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El tiempo perdido

Por Deniss Villalobos:

Y cuando terminaba ese día no había ocurrido otra cosa sino que mi pereza y mi penosa lucha contra ciertos obstáculos internos tenían veinticuatro horas más de duración.

Marcel Proust, A la sombra de las muchachas en flor

Vine a una cafetería a trabajar y no estoy trabajando. Llegué hace casi una hora y éstas, si no las borro, serán las primeras palabras que escribo. Primero pedí un té de frambuesa, y cuando estaba por pagar vi un panqué de elote que no pude resistir. Busqué una mesa vacía y cómoda, saqué mi computadora, el libro que estoy leyendo y un lápiz. Llegó mi orden y el plan era escribir-leer-comer, pero al final solo comí y leí mi timeline de Twitter. Después googleé algo sobre el autor que estoy leyendo y me quedé en Wikipedia quince minutos hasta que alguien me envió un mensaje en whatsapp, así que pasé otros diez minutos contestando porque la foto de mi sobrina comiendo pasta es, aparentemente, más importante que terminar un texto antes de mi deadline.

Este es solo un ejemplo de cómo la procrastinación es, muchas veces, mi peor enemiga. Me siento frente a la computadora y sin darme cuenta ya estoy leyendo sobre la Segunda Guerra Mundial o viendo videos de leones atacando humanos o buscando recetas de cocina que nunca prepararé porque no tengo idea de dónde venden los ingredientes. A veces lleno mi carrito de Amazon con las cosas que me gustaría comprar si tuviera dinero y luego lo vacío fingiendo que, pensándolo bien, no necesito ninguna de esas cosas. Paso horas viendo ropa en Asos o buscando outfits maravillosos que yo nunca usaría en Instagram. Cualquier cosa, hasta el vuelo de una mosca, me parece más urgente que ponerme a escribir, trabajar o estudiar, según sea el caso.

Las cosas empeoran cuando la fecha límite para entregar se acerca; me siento nerviosa y ansiosa porque no he avanzado nada o quizá ni he comenzado, pero con todo y esa sensación de “tengo algo que hacer” en el estómago, que no me deja tranquila, continúo viendo un capítulo más de una serie que ya vi pero me gusta mucho. A veces ni siquiera hace falta hacer algo: logro evadir mis obligaciones con la nada. Me acuesto en mi cama, miro al techo, dejo de poner atención a lo que pienso y al final me quedo dormida o simplemente, como diría Reese en Malcolm in the middle, apago mi cerebro.

¿Y qué podría haber hecho con ese tiempo perdido? ¿Con todos los blogs que he leído, las fotos de gatitos, los gifs de ballenas y las películas repetidas? ¿Existe en algún lado una obra maestra que la yo de otra dimensión escribió mientras en este plano yo perdía el tiempo? ¿En otro mundo tengo un trabajo en el que redacto impresionantes artículos diarios que dejan a miles de personas boquiabiertas? ¿Qué podríamos haber hecho con todo el tiempo que no usamos para nada provechoso?

Todas esas preguntas rondan ahora mismo en mi cabeza, pero sé que en cuanto termine lo que debo entregar volverá a mí una especie de tranquilidad que se parece a estar sedado y me permitiré procastinar de nuevo. Porque no hacer nada, o hacer cosas que no me generan ningún beneficio inmediato más allá de entretenerme, también es muy placentero. Ya escribí antes sobre lo maravilloso que es no hacer nada y cómo mi único sueño es poder hacerlo, algún día, sin culpa alguna. Así que quizá no existe una cura para la procrastinación y todos vamos a perder horas y horas de nuestro tiempo siempre, a pesar de tener trabajo por delante, esperando que los últimos minutos sean suficientes.

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