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En un rincón del bosque

Por Deniss Villalobos:

“La gloria de la amistad no es la mano extendida, ni la sonrisa bondadosa,
ni la alegría de la compañía; es la inspiración espiritual que sientes
cuando descubres que alguien más cree en ti.”

Ralph Waldo Emerson

Me gustan esas amistades con las que puedes no hablar durante meses para que después, como si acabaran de haber pasado el día de ayer juntos, regresen a tu vida sin mucho alboroto. Amistades tranquilas que son como aire fresco, a las que te acercas cuando necesitas un respiro y nunca tienes que saludar con un hola porque jamás se dicen adiós. Amigos con los que eres como Pooh y Piglet, con los que cualquier momento se siente como compartir un tarro de miel.

Y es que, a decir verdad, no tengo muchos amigos. Con el tiempo un montón de personas se han ido de mi vida y siendo honesta no echo de menos a nadie. No me molesta estar sola. Puedo ver las estrellas sin que alguien se acueste a mi lado, no me molesta ver una película en la que soy la única persona sin pareja y disfruto de comer en mi restaurante favorito sin importar quién me acompañe. Y a pesar de no tener problemas con andar por mi cuenta, a veces decido dar caminatas largas al lado de gente a la que amo.

Creo que es así como reconoces a las amistades de tu vida: no las necesitas con desesperación ni te sientes terriblemente mal cuando están lejos, pero deciden, aún pudiendo disfrutar de la vida a solas, compartir ciertos momentos que al estar juntos se convierten en tesoros. Imagino a los pocos amigos que tengo como estrellas; aunque estemos separados, son parte de un grupo que, conectado por un lazo invisible, los vuelve mi propia constelación.

Sé que he lastimado a personas que me importan cuando desaparezco y, aunque a veces quisiera prometer que no volveré a hacerlo, quienes mejor me conocen saben que tengo vocación de fantasma. Me quedo en alguna habitación y algunas noches, en especial si el viento hace que las ramas de un árbol azoten las ventanas, salgo a merodear por los pasillos en busca de alguien con quien hablar. Pero dice Alan Milne que uno no puede quedarse siempre en un rincón del bosque esperando que los otros vengan a ti; tú tienes que acercarte de vez en cuando. Estoy de acuerdo, solo que a algunos nos falta mucha práctica.

Que tenga amigos que entienden que casi siempre prefiero estar sola no debería ser razón para que me olvide de ellos. Y en realidad nunca lo hago; hay siempre una canción, la hoja de un árbol o la tapa de un libro que me recuerda a uno de ellos, pero aunque sepan que me importan, me gustaría demostrarlo de alguna manera con más frecuencia. No dejar mensajes en visto (al menos no tan seguido), preguntar “¿tomaste jugo de naranja esta mañana?”, mandar un emoji de ballena, contarle a alguien en qué página voy, ir por sopa y helado un viernes por la tarde: hacer algo, aunque sea pequeño, por los amigos que, como yo, también se encuentran en un rincón del bosque.

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