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El piropo, la bloguera y el taxista…

Por Oscar E. Gastélum:

“My libertarian position is that, in a democracy, words must not be policed. Whatever good some people feel may be gained by restrictions on speech, it is enormously outweighed by the damage done to any society where expression is restricted. History shows that all attempts to limit words end by stiffling thought.”

Camille Paglia

Hace unos días en la cosmopolita Ciudad de México, un taxista fue detenido por la policía y tuvo que pasar la noche en los separos por gritarle “guapa” (en tono libidinoso) a una conocida bloguera, a la que yo, por cierto, no conocía. La aclaración es importante porque en nuestro país, cada vez que surge una polémica de esta naturaleza, los cuates de los protagonistas suelen ponerse automática y acríticamente de su lado y los enemigos en su contra, sin dejar espacio para el debate imparcial y civilizado. Por si esto no bastara para viciar la discusión pública, desde hace aproximadamente tres décadas, el feminismo occidental (y con algunos años de retraso también su sucursal mexicana) fue parcialmente secuestrado por una secta de fanáticos intolerantes que, cuando no están perdiendo el tiempo en polémicas doctrinales bizantinas o quemando herejes en la hoguera virtual, concentran sus energías en difundir y tratar de imponerle al mundo su tóxica ortodoxia, atacando y descalificando virulentamente a cualquiera que ose cuestionar sus dogmas. Desde el punto de vista de estos celosos inquisidores, ningún hombre tendría derecho a escribir una columna como esta, pues al hacerlo incurriría automáticamente en el pecado capital conocido como “mansplaining”. Y es que para este culto ideológico, el género de quien emite un argumento es muchísimo más importante que el contenido y la solidez del mismo. Pero como afortunadamente aún no habitamos en esa distopía estalinista que esta gente sueña con imponernos, quisiera tratar de expresar mi preocupación sincera ante las predecibles consecuencias de eventos como el protagonizado por el taxista y la bloguera.

Para empezar, tratar de criminalizar algo tan ambigüo y vaporoso como una “ofensa” verbal me parece peligrosísimo, sobre todo si se pretende equipararla con algo muchísimo más grave como el acoso. ¿Qué es una ofensa? ¿Un piropo es una ofensa? ¿La palabra “guapa” es una “ofensa”? ¿Quién tendría la autoridad para decidirlo? Para algunas mujeres probablemente sí lo sea pero para otras tantas no, y en algunos casos, como en el de la propia bloguera agraviada, todo depende de quién pronuncie el polémico vocablo: y es que no deja de ser misterioso que al venir del “Señor Covadonga” (otra celebridad a la que no tengo el gusto de conocer) la palabreja de marras sea interpretada como un cumplido, pero al ser proferida por un taxista, se transmute como por arte de magia en una “ofensa” punible. No se necesita ser demasiado perspicaz para detectar el tufo clasista que emanó de este grotesco sainete desde el primer instante, y al decir esto, incluyo la actitud sospechosamente obsequiosa de los policías que intervinieron y que incluso, según confesión de la propia bloguera, le ofrecieron generosamente escalar el incidente de “acoso” a “agresión sexual”. Es aterrador pensar que si a esta buena mujer se le hubiera ocurrido aprobar semejante arbitrariedad, el taxista podría haber terminado en el reclusorio, y sólo dios sabe durante cuánto tiempo.

Toda ley que se proponga legislar el lenguaje, castigando a quien “ofenda” a otros, lleva en su seno la semilla de la censura y el despotismo, e inevitablemente terminará prestándose a abusos y a interpretaciones maliciosas. Y es que la lista de potenciales “ofensas” y “ofendidos” es infinita. En los últimos años, por ejemplo, hemos aprendido que los musulmanes radicales se sienten tan ofendidos ante un dibujo del “profeta” que son capaces de ejecutar a caricaturistas indefensos, ya sea a través de atentados terroristas como el cometido en contra de Charlie Hebdo o de manera perfectamente legal, como sucede en algunas teocracias islámicas. Hoy quizá pueda parecernos una muy buena idea proteger a esas delicadas damiselas que se ofenden ante la majadería de taxistas lenguaraces, pero el día de mañana los mochos del “Frente Nacional por la Familia” pueden alegar que ver a dos personas del mismo sexo tomadas de la mano o besándose en la calle les ofende en lo más profundo de su ser, y exigir la prohibición de esos despliegues de afecto público. Si a estos riesgos le agregamos el bochornoso hecho de que en México la aplicación de la ley tiene un marcadísimo sesgo en contra de los más humildes, y que es precisamente en las clases populares donde está más arraigada la mala costumbre del piropo, es mucho más fácil entender por qué intentar criminalizar las interacciones verbales callejeras es un peligroso disparate.

Las grandes feministas de antaño, entre las que hay numerosas autoras a las que leo y admiro profundamente, lucharon, entre muchas otras cosas, en contra de la condescendencia machista y del estereotipo victoriano que presentaba a la mujer como un ser delicado, propenso al desmayo y que debía ser “protegido” a toda costa, y de preferencia bajo llave, de la inmoralidad y de otros aspectos desagradables de la existencia. La gran Camille Paglia cuenta que cuando estaba en la universidad en los años 60, veía con impotencia y rabia que los alumnos varones podían salir de sus dormitorios e ir y venir a la hora que quisieran, mientras que las mujeres eran encerradas bajo llave a partir de las 10 de la noche, por su propia “seguridad”. El sueño de esas mujeres, y la razón por la que lucharon en contra de un patriarcado obsoleto,  era poder salir al mundo y enfrentarse libre y responsablemente a los placeres y las oportunidades de la vida, pero también a sus peligros, riesgos y molestias, pues se sentían tan capaces de sortearlos como cualquier hombre. Pero algunas feministas actuales parecen empeñadas en revivir esa imagen de la mujer como víctima indefensa y frágil que necesita de la protección permanente de papá Estado y es incapaz de soportar que se le roce ni con el pétalo de un piropo.

Pero lo que más me preocupa y exaspera de la farsa protagonizada por la connotada bloguera y el pedestre pero indefenso taxista, es la banalización de un problema muy real y lacerante: la violencia en contra de las mujeres en este país tan proclive a la barbarie y en el que el feminicidio es epidémico y la violación, la violencia doméstica, el verdadero acoso y la esclavitud sexual, campean a sus anchas ante la indiferencia o la complicidad de autoridades zafias y corruptas. Y es que estos melodramas baratos (pienso también en el reciente linchamiento virtual de la escritora Valeria Luiselli), cargados de histeria e intolerancia cuasi religiosa, le restan credibilidad al feminismo, ahuyentan a quienes podrían ser aliados muy valiosos y le dan munición a sus verdaderos enemigos. No es casual que en los últimos años todas las encuestas arrojen el mismo deprimente resultado: la inmensa mayoría de las mujeres se niegan a identificarse a sí mismas como “feministas” pues ya asocian dicha etiqueta con sectarismo ideológico, victimismo ramplón y una hostilidad cerril y contraproducente en contra de todo lo que huela a hombre, por más inocente que sea. Y en un infierno como el mexicano, ayudar a desprestigiar al feminismo y trivializar la violencia en contra de las mujeres es una irresponsabilidad imperdonable.

Y que quede muy claro que esta no es una defensa del piropo callejero, un hábito que a mí en lo personal me parece bastante primitivo y vulgar. Aquí debo confesar con orgullo que nunca en mi vida le he gritado un cumplido, en el tono que sea, a una mujer desconocida en la calle, y ni siquiera he tenido que dominar ese impulso animal y supuestamente incontrolable, pues jamás lo he sentido. Además, mentiría si dijera que algún amigo o conocido mío ha piropeado a una extraña en mi presencia, y si alguna vez hubiera sucedido, sería un hecho tan insólito que lo recordaría perfectamente. No, el piropo no es parte esencial de la naturaleza masculina, ni una bonita tradición que hay que cultivar, ni un impulso irreprimible del hombre heterosexual. Es una mala costumbre que diariamente le amarga la existencia a millones de mujeres (la inmensa mayoría de las cuales son perfectamente capaces de lidiar con la situación sin llamar a la policía) y por lo mismo deberíamos tratar de desterrarlo, desprestigiándolo y ridiculizándolo, pero no legislando en su contra, pues nadie merece pasar ni un minuto en la cárcel por obstinarse en practicarlo, y las consecuencias negativas de criminalizar el lenguaje superan por mucho a las positivas. Es obvio que somos los hombres quienes tenemos el deber de erradicarlo y un buen comienzo sería dejar de tolerarlo en nuestros allegados y condenarlo enérgicamente cuando lo atestigüemos en la calle. No perderíamos nada valioso al estigmatizarlo y combatirlo, pero le haríamos la vida más llevadera a millones de mujeres, incluyendo a las que amamos.

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  • Luis de León

    En mi punto de vista, toda esta situación es culpa de Miguel Angel Mancera, por las políticas absurdas que ha presentado a lo largo de su gestión, es verdad que las mujeres deben ser respedatas y tratadas con equidad pero ningún ser humano debe ser privado de su libertad por un asunto tan banal.

  • Norma Lopez García

    Desde mi punto de vista es una situación que no ocurrió de la noche a la mañana sino que ya lleva bastante tiempo ocurriendo esto y lamentablemente tampoco se ha hecho nada para cambiarlo.
    Lamentablemente en estos temas solo existen opiniones o críticas cuando ha ocurrido algo “importante” y más aún con el uso ahora de las redes sociales que esto se vuelve más viral. En este acontecimiento específicamente me pronuncio en contra de la sanción impuesta al taxista debido a que no se puede cuantificar la pena o sanción de una palabra, siendo esta tan subjetiva y también no existe ninguna persona calificada para decidir esto. Sin embargo aunque haya causado polémica entre las personas que están a favor y las que están en contra cierto es, que esto genera o sienta un precedente para que en futuras ocasiones las personas piensen más lo que van a decir a mujeres desconocidas ya que puede ser que estás los ignoren como la mayoría o que existan otras que si se tomen el tiempo de levantar una denuncia y que estos casos se propaguen más. Esta situación es ya a la que nos ha llevado nuestro México y que si todos nosotros no hacemos conciencia sobre esto la situación seguirá siendo igual o peor en un futuro.

  • Raúl

    Oscar, para alguien que usa el adjetivo con tanta prodigalidad y además escribe en un sitio llamado “juristaunam” me preocupan un par de actitudes que detecto. La primera de ellas que no hayas leído el texto fuente sobre el caso y tengas una opinión basada en memes, dimes y diretes de internet. La segunda, tu absoluto desconocimiento de lo que significa una falta administrativa en la Ciudad de México. Es decir, no tienes idea de absolutamente nada y sólo has leído lo que has querido leer y así te lanzas a hacer un comentario sociológico, hecho que hace muy difícil discutir de manera razonable las ideas que presentas.

  • Melanie Rivera

    Si bien es cierto que en esta sociedad, situaciones cómo esta son muy cotidianas, sin embargo es algo que no debería ser tolerado, cuando te parece atractivo alguien no creo que sea necesario gritárselo en la calle a pesar de que sea poco probable que lo vuelvas a ver ya que se convierte en una situación incómoda para el destinatario del “piripo” y dependiendo del tono en que se diga y/o la persona lo escuche se convierte en algo sumamente embarazoso, ahora bien no podemos cambiar esto de la noche a la mañana y las sanciones que se estipulan, sin importa el grado de “agresión” me parecen exageradas y no son estables porque la “víctima” al final declarará de acuerdo a su subjetividad el nivel de agresión.

  • Lied Miguel

    ¿Acoso o cumplido?
    El día 15 de marzo, la tuitera y bloguera Tamara de Anda (@plaqueta) levantó una denuncia por acoso en contra de un taxista que le gritó “guapaaa” en la vía pública, y difundió paso a paso el proceso en tiempo real a través de una serie de tuits. La denuncia ha generado una gran controversia en redes sociales, en la cual las voces más prominentes son aquellas que critican a de Anda y sus acciones. Las críticas se han planteado en al menos dos sentidos. En primer lugar, se acusa a de Anda de abusar de sus privilegios (de clase media informada con acceso a internet móvil, supongo) en contra de una persona pobre, es decir, el taxista que recibió una multa como consecuencia de la denuncia. Por otro lado, se le acusa también de ser hipócrita después de que varios usuarios recuperaron tuits viejos donde de Anda recibe amablemente el saludo “Hola, guapa” de parte de un conocido y donde se refiere a terceros como “guapos”. Me parece que ambas críticas carecen de relevancia, principalmente la segunda.
    La primera crítica, la relacionada con los privilegios de de Anda es, al menos, sospechosa. ¿En qué consisten los privilegios que se le atribuyen? Me aventuro a pensar que la condición social de de Anda le permite documentar fotográficamente al “supuesto” agresor, al igual que le permite conocer el marco legal para proteger sus derechos y tener acceso a internet móvil para difundirlo; eso por no mencionar su condición discutible como figura pública en tanto bloguera de El Universal. El “problema” de que los privilegios de de Anda le hayan permitido levantar una denuncia fructífera no es uno de ella, sino del sistema judicial y penal que lleva a cabo una procuración de justicia selectiva. El sistema judicial y penal mexicano, sin duda, cumple una función de criminalizar la pobreza. Sin embargo, resulta curioso que las redes sociales decidan tomar este caso para discutir cómo el sistema judicial vuelve criminales a los pobres cuando tenemos una infinidad de casos y realidades vigentes que ejemplifican este hecho, por ejemplo: la guerra contra el narcotráfico, los 43 de Ayotzinapa, la penalización del aborto y la del trabajo sexual, por mencionar sólo algunos. Sin duda, hay personas que pueden discutir este punto de manera más informada y elocuente, pero esto puede darnos una idea de su falta de relevancia y de una posible segunda intención por parte de los críticos.
    La segunda crítica, aquella que equipara el acoso callejero de “guapaaa” con el cumplido “Hola, guapa”, es parte de un debate más bien global entre feministas y detractores sobre qué es el acoso callejero. Me parece que la lingüística y, en particular, la pragmática, pueden arrojar luz sobre el tema y llevarnos a concluir efectivamente que (1) el acoso callejero sí existe y (2) es completamente distinto del cumplido. (Acá una chica lingüista, Hailey Mac Arthur, hace algo parecido) Antes de explicar por qué, hablemos un poco de qué son la lingüística y la pragmática. La lingüística es una disciplina muy amplia que estudia el lenguaje humano desde muy diversas perspectivas y en diferentes niveles. Una lingüista no habla necesariamente muchas lenguas, tampoco se dedica de manera exclusiva a decirle a la gente cómo hablar (¡Hola, RAE!), ni se comunica con extraterrestres como Amy Adams en Arrival (al menos, no aún). Los lingüistas más bien estudiamos qué es el lenguaje, por qué existe, cómo funciona y qué hacemos con él. La pragmática es una parte de la lingüística que se dedica a estudiar el uso real de la lengua por parte de hablantes reales en contextos específicos y que puede seguir metodologías muy diversas desde el análisis de la conversación hasta cuestiones experimentales y neurolingüísticas (o sea, de cómo el cerebro humano procesa cuestiones pragmáticas). Dos campos de estudio muy trabajados dentro de la pragmática son los actos de habla y la cortesía verbal. Aproximarnos al fenómeno del acoso callejero desde estas perspectivas puede demostrar que este fenómeno, de hecho, sí existe.
    De manera muy general, un acto de habla es una acción verbal que cambia las condiciones del mundo. Es decir, un enunciado que alguien dice y que tiene un efecto más o menos asequible en la vida real. Un ejemplo de un acto de habla típico, siguiendo a Austin (el señor que prácticamente inició su estudio) es la ceremonia nupcial: únicamente a partir del momento en el que un juez dice “los declaro marido y mujer”, después de que ambas personas dijeron “sí, acepto”, es que la pareja heterosexual en cuestión se vuelve un matrimonio. En otras palabras, ese matrimonio existe sólo después de que el juez así lo declara. Éste es un acto de habla.
    En un sentido más amplio, como también señala J.L. Austin, todas las cosas que decimos son actos de habla, pues cambian la realidad del mundo. Incluso un enunciado como “Me siento mal” cambia la realidad pues ahora el mundo sabe que yo dije que me siento mal. Sin embargo, si estoy en casa con un novio y le digo “Me siento mal”, este enunciado busca generar un cambio en la realidad del mundo. ¿De qué manera? Pasemos a las imágenes:
    Memo: Me siento mal.
    Este novio: ¿Te preparo una sopa?
    Al decir “Me siento mal”, estoy haciendo una petición a mi interlocutor (este novio que tengo en casa) y, en cierto sentido, lo estoy comprometiendo, no a que me prepare una sopa, sino a que haga algo al respecto (preparar algo, llamar a un doctor, hacerme mimos, etc.). Esto también es un acto de habla, para precisar, un acto de habla indirecto.
    Empecemos, pues, la discusión. Otra característica de los actos de habla de acuerdo con Austin y otros lingüistas es que no están vinculados inseparablemente con ninguna expresión semántica. Esto quiere decir que ni la palabra “me” ni la palabra “siento” ni la palabra “mal” ni la combinación de las tres “me siento mal” significan “quiero que tú, novio, hagas algo con respecto a mi estado de salud” y, sin embargo, eso es lo que comunican en el contexto de arriba. De lo anterior podemos deducir que el carácter del acoso callejero no está determinado por ninguna palabra o expresión lingüística, sino por su uso y lo que comunica en el contexto específico. O sea, el problema del acoso no son las palabras “guapo” y “guapa”, sino su uso, lo que comunican y el efecto que generan —la forma en la que modifican la realidad del mundo— en un contexto específico. Vaya, sabemos que incluso sonidos que no son propiamente lingüísticos están relacionados con el acoso, por ejemplo, aquel que hacen los bisteces (tsssssssssssssssss).
    Ahora bien, muchas personas argumentan que el piropo (o catcalling, en inglés) no es acoso, sino un inocente cumplido y que las mujeres no deberían sentirse ofendidas ni amenazadas porque, pues, es un cumplido y los cumplidos son bonitos (como las mujeres mismas, plop). Considero que el piropo es acoso callejero precisamente porque constituye un acto de habla distinto del cumplido, y que la cortesía verbal alrededor de ambos también distingue a uno del otro.
    En tanto actos de habla, el cumplido y el acoso callejero buscan cosas distintas (los especialistas llaman “fuerza ilocutivo” a aquello que los actos de habla hacen). El cumplido busca comunicar la buena estima que tenemos del interlocutor al nombrar una de sus características, usualmente busca comprometer al interlocutor, o al menos generar cierta empatía entre ambos.
    Memo: Hola, guapo.
    Guapo: Hola.
    Cuando yo le digo “Hola, guapo” a un guapo, lo que estoy comunicando a través de este acto de habla indirecto es que me agrada. En este caso, el acto de habla se considera infeliz (neta, es el término técnico; del inglés infelicitous) porque mi guapo interlocutor no acepta el cumplido diciendo “gracias” o algo parecido. Esta es otra característica del cumplido; algunos actos de habla suelen estar enmarcados en una especie de ritual o por condiciones que los vuelven actos felices: en el caso del matrimonio, por ejemplo, la felicidad del acto de habla depende de que lo diga un juez y del consentimiento verbal de los contrayentes. El acoso callejero no puede ser un cumplido porque, como acto de habla, siempre sería un cumplido infeliz.
    El acoso callejero es un acto de habla distinto al cumplido por otras características. Consideremos, por ejemplo, que cuando un taxista grita “Guapaaa” a una mujer en la vía pública desde un vehículo (sobre todo si éste está en movimiento) realmente no se espera que la mujer en cuestión acepte el cumplido por la sencilla razón de que el enunciador de “Guapaaa” no lleva a cabo ninguna acción para continuar la comunicación. Vaya, la mujer nunca es una interlocutora en este caso, ni el enunciador espera que lo sea. ¿Qué busca comunicar el piropo? ¿Incomodar? ¿Establecer superioridad? ¿Expresar que la mujer no es bienvenida en el espacio público? Tratar de responder esta pregunta es metodológicamente imposible, pues ningún practicante o defensor del piropo reconocería abiertamente que busca cualquiera de estas opciones, siempre buscarán salvar la cara. Lo que queda claro es que el efecto ilocutivo buscado es distinto al del cumplido por el papel que juegan las receptoras y que el efecto que generan (el efecto perlocutivo) es incomodidad y la sensación de que las mujeres no están seguras en los espacios públicos.
    En cuanto a la cortesía verbal, el piropo/catcalling/acoso callejero también tiene características particulares que no sólo lo diferencian del cumplido (como se sugirió arriba) sino también de otros intercambios verbales entre desconocidos dentro del espacio público. Pensemos en un vendedor ambulante o en un voluntario de una ONG que busca recolectar firmas para una causa que se acerca a ti mientras paseas con otro novio:
    Voluntario: Hola, amigos. Disculpen que los moleste.
    Memo: Hola.
    Este otro novio: *gruñe incómodo*
    Voluntario: Oigan, ustedes se ven como chavos muy interesados en causas sociales.
    Memo: Es por los zapatos veganos, lo sé.
    Este otro novio: *gruñe incómodo*
    Voluntario: ¿Puedo quitarles un poco de su tiempo? Nosotros somos una ONG que…
    En este caso, el voluntario es un desconocido que recurre a diversas estrategias de cortesía verbal para garantizar la apertura del canal de comunicación y para comprometernos a colaborar con su organización. Señalemos algunas de ellas: el saludo, el referirse a desconocidos como “amigos”, disculparse por la interrupción, el cumplido sobre nuestro compromiso social (“ustedes se ven como chavos muy interesados en causas sociales”), la advertencia cortés en forma de pregunta de que piensa dirigirse a nosotros por más tiempo (cuando dice “¿Puedo quitarles un poco de su tiempo?” realmente no se detiene para que podamos responder). El uso de estas estrategias responde a convenciones de cortesía verbal características del español mexicano. Los hispanohablantes del país tenemos la convención de no dirigirnos a desconocidos en lugares públicos sin disculparnos antes, por nombrar una de ellas. Estas convenciones son culturales y no cumplir con ellas implica correr riesgos donde se pone en juego nuestra imagen pública (pueden checar a Penelope Brown y Stephen Levinson, dos de los lingüistas más influyentes en este campo). Una amiga japonesa nos contaba que en Japón, por ejemplo, los cumplidos no se aceptan ni se agradecen, sino que se refutan de manera explícita: Si alguien te dice que te ves bien hoy, la convención de cortesía es decir que no es cierto, que te ves fatal y prácticamente que eres pelusa de ombligo; agradecer el cumplido te hace quedar como una persona pretenciosa y egocéntrica.
    El acoso callejero no cumple con las convenciones de cortesía verbal del español que rigen los intercambios verbales con desconocidos en el espacio público. Pero, ¿realmente el acosador se está jugando su imagen pública cuando lo lleva a cabo? De manera local, sí. En el caso de de Anda, por ejemplo, la imagen pública del taxista resultó tan dañada que ella decidió denunciarlo. El evento discursivo inicia y termina cuando el acosador enuncia el piropo, el canal de la comunicación se rompe por el daño a su imagen pública.
    Hasta aquí he tratado de caracterizar el piropo/catcalling/acoso callejero como un acto de habla distinto del cumplido y que viola las convenciones de la cortesía verbal. Obviamente no es éste un estudio formal, pero he tratado de presentar ejemplos que espero hagan eco en sus experiencias como hablantes de español en México y en otros lugares donde se hable esta lengua. Sabemos que usar la palabra “guapa” para referirse a una mujer no es acoso, pues el acto de habla no depende de la semántica –el significado de las palabras— sino del contexto y las condiciones del evento discursivo en cuestión. ¿En qué contexto un hombre puede llamar “guapa” a una mujer? El ejemplo más obvio se encuentra entre los tuits que citaron para criticar a de Anda, paradójicamente, y que mencionamos al principio. ¿Es posible hacerle un cumplido a una mujer desconocida sin que sea acoso? Yo supongo que sí, mientras se respeten las reglas de cortesía verbal y, de manera más importante, la libertad de las mujeres de decir “NO”.
    Hace unas semanas me contaron que una experta en pragmática comentó alguna vez, a modo de chiste, que los hombres están atrofiados de sus mecanismos pragmáticos porque parecen incapaces de reconocer las implicaturas que sus novias y esposas producen. La virulenta reacción que ha suscitado el caso de Tamara de Anda parece sugerir que el mal funcionamiento de los mecanismos pragmáticos de los hombres se extiende al reconocimiento de actos de habla y de las normas de cortesía verbal. Esto es, por supuesto, una ridiculez. Todos los seres humanos desarrollamos mecanismos pragmáticos de manera similar a como aprendemos nuestra primera lengua: de manera inevitable e inconsciente. A menos que tenga daño cerebral, es prácticamente imposible que un hombre no tenga habilidades pragmáticas, que sea incapaz de reconocer la diferencia entre el acoso callejero y un cumplido. Quien intente sostener que son lo mismo, sólo porque en ambos casos se puede usar la palabra “guapa” no es un imbécil, ni un impedido lingüístico, es sencillamente un misógino. Y un culero.

    • Amara

      Hola, me encanta tu escrito, ¿me permites compartirlo?

    • Diaa

      @Lied Miguel ¿Cómo puedo compartir tu respuesta en mi muro de fb? Claro, si no te molesta. Gracias 🙂

    • Diana

      @Lied Miguel. Gracias por tu respuesta que expresa mi sentir mucho mejor de lo que yo podía explicarlo. Espero no te moleste que lleve tu texto a mi muro en fb. Gracias mil.

    • Regina

      Como cuando un comentario es 100 veces más interesante, enriquecedor y mejor escrito que el texto que le dio pie.

    • Adriana

      Grande. Gracias por el conocimiento compartido, ya hasta tengo ganas de estudiar lingüística jaja. Muy valioso y todo muy cierto. Básicamente, qué ganas de hacerse tontos, que ganas de deostrar que no distinguen una cosa de otra.

    • Josdamet

      Que comentario tan largo. Y aburrido, por cierto.

  • Gaby

    No sólo es un texto pésimamente redactado, lleno de falacias y con un tinte misógino, sino que esta persona es incapaz de entender la situación de las mujeres mexicanas. Quizás el día en el que escuche a su madre, a su hermana, o a su novia le quede claro, pero para eso falta –como queda claramente expresado en el texto– mucho tiempo.
    Cuando una mujer se tiene que mudar de país porque la violencia de género es tan grande estamos en problemas. Lo hablo desde mi experiencia, y es una pena ver que hay pseudo “intelectuales” que son incapaces de reconocer el problema.
    El argumento del autor sobre el piropo no sólo demuestra la falta de interés y comprensión del problema,, sino que justifica la falta de entendimieto de lo que significa el concenso. Si este concenso verbal no es comprendido, no quiero saber ni cómo entiende el autor la falta del concenso sexual..
    ¡Qué pena que este tipo de textos sean publicados con el nombre de la UNAM!

    • Luis

      Usted, Gaby: no sabe leer. O, peor, víctima de la moda de la vulnerabilidad, ha soltado criterio en detrimento de lo que usted misma “defiende”.

    • Christian

      Pues en dónde vivirás Gaby!.

  • Andrea Rodríguez

    Realmente creo que no deberíamos ver este tipo de acciones como algo natural, cotidiano ni normal, no está bien el que una mujer vaya por la calle y al decirle piropos se sienta insegura o prefiera nunca pasar por determinado lugar para no sentirse agredida y acosada. Dicen por ahí que las cosas de quién vienen, evidentemente si el “guapa” te lo dice un conocido lo tomas como un cumplido, y es que también cuenta mucho la forma de decir las cosas, pese a que estoy en desacuerdo con este tipo de circunstancias, me encuentro dudosa en cuanto a mi opinión sobre si fue exagerado o no que el señor taxista estuviera detenido, puesto que a veces solamente así aprendemos, probablemente al ser una noticia viral cientos de taxistas o vean y lo piensen dos veces.. pero como el mismo artículo lo dice.. ¿Feminismo? Realmente se ha desvirtuado todo tipo de movimiento gracias a estas personas que hacen fama y popularidad a través de nosotros, sin siquiera informarnos. En fin.

  • Misael Gómez

    Considero que si el impulso de este tipo de actos tiene dos lados el primero de ellos al contexto y personas que participan, en virtud de que si esta blogger se lo hubiera dicho una persona famosa hubiera reaccionado de una manera distinta. y en segundo lugar considero que los ideales feministas están dando una vuelta increíble ya que parece hoy en día que al que se debe de proteger es al hombre en vez de a la mujer

  • Luna

    Es horrible y te entra miedo cuando te acosan de esa manera, ese taxista sólo dijo guapa pero hay unos guarros que te gritan cosas horribles y por el tono ya te hacen sentir mierda. Bien por los primeros pasos para el respeto a la mujer en la calle, los guarros ya la pensarán dos veces para insultar. Si fuera entre hombres se arma la trifulca pero con una mujer te golpea e insulta y en una ciudad tan pasiva nadie hace nada.

  • Moisés

    Gracias por estar a favor de las palabras y del bien de los que nos rodean. La cosa es que hoy las modas son más atractivas que el criterio.

  • Nacho Yero

    Podría decir que es un texto muy guapo pero para como están las cosas no me vayas a mandar al torito y pues.. mejor tomo el siguiente atajo:
    Certero, directo y sin ambigüedades. Me quedo con: “Pero algunas feministas actuales parecen empeñadas en revivir esa imagen de la mujer como víctima indefensa y frágil que necesita de la protección permanente de papá Estado y es incapaz de soportar que se le roce ni con el pétalo de un piropo.”
    Buen día.

  • 'Fatima Cruz Veldañez

    De un tiempo a la fecha, el feminismo se vuelve cada vez mas arraigado en la sociedad mexicana, pienso que estas ideas son algunas veces radicales, y muchas veces solo se hacen para sacar algún provecho, o en este caso solo hacerse de publicidad.
    Realmente le pareció un acoso que le hayan llamado GUAPA ? Yo creo que no.
    vivimos en una ciudad con costumbres y con populismos que se viven día a día en la cotidianidad de los mexicanos, el piropo es uno de ellos, estoy segura que si alguna otra persona la hubiese llamado guapa, que no perteneciera a una clase media o baja, no estaría comentando esta publicación.
    Hasta donde queremos llegar con esto, pues creo que tal vez en un futuro nos va a ser imposible convivir entre ciudadanos, pues no somos capaces de hacerlo.
    No quiero decir que no haya para nada agresiones reales a mujeres por el simple hecho de serlo, pero mas bien a eso deberíamos poner las miradas y no en injusticias como la que puede cometer una bloguera

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