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Ella se llamaba Gellhorn

Por Alejandra Eme Vázquez:

No somos héroes como los grandes viajeros, pero los aficionados seguimos siendo una raza bastante dura. Por muy horrible que haya sido el último viaje, nunca perdemos la esperanza con el próximo. A saber por qué.

Cada año nuevo, 96% de las y los comedores de uvas dedica al menos una a este anhelo fundamental: viajar. Y todavía hay quienes (me han contado) salen corriendo con maletas en mano apenas suena la doceava campanada, con el deseo de que cada vuelta de cuadra se convierta en kilómetros recorridos hacia playas paradisiacas, paisajes divinos, pueblos mágicos, todo hermoso e inmaculado porque siempre anhelamos viajes de los buenos, envidiables, que nos distancien de todo lo feo y nos devuelvan las ganas de seguir en el mundo.

Pero a veces pasa que las maletas se pierden, que el hotel no es ni de cerca como lo prometían las fotografías, que las playas están contaminadas, que los precios son exorbitantes, que la realidad se cuela por cada poro de lo que debía ser un viaje perfecto y nos obliga a una lucidez y a una conciencia que justamente estábamos evitando. Cuando el viaje es placentero, los comentarios son asépticos, sonrientes, inmaculados, las fotos son postales perfectas y cada detalle merece cinco estrellas; pero cuando sale todo mal, la frustración hace que necesitemos las mejores palabras para describir el horror de la experiencia. Basta leer las reseñas negativas de TripAdvisor, que son en sí mismas un género literario de antología. Porque, quizá, viajar siempre protegidos por el artificio de la comodidad está sobrevalorado.

“El único aspecto de nuestros viajes que tiene público garantizado es el desastre”, postula la periodista y escritora estadounidense Martha Gellhorn (1908-1998) al inicio de su libro Travels with Myself and Another, en el que reconstruye sus cinco peores experiencias como viajera en las que fue acompañada por su entonces esposo, Ernest Hemingway. Ella era corresponsal de guerra y de por sí estaba siempre en una posición difícil cuando salía de su país en un impulso que oscilaba entre la responsabilidad, el compromiso de informar y la aventura en sí misma, de modo que encontrarse ante condiciones desfavorables deriva en narraciones totalmente desprovistas de lujos, asombradas, duras. Justamente en eso reside el alma este libro, cuyo título se ha traducido al español como Cinco viajes al infierno: aventuras conmigo y ese otro.

Las cinco odiseas que cuenta Gellhorn en este libro son siempre incómodas, en todos los niveles. No sólo las circunstancias de hospedaje, alimentación y paseo resultan particularmente desagradables, sino que todo esto la hace confrontarse con aquello de sí misma que no le enorgullece precisamente. Cuando tiene que enfrentar a otras razas, otras condiciones de vida y otros niveles sociales, la viajera tiene que aceptar que ve todo desde su condición de mujer blanca, con una situación económica estable y, por mucho que ejerciera el periodismo más comprometido, mera observadora de las crisis ajenas.

Para estos tiempos en que hablamos mucho de revisar los privilegios propios, vale la pena explorar estas crónicas y ver qué sucede cuando alguien acepta y se hace responsable de esa visión nada complaciente de sí mismo. Como lo vemos con esta autora, puede ser que el ejercicio no siempre lleve a conclusiones que se oyen bien, pero sin lugar a dudas nos obligan a vernos desde sitios donde es posible actuar distinto. Gellhorn habla del olor de los negros, de la ternura condescendiente que le provocan los hispanos, de su imposibilidad para entender a los pobres, de cómo no sabe qué es vivir una guerra porque el suelo de su país no ha visto una desde 1865. Leer estos pasajes es bastante espinoso, sobre todo porque no suele salir bien librada y al parecer ni siquiera lo busca. No siempre es agradable reconocerse en función de otredades, es cierto, pero ¿quién dijo que lo sería? O mejor dicho, ¿por qué lo sería?

“Adopté” a Martha Gellhorn a convocatoria de un precioso y muy recomendable colectivo llamado Adopta una autora, por lo que tengo la placentera tarea de leerla e imaginarla con mucha atención, y en ese viaje conectar también con mis propias incomodidades. Estoy convencida de que el trabajo de esta autora estaba pensado desde ese punto en el que convergen las imposiciones, las ideas preconcebidas, las vocaciones, los deseos y los ideales, para ponerse en un conflicto cuya resolución se da a plazos, a veces, pero en gran parte nos lleva toda la vida. En tiempos de guerra, que son todos los tiempos, quien está muy cómodo no tiene por qué moverse. Sólo desde la incomodidad, elegida y no, podemos estar en constante (auto)descubrimiento y en constante acción.

Viajamos bien para desconectarnos de la realidad, comenzando por el espacio y hasta el cuerpo que habitamos; viajamos mal, sin quererlo, para recordar cosas que olvidamos de nosotros, para mirarnos desde otros destinos. Y volvemos, y ya no somos los mismos. Pero una vez a salvo en nuestras casitas, podemos hacer curaduría del desastre y seleccionar aquello que contaremos a nuestras amistades, o mejor aún: enorgullecernos de haber sobrevivido a la catástrofe con satisfacción, buen humor y conciencia expandida. Dice Gellhorn: “Nada mejor para la autoestima que la supervivencia” y es verdad, como lo es también que los viajes ilustran. Sobre todo cuando se salen por completo de los márgenes.

* Cinco viajes al infierno: aventuras Conmigo y Ese Otro, Martha Gellhorn (traducción de Ana Guelbenzu), Altaïr, 2011.

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