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El último hombre en la Tierra

Por Adriana Med:

“Podemos darle muchas cosas: alimentos concentrados, libros, pasatiempos, diversiones de todas clases. Podemos proporcionarle oxígeno y muchas otras cosas. Pero hay una cosa que no podemos simular y que es básica para cualquier ser humano: ningún hombre puede estar sin compañía. La barrera de la soledad, eso es lo que no hemos podido vencer.”

¿Dónde están todos?, escrito por Rod Serling

En el primer episodio de La Dimensión Desconocida, un hombre que no puede recordar quién es se encuentra perdido en una ciudad desierta. La explora: no hay nadie en ninguna parte. Cuando cree haber encontrado por fin a una mujer en un auto estacionado, descubre que se trata de un maniquí. Detalles como la música, un cigarrillo encendido y una llave de agua abierta dan la impresión de que había almas ahí un momento antes. Ni sangre, ni destrucción, ni caos. El orden convierte aquello en una pesadilla aún más escalofriante. ¿Dónde están todos?

Podría ver ese episodio decenas de veces y no dejaría de inquietarme. La soledad, por naturaleza, es contradictoria: estamos solos y no lo estamos al mismo tiempo. Eso está bien. En eso reside el equilibrio. Qué intolerable resultaría que alguno de los dos lados de la moneda se convirtiera en el único.

Si bien no soy la persona más sociable del mundo, no me gustaría vivir en un mundo sin gente. Quizá el encanto de estar sola resida en la seguridad de que en cualquier momento puedo salir de mi cueva para hablar con alguien. Es una elección. Si me refugio, por ejemplo, en las montañas, hay cierta alegría en saber que más allá del horizonte hay personas que ríen y lloran, que despiertan por la mañana y duermen por la noche. Conmigo o sin mí, deseo que el mundo y sus habitantes sigan girando.

Una de las cosas que tengo en común con los ancianos, es que puedo sentarme en una banca o un café y pasar largos ratos viendo a la gente pasar sin aburrirme. Convierto al mundo en una película y a los desconocidos en sus protagonistas. Me gusta percatarme conscientemente de la existencia de alguien al menos por un segundo. Ver su rostro, su forma de caminar, la ropa que usa. Preguntarme cuál es su historia. Decir dentro de mí: “Estás aquí, y respiras, y yo lo sé”.

A veces me pone triste pensar en todas las personas que no conozco con las que podría llevarme muy bien e incluso construir una hermosa amistad. Por desgracia lo más probable es que nunca lleguen a cruzarse en mi camino ni siquiera para preguntarme la hora. O acaso ya las tengo muy cerca y no lo sé porque nadie, ni un pajarito, nos ha presentado. Moriré sin saber si se identifican con las ballenas o con los pájaros carpinteros, si piden o no un deseo cuando soplan las velas, si le ponen leche al café. Hay hombres y mujeres que podría querer mucho pero no los querré nunca porque no los conoceré nunca.

No entiendo a quienes odian a la humanidad entera y desean su extinción. Hay personas que nos caen mal porque tienen razones para caernos mal, y hay personas que rechazamos porque nos hicieron daño. No tenemos que amar a todos ni todos tienen que amarnos. Sin duda hay gente desagradable, deshonesta y estúpida, y nosotros no estamos libres de actitudes y características reprochables. Pero, ¿cómo puedes odiar a millones de personas que ni siquiera conoces?

Me gustaría que hubiera más lugares para estar a solas, pero cuando estoy hastiada de que haya tanta gente en todas partes, cuando me canso de los embotellamientos y de las filas, me pongo a pensar que podría ser peor. No solo podría haber más gente: podría no haber gente. Podría estar en el primer episodio de La  Dimensión Desconocida.

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