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En contra de la meritocracia

Por Nerea Barón:

«¿Pero quién reza por el diablo? Quien, en dieciocho siglos, ha tenido la decencia común de rezar por aquel pecador que más lo necesitaba?» —Mark Twain

Nadie merece ser amado. Nadie merece nacer y tener unos padres que le cambien los pañales a cambio de nada; de gritos, de llanto. Nadie merece la compañía de nadie en los malos momentos, ni la risa de los amigos ni la mirada luminosa de los amantes. La vida precede al mérito y ocurre aun a su pesar: su abundancia poco sabe de justicia.

Basta traer a la memoria a alguien que ha tenido el feliz infortunio de enamorarse de nosotros para constatarlo. ¿Qué nos vio y por qué no se retractó después de vernos estallar, débiles, torpes y narcisistas? Quién sabe. Lo cierto es que si nuestra fortuna dependiera directamente de nuestro altísimo valor humano ya nos habríamos extinguido como especie desde hace varios milenios.

Sospecho, en consecuencia, de cualquier tipo de meritocracia. No sólo por su aplicación fallida (mentira que al sobresaliente o al luchón le va mejor), sino porque nos hace olvidar la arbitrariedad de los dones y endilgarnos méritos que no nos corresponden.

La meritocracia nos mete en una lógica de deudores y acreedores: cuando no nos sentimos culpables por recibir lo que no merecemos, resentimos no hacerlo y nos convencemos de que el mundo nos lo debe. En nuestro afán por llevar la cuenta de lo dado y lo recibido reducimos toda ventura a un ornamento del ego y toda desgracia en una afrenta personal, como si todo se tratara de nosotros y estuviera obligado a reflejarnos.

Del otro lado está la gratitud. La conciencia de que tenemos lo que tenemos no porque lo merezcamos, sino porque nos fue dado. La conmoción vibrante de sabernos frente a lo improbable. Y junto a ello, la generosidad: tampoco el otro necesita merecer nuestros dones para que se los otorguemos. Más aún: es justo porque no los merece que se abre la posibilidad de dárselos, pues quien todo merece, ¿qué podría necesitar? El amor, antimeritocrático, se cimenta en la falta.

Tengo un amigo que lleva un par de meses siendo un cretino. Y pasándola mal. Como es de imaginar no han dejado de llover las justificadísimas ofensas y críticas en su contra y cómo no, de pronto merece que todos le demos la espalda, pero justo ahí radica la crueldad de dársela. La muestra más evidente de nuestro exceso de meritocracia es nuestra falta de compasión, midiendo cada vínculo en términos de resultados y obviando el hecho de que sólo somos personas aprendiendo, tropezando y sobreviviendo nuestras propias batallas.

«¿Pero quién reza por el diablo? Quien, en dieciocho siglos, ha tenido la decencia común de rezar por aquel pecador que más lo necesitaba?», se pregunta Mark Twain. No lo sé, pero quizá sea un buen momento para empezar a hacerlo.

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