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Empapichúlame el diccionario

Por: Alejandra Eme Vázquez:

Una de las primeras cosas que aprendemos al llegar al mundo es que no todo es "correcto". Que lo que hagamos espontáneamente no es válido si no corresponde a una norma que está por ahí, flotando como entre nubes, hasta que tenemos edad para comprender que vivimos en una realidad institucionalizada y regida por árbitros cuyas expectativas quizá no alcanzaremos a cumplir jamás, aun cuando se supone que las reglas están puestas para nuestro bien. Puede usted entrecomillar a su gusto.

Eso de que tengamos un lenguaje desarrollado en común es una maravilla; eso de que podamos organizarnos para jugar a la humanidad entre todos, también. De lo que estamos dudando en estos momentos es del afán por preservar ese lenguaje y esa convivencia creando instituciones que implican jerarquías y poderes sobre mayorías. En algún momento se consideró necesario que los ciudadanos "de a pie" fueran representados por organismos que rigieran lo que hicieran o no, lo que dijeran o no, con todo el error humano que esto puede significar: de eso estamos dudando.

En México sabemos bien de instituciones en crisis, ésas que se alejan tanto de sus representados que terminan por tener de ellos una visión sesgada e irreal y por lo tanto, pierden la perspectiva, al punto en que el poder es usado en innumerables ocasiones para satisfacer caprichos personales de quienes lo tienen. Quizá porque piensan que la institución los ampara, quizá porque la encuentran ya tan corrupta que no les es posible pensar de otra manera: el caso es que en nuestro país lo institucional es el simulacro más grande de todos.

Es verdad que la Real Academia Española no ha llegado a ese punto y no podrá llegar nunca, porque en primer lugar su materia es absolutamente noble: el idioma, ése que nos sirve para nombrar todo aquello que existe y que quizá exista porque lo nombramos; y en segundo lugar, no es un organismo gubernamental ni tiene poder directo sobre sus representados, los hablantes de español/castellano en toda nuestra diversidad y geografía. Pero extrañamente, cuando la semana pasada se dio a conocer la lista de nuevos términos aprobados para incluirse en el diccionario "oficial" de la lengua española, muchos hablantes sentimos que la crisis institucional también está ahí, sobre todo al incluir términos que de inmediato causaron polémica, como "amigovio" y "papichulo", palabras que contrastan con la imagen conservadora que la Academia se ha esforzado en construir.

Cierto, todas las palabras existen con y sin la RAE. Cierto, es un esfuerzo loable tener un diccionario. Cierto, están planteadas como propuestas de regulación, no como leyes universales. Cierto, el registro escrito construye historia… Entonces, ¿por qué parece haber condescendencia en la visión de la Academia hacia los hablantes hasta parecer obsoleta? La propia institución acepta que el diccionario irá siempre detrás de las formas reales de utilizar el idioma, pero ¿qué tan detrás? Y sobre todo, si el uso social de la lengua ha probado su adherencia a las reglas e incluso juzga a sus hablantes por su capacidad para usarlas, ¿no podría existir una mayor responsabilidad en crear un vínculo más honesto con su representado, el español, aunque esto signifique relajar sus procedimientos y perder ese aire categórico que hasta ahora ha ostentado?

La RAE explica que hay muchos términos que siguen en discusión porque debe hacer honor a su lema ("limpia, fija y da esplendor") decidiendo minuciosamente si una voz que ya existe en nuestro idioma es efímera o no; es decir, si va a sobrevivir, o no, a la prueba del tiempo. No sé cómo deciden eso. No sé cómo determinaron que "amigovio" no era efímera, o si la incluyeron para que los hablantes viéramos que estaban aceptando también una forma de vida, que estaban "en onda". No lo sé. Pero a mí, como profesora de Español en secundaria, me preocupa que la gramática y la ortografía se hayan convertido en un artículo de lujo y que los hablantes sean juzgados en buena parte por su uso correcto o incorrecto, lo que quiere decir apegado o no a las normas de la RAE; por eso es que necesito comprender con qué está comprometida esta Academia, cómo toma sus decisiones, y exijo que éstas no sean caprichosas o mediáticas. Lo mismo que se exige a cualquier institución, ¿no es así? ¿O es que de verdad no es posible que una institución marche con una representación cercana y comprometida?

Lo perturbador del caso es que pese a todo, quizá en el fondo estemos pensando que sin instituciones el mundo se vendría abajo. Y entonces criticamos las decisiones de las jerarquías de cualquier índole con la secreta aceptación a priori de que sólo estamos quejándonos por procedimiento, pero que nada va a cambiar. Porque en realidad no sabemos desde dónde, hasta dónde ni por dónde. Las instituciones parecen intocables; lo que está escrito parece imborrable; lo que está hecho parece incuestionable. No es fácil desentrañar este problema de las representaciones fallidas ni saber cómo actuar ante él.

Pero eso sí, es un hecho que cualquier hablante se extrañaría ante muchos de los nuevos términos aprobados para entrar en el diccionario de la Real Academia Española, porque tienen un matiz falso y caduco. Y si nos extrañamos, hay que decirlo; de decir, seguro surgirá algo. Quizá ahora estamos en el momento justo de tomar la responsabilidad sobre vigilar que los organismos que nos representan tomen decisiones coincidentes con el mundo y si no coinciden, exigir que nos las expliquen, nos pidan disculpas, nos tomen en cuenta; y si no, hacer ruido hasta ser escuchados. Si para algo poseen recursos las academias, gobiernos, comunicadores y otros "árbitros" o "reguladores", es para actuar en beneficio de las mayorías. No dejemos que nos den solamente malos híbridos de ejercicios de poder. Como "amigovios". O "papichulos".

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