Looking for Something?
Menu

En la boca de la tormenta había un payaso

Por Alejandra Eme Vázquez:

Se llama coulrofobia y al parecer existe desde que el mundo (occidental) es mundo. Me gustaría darles más detalles técnicos sobre el padecimiento, pero la investigación me resulta infructuosa cuando cada artículo en línea al respecto es ilustrado con imágenes, precisamente, de payasos horribles que no quiero ni imaginar. Lo que sí puedo es dar testimonio de mi propia coulrofobia, que data de mi más tierna infancia: en mi segunda fiesta de cumpleaños de la vida, mis papás contrataron a dos payasos amigos suyos para entretener a los asistentes y me tomaron tres fotos con ellos en las que salgo aterrada aunque a nadie parezca importarle. Ésta es la que me parece más perturbadora:

Yo no sé cómo hizo Stephen King para escribir It y sobrevivir a la coulrofobia, pero no cabe duda de que el universo que ahí creó ha sido la pesadilla recurrente de muchos desde la publicación de la novela en 1986 hasta el estreno de las adaptaciones cinematográficas: la primera en 1990, protagonizada por Tim Curry, y la segunda este año, protagonizada por Bill Skarsgard. Tampoco sé por qué nos torturamos yendo al cine a abarrotar las salas para gritar de miedo cada que aparece Pennywise y luego no poder dormir porque a la mente le basta cualquier recuerdo atemorizante para ponerse creativa, y terminar escribiendo, no sé, esta columna en plena madrugada.

Quizá es que a todos nos interesa el miedo y de eso trata It: de cómo el miedo toma la forma de la sociedad que lo contiene. El pueblo de Derry no es distinto a nuestros pueblos, todos: por cada calle un peligro y por cada peligro, un silencio. La adorable armonía de la apariencia se sostiene en silenciar una violencia que se perpetra desde todos los flancos, en distintas intensidades, pero que no para, y la ficción permite concentrar todo ese terror flotante en un payaso de origen sobrenatural que existe desde la fundación del pueblo y aparece cada veintitantos años para secuestrar y matar niños, alimentándose de su miedo. Pero al mismo tiempo, la historia no deja de señalar que lo verdaderamente monstruoso es la incapacidad de los no vulnerables para darse cuenta de la brutal realidad que viven quienes están en una constante situación de riesgo.

Los carteles con las fotos de desaparecidas y desaparecidos se acumulan. El nuevo caso roba cámara a los anteriores y nadie sabe exactamente qué hacer más que tener ese pánico resbaloso que no permite mantenerse en pie ni pensar con claridad, que se desliza y se desvía hacia donde sea menos a enfrentar el horror. Y de pronto uno no sabe si sigue hablando de la novela, de las películas, de los payasos y de las fobias porque también es ésa nuestra realidad, en la que ni siquiera tenemos la facilidad de atribuir la cruda e interminable violencia a un monstruo único, porque el monstruo se encarna en cualquiera y nos toca a todos, origen y recipiente.

Pero It, como nuestra propia historia, también trata de comunidad. Cuando King escribió su novela, se aseguró de que los personajes perseguidos por el villano pudieran formar una pandilla que encontrara en el acompañamiento la forma de vencer las representaciones más vívidas de sus terrores. Si tenemos instalados, ya de fábrica, mecanismos de autodefensa que nos hacen reaccionar cuando estamos en peligro, lo que aprenden Bill Denbrough y sus seis amigos es a hacer que esos mecanismos sean detonadores de movilización. Pero eso sólo puede hacerse en conjunto, por la sencilla razón de que si la visión se amplía, también las posibilidades. Y también porque el afecto genuino tiene el poder de hacernos sentir suficientes, poderosos e importantes.

Al final, el viaje por la trama It deriva justamente en revisar el proceso mediante el que se desactiva ese miedo abstracto y escandaloso que no deja ver más allá, el que se disfraza y se maquilla para distraernos, el que se alimenta de nuestra parálisis. Quizá por eso es valioso el recién estrenado “refrito”, mucho más allá de la redituable fascinación colectiva por saltar de las butacas, aunque se extrañe el carismático Pennywise de Curry y pese a los cabos sueltos: It sigue siendo una historia necesaria de contar porque visibiliza una violencia que normalmente no queremos ver y nos recuerda que no hay una sola persona en este mundo que no tenga miedo, pero que aislarnos no es una opción. Por el contrario, el truco está en aprender a compartir también nuestra vulnerabilidad, ésa que nos han dicho que no se enseña, y reconocer lo que siente el otro tanto como reconocemos lo propio. Que no nos engañen, cuidarnos y querernos ya es movilizarnos, y sólo así podemos confrontar a Eso que nos quiere débiles.

Porque nadie es débil cuando se hace cargo de su miedo, y mucho menos si está acompañada, acompañado.

Puede interesarte

Por los niños
Minuta de silencio
Del 9/11 al Brexit
Siembra tu rezo
[Faquires]
Ni perdón ni olvido

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter