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El sentido del sin

Por Alejandra Eme Vázquez:

Cuando yo era niña, creía que detrás de la pantalla de cine se encontraban los actores en persona y que las verduras o frutas fuera de su lugar en el mercado sufrían mucho porque no estaban con su familia; Jimena pasó buena parte de su infancia pensando que dos de sus tías no se conocían pese a ser hermanas; Alba creía que los muebles platicaban entre sí cuando crujían y que a los zapatos les dolía cuando se rompían o maltrataban; Luis creía que cuando veía llover, era porque llovía en todo el mundo; Axel, que al mandar un fax el papel se enrollaba para viajar por el cable telefónico y se desenrollaba del otro lado; Deniss estaba segura de que había tuberías que llenaban las nubes para que lloviera; Nunska pensaba que si comía queso se volvería más blanca (y comía mucho, aunque lo odiaba); Rafael creía que la cordillera de los Andes era de cartón; Berns, que a los muertos los tenían que enterrar en el lugar exacto donde morían y por eso había cruces donde sucedían los accidentes; Cuauhtémoc, quien vivía cerca de un cementerio, pensaba que la lluvia podía ser radiactiva y hacer que los muertos cobraran vida…

Si nos preguntaran a todos qué sinsentidos dábamos por ciertos cuando éramos niños, seguramente podríamos llenar una enorme lista de aquello que ahora podemos ubicar claramente como ideas erróneas, absurdas, tiernas, divertidas en ocasiones. Y si pudiéramos recordar con detalle cómo supimos que aquello era un disparate, seguramente fue por vía empírica, tardía, casual: si los encargados de nuestra educación formal tuvieron éxito en nuestros primeros años, pudieron explicarnos tal vez una mínima parte del mundo; pero la verdad es que vamos accediendo a él como un rompecabezas caótico, vía ensayo-error, a través de los demás, a veces con terror y otras con maravilla, tropezándonos, descubriendo por nuestra cuenta cosas que agregamos a nuestros inventarios de lo que consideramos verdadero y que muchas veces tampoco podemos explicar a otros. Porque el pensamiento así visto es casi como el monstruo de Frankenstein, vivo pero hecho de partes que fueron otras cosas y que suelen embonar forzadamente. Y al menos es un alivio poder reconocer las ideas disparatadas que tuvimos alguna vez, pero ¿cómo saber qué hay en nuestras convicciones adultas que se parezca a cuando creíamos que nos dolía el estómago porque las células se enojaban y golpeaban desde dentro?

Hay actitudes, ideas, acciones de otros que nos rebasan, que nos parecen inconcebibles e intolerables, pero que existen. Por más que deseemos desaparecerlas y las ataquemos, nos enfurezcamos, lloremos o argumentemos, existen. Hay gente que vive consigo misma toda una vida y se tolera perfectamente ser violenta, cosificar a los otros, juzgar sin pruebas… Y en el peor de los escenarios, ni cuenta se da. ¿Qué clase de marco Frankenstein se han construido esas personas? ¿Es posible que haya algo que los haga ver el mundo de otra forma? ¿A los demás les toca ser pacientes con sus posturas, intentar explicarles, confrontarlos con el otro extremo, increparles, silenciarles, qué? ¿Dónde nos perdimos la pista unos a otros, si todos fuimos niños que alguna vez creyeron en la magia y sonrieron? Qué impensable parece saber con exactitud desde qué marco está hablando cada quien: cuántas cosas estaremos creyendo sin saber por qué las creemos, sin que alguna experiencia o conversación providencial nos hayan explicado sus razones o sus equívocos; cuántas ideas nos habrán insertado o nos habremos formado de observaciones parciales para convertirlas en verdades absolutas. Absolutas. Qué disparate.

Yo hablo desde mí, por supuesto, y desde lo que platico, experimento y observo con la gente que tengo cerca. Hace muy poco me di cuenta de que quienes damos clases en educación básica tenemos la posibilidad de acceder a mentes realmente muy maleables; que si tomo como ejemplo a mis alumnos para caracterizar a su generación, hay cosas que realmente no entienden y van armando sobre la marcha, como pueden, con retazos de lo que dicen sus padres, los medios de comunicación, los memes, los profesores y la calle. Y no preguntan, porque generalmente al que pregunta se le abuchea. Qué peligroso resulta dar por hecho que ya conocen algo o que están entendiendo muy bien, sin tomar en cuenta que lo que yo les digo está basado en mi marco personal, con todo y los disparates que todavía creo por omisión o convicción; si les suelto un “el gobierno los mató” en lugar de explicarles el sistema y las formas de operación con más detalle, si no permito que accedan a las fuentes más directas, si no les doy tiempo suficiente para acomodar la información y sacar conclusiones propias aunque éstas no “me gusten” del todo, corro el riesgo de alimentar solamente el sistema de héroes/villanos de las películas y en vez de reflexionar, podrían caer en reproducir discursos sin saber de dónde salieron ni poder explicar por qué los poseen.

Los sinsentidos de nosotros, los adultos, se reconocen porque saltamos furiosos a defenderlos irracional o agresivamente en cuanto los cuestionan o creemos que los cuestionan; ya no son explicaciones mágicas del mundo, sino ideas tan profundamente acendradas que no concebimos siquiera la posibilidad de replantearlas ni de escuchar a quien tiene un marco distinto. Y de verdad creo que esa furia autodefensiva no es indignación: creo que la indignación requiere de absoluta conciencia para saber y poder decir cuáles son sus bases, sus argumentos racionales y emotivos, sus propuestas. Quién sabe. Quizá esté yo pensando todo el tiempo como docente y me preocupe cómo los discursos aparentemente absolutos pueden ahogar una idea propia en un niño o adolescente, que podría terminar convirtiéndose en una de estas personas que a veces veo o leo y que me parecen nefastas de tan cerradas, de tan prejuiciosas e incapaces de autocrítica; quizá de verdad me ha cambiado la vida el deber de explicar tantas convenciones a otros y la continua búsqueda de transparencia que esto conlleva; quizá ya no me sea posible vivir sin pensar cómo estamos construyendo el marco del mundo para los que apenas vienen llegando. No lo sé. Lo que tengo muy claro es el deseo de que si los niños y jóvenes de hoy han de sustituir esos hermosos disparates con que se explican la vida, que sea con pensamiento enriquecido, dispuesto, autocrítico, articulado y generoso. Si no, qué sentido tiene.

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