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En el camino

Por Deniss Villalobos:

Recuerdo muy bien la primera vez que fui consciente de hacer un viaje: mi familia y yo íbamos a la playa hace quince años. Pregunté cuánto tiempo faltaba para llegar no menos de cincuenta veces, y mi padre me respondió amable y pacientemente en todo momento. Supongo que todos los niños suelen preguntar cuánto falta para llegar a cualquier sitio. La paciencia no se le da bien a muchos, pero cuando eres pequeño es casi imposible poder esperar a que algo suceda. Lo quieres todo y lo quieres ya.

Lo extraño es que yo recuerdo haber preguntado tantas veces cuánto tiempo faltaba para llegar porque no quería hacerlo. Claro que me emocionaba la idea de conocer el mar y sentía un cosquilleo en el estómago al pensar en él, parecido a eso que sentimos la noche previa a entrar a la escuela o antes de una entrevista de trabajo, pero durante el trayecto mirar por la ventana me pareció mil veces más emocionante que el océano. Ver asfalto y más asfalto; árboles, campos verdes y a veces rocas; pequeñas colinas que yo veía como enormes montañas y sentir el viento pegándome en la cara, todo eso me hacía feliz como perrito que asoma la cabeza por la ventana y saca la lengua.

Claro que después de unas horas llegamos a la playa. Nos instalamos en un hotel salimos a la piscina, luego fuimos a comer y por la tarde, tomada de la mano de mi madre, conocí el mar. Ese momento fue hermoso y vive en mi memoria, además de conservarlo en una fotografía. Fue un viaje muy bello del que tengo muchos recuerdos, pero soy totalmente honesta cuando digo que lo mejor fue el camino de vuelta a casa. Disfruté cada segundo y no perdí tiempo hablando con mis familiares o cantando, como hice de ida: me dediqué exclusivamente a ver por la ventana como si el paisaje fuera una pintura que nunca se acababa.

Desde entonces no he hecho grandes viajes, pero lo que sentí aquella vez dentro de un carro, encerrada, y al mismo tiempo tan libre y lejos de lo que conocía, me hizo entender que llenar una maleta y largarte a cualquier parte del globo es algo que todos deberíamos hacer algunas veces en la vida. Ver a gente que no conoces y hablar con ella con más confianza de la que lo haces con las personas que ves a diario, es una experiencia maravillosa. Hay lugares en los que te hacen sentir más en casa que en tu casa. Se viaja para conocer a los otros: sus costumbres, su comida, sus edificios, su música, sus bailes y aquello que los hace felices o los entristece. Viajas para que, a través de ellos, logres conocer un poco más de ti mismo. Viajar es lo que necesitan las almas que no pertenecen a ningún lugar o que más bien pertenecen a todos los lugares. Quienes viajan para tener qué presumir, para tomar miles de fotos o para decir que estuvieron en tal lugar a la menor provocación, me hacen recordar a esas personas de las que hablaba Chesterton: el viajero ve lo que ve, el turista ve lo que vino a ver.

Conozco algunas ciudades y he visto lugares geniales; pocos, pero guardo recuerdos memorables de cada uno de ellos. Hay un montón de cosas hermosas en el mundo, cerca y lejos de nosotros, y en cuanto estamos en un lugar distinto, subidos en un auto o en un avión, la perspectiva que tenemos sobre cualquier cosa cambia por completo.

Viajar, o el deseo de hacerlo, te hace comprender aquello de que el mundo es un libro y quien no viaja solo ha leído la primera página. Yo no he terminado ni el índice, pero salir un poco e ir alejándote cada vez más de tu hogar, te hace comprender cuánto hay por conocer y cuánto te tienes que esforzar por lograrlo. Jack Kerouac lo ha explicado mejor que nadie: there was nowhere to go but everywhere, so just keep on rolling under the stars.

Hay que seguir moviéndonos bajo las estrellas, siempre. Pueden pasar semanas, meses o quizás años sin que hagamos nada, yendo de un lado a otro con los ojos cerrados, perdiendo el tiempo y desperdiciando muchas oportunidades de conocer algo que nunca antes hemos visto. Veamos y escuchemos al mundo, porque hay miles de cosas que vale la pena contemplar: bosques que quieren contarnos un secreto o pueblos que necesitan nuestros pasos sobre ellos; niños que quieren enseñarnos un juego y animales que nuestras manos desean acariciar; cielos llenos de nubes a las que solo nuestros ojos les encontrarán forma; bebidas que quieren probar nuestros labios, música que nos hará sentir bailarines profesionales e historias sobre guerras que no vivimos pero también necesitan de nuestras lágrimas para sanar el corazón de quienes las sufrieron.

Ver el mundo detrás de un cristal no está mal, pero no debemos olvidarnos de tomar el equipaje de vez en cuando y salir al mundo para convertirnos en parte del paisaje que otros observan desde sus ventanas.

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