En el corazón de la falta

Por Nerea Barón:

El problema de la moral es que sabe demasiadas cosas. Como profe estricto, apenas se acerca y sumimos la panza, nos sentamos bien derechitos y tapamos con el brazo nuestros garabatos en el margen del cuaderno. ¿Estamos siendo malos estudiantes? No necesariamente, pero eso no nos deja libres de mácula: si se nos inspecciona, seguramente nos encontrarán algo de reprochable.

Esa conciencia de la mácula, fundamento de la noción cristiana del pecado original, es constructiva a su manera: sólo quien se sabe carente puede estar receptivo a sus propios errores y no devenir un tirano a espaldas de sí mismo. Misma lógica subyace en la famosa frase socrática «yo sólo sé que no sé nada», porque claro, quien sabe ya no necesita preguntarse y, en un santiamén, puede volverse un ignorante. La soberbia del sofista –ilusión de completud– le hace olvidar que la búsqueda del conocimiento no es más que un ejercicio de bordear vacíos y el conocimiento consumado, un punto ciego.

No obstante, la continua sensación de falta también tiene su precio y muchas veces, lejos de ser un aliciente para el desarrollo, se vuelve un motivo de parálisis, de neurosis y de culpa, como si, hiciéramos lo que hiciéramos, nunca pudiéramos hacerlo bien. Corte A: generaciones enteras incapaces de ser compasivas consigo mismas, atrapadas en un ciclo destructivo de autorreproche o de reclamo.

La pregunta que se desdibuja ante tal severidad es: ¿Qué necesidad estamos buscando atender cuando cometemos dichas faltas? Más allá de que reprobemos la expresión misma de la falta, ésta está cumpliendo un objetivo en la psique de quien la comete. Si viéramos los accesos de ira o las coerciones u omisiones basadas en el miedo como programaciones biológicas y socioculturales diseñadas para la supervivencia (y que por tanto surgen cuando el individuo se siente amenazado), podríamos atenderlas mejor.

Y sí, es verdad que a veces los mecanismos que tenemos para defendernos no son los más sofisticados y que a veces nuestro sentimiento de amenaza se activa por estímulos mínimos, sin justificación racional aparente, pero aun en esos casos, no debemos olvidar que dichas reacciones se presentan como necesarias para quien las tiene.

Más allá de justificar abusos o de eximir de responsabilidad a quienes los cometen, se trata de encontrar una manera más compasiva de hacerles frente. La condena puede ser efectiva inhibiendo un comportamiento, pero no necesariamente desarticulando la emoción que le dio origen, lo que sólo desplaza el problema. En cambio, preguntarnos por las necesidades que subyacen detrás de los actos que condenamos puede ser un buen inicio para darles otras salidas.