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Elogio del loop

Por Alejandra Eme Vázquez:

escribe una página pero no la misma página

diariamente

lee veinte minutos

diariamente

camina diez mil pasos

diariamente

haz tres comidas pero balanceadas pero con dos refrigerios pero antes de las ocho

diaria-

mente

 

La práctica hace al maestro, me dicen. No sé si me lo digan por cierto o porque hemos insistido en ello lo suficiente como para considerar a la repetición un adecuado instalador de ideas y a las ideas instaladas, una herramienta útil para funcionar en este gran programa que llamamos mundo. Como cuando me dejaban hacer planas o memorizar las tablas y luego a eso atribuyeron que cumpliera yo una expectativa de inteligencia, la misma que ahora se espera que mantenga aunque sea a fuerza de repetir fórmulas, de inventarme puntos-origen para ser el compás que imagina su propio círculo y luego aplaude la ilusión cósmica de cerrarlo. La práctica hace al maestro. La práctica hace al maestro. La práctica hace al maestro y yo cruzo los dedos para que ser maestro incluya la capacidad de deshacer a la práctica.

Vivimos de inaugurar y clausurar ciclos. Respiramos de etiquetarlo todo a partir de lo que necesita para completarse: listas de requisitos, números de veces y una vez completado vamos de vuelta al comienzo. Que hace falta repetir una conducta por dieciséis días para que se convierta en costumbre; que hay que usar la palabra recién aprendida veinte veces para que se incorpore al vocabulario; que para dar testimonio de que sí estuvimos vivos hay que sembrar un árbol-ciclo, tener un hijo-ciclo, escribir un libro-ciclo, quizá porque nos hace falta sentirnos origen para darnos dirección.

Quizá porque, como todo universo, El Cuerpo es sistema y se archiva a sí mismo: le dan un golpe y conserva la marca, lo besan y clasifica la sensación, lo estimulan una vez y reacciona para siempre. Me perturba y fascina pensar que el hambre que tengo justo ahora es la misma que tuve hace tres horas, hambre origen siempre de vuelta a sí misma; igual que el sueño, el frío, el calor, ¿cómo podríamos producir uno distinto cada vez, si desde que nacemos somos información registrada y dispuesta a guardarse? Vamos a desenrollar los dos metros de ADN que tenemos en cada célula y vamos a leerlos en equipos, a comprenderlos en plenaria, a ver si así por fin resolvemos cómo seguimos condenados a repetir historias que ya nos sabemos de memoria. Repetir historias que ya nos sabemos de memoria. De memoria, que es decir de la (necia) reconstrucción cíclica sobre eventos originalmente destinados a esfumarse.

Me gustan esos videos en los que instalan una cámara mirando al cielo y graban, digamos, durante una semana para que en la edición veamos atardecer, anochecer, amanecer, atardecer, anochecer, amanecer y así siete veces hasta que entendemos que todos los días son idénticos a sí mismos y entonces podemos volver al zoom de las pequeñas cotidianidades, que de tan llenas de detalles ocultan mejor las rutinas o las disfrazan de otras cosas. Me gustan porque me dan la aparente esperanza de pensar que la rutina no es un asunto sólo humano, aunque sólo en lo humano cobre ese sentido mientras que en todo lo demás parecería ser producto de un auténtico resetearse porque, ¿en qué clase de memoria podría caber la logística de una puesta de sol?

Repetimos para recordar, para transmitir y para entretenernos en algo porque la vida, para serlo, debe basarse en el cumplimiento de procesos acordados desde y hasta quién sabe cuándo. Hablando de pensamientos obsesivos, no hay forma de escapar a lo cíclico: al imitar a la naturaleza en erigir sistemas, terminamos esclavizándonos a ellos. Y justo cuando el pensamiento obsesivo nos abruma, antes de que logre jaquear a la cordura de una vez y para siempre, llegamos de nuevo al punto de fugarnos a la práctica aprendida que nos hace maestros. Maestros en contarle caracteres al ingenio, en mirar bostezar al mismo gatito hasta llegar al límite de la ternura, en convivir con otras formas de repetición que llamamos “los demás”, en dejar lo de hoy para un mañana que no llega, en entregar la cultura como nos la entregaron a nosotros, en vivir el momento, este momento y este otro, porque alguna vez no habrá un próximo. Porque hay que creer que nuestra presencia hace peso de tanto repetirla. Porque qué más puede hacerse. Porque sí,

porque si,

porque Sísifo.

[Imagen: M. C. Escher, Encuentro.]

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