazar y contar cualquier cosa.

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