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El pequeño Jean-Jacques Sempé

Por Adriana Med:

Querido Jean-Jacques Sempé:

Disculpe que tenga el atrevimiento de escribirle. Seguramente está usted muy ocupado y recibe muchas cartas que, aunque aprecia, no tiene el tiempo de leer. Por eso (y porque no sé francés) no mandaré ésta, solo la escribiré.

Permítame contarle cómo lo conocí. Fue hace ya varios años en una época en la que estaba muy triste y desesperada, porque no me gustaba la carrera que estaba estudiando ni sabía qué hacer en mi vida. También me dolían otras cosas, todas las cosas: el océano que alguna vez hubo en Venus, el universo expandiéndose, los dientes de león que no  soplaré nunca, la soledad, el tiempo perdido, mi niñez. Necesitaba algo que me hiciera sentir mejor, así que fui a la biblioteca. Pasé un rato en la sección de religión y filosofía pero no encontré nada que me reconfortara lo suficiente. Y entonces, no sé cómo, terminé en la sección de arte y saqué del estante un libro de caricaturas. Era muy bonito. Hablaba de muchos artistas y tenía muchos dibujos. Me detuve en una página que llamó especialmente mi atención. Hablaba de usted y tenía los dibujos más adorables y graciosos que había visto nunca. Apunté su nombre en una libreta y corrí a casa para buscar más dibujos suyos en internet. De pronto ya no estaba triste, sino entusiasmada.

Aunque evita hablar de su pasado sé que usted como yo y como muchos otros, no tuvo una infancia precisamente feliz. Pero eso no impide que ahora se divierta como un niño y retrate a la infancia de una manera encantadora. ¿Sabe? Creo que nos pesa tanto el paso de los años, entre otras cosas, porque creemos que solo podemos hacer ciertas cosas a ciertas edades. O porque tenemos la idea de que ciertas edades deben ser forzosamente las mejores y que a partir de ellas la vida no puede ser sino una caída libre. La verdad es que no tiene por qué ser así. Puede pasar que descubramos nuestra vocación más tarde que el resto, que seamos más felices en la mediana edad, que empecemos a disfrutar la infancia en la adultez, que encontremos el amor a los 20, a los 30, a los 40, a los que sea.

Me encanta su trabajo y no imagino mejor oficio que el de reír y hacer reír a los demás. Usted ha dicho que burlarse de todo es una manera de rebelarse, de ejercer la resistencia. Tal vez deberíamos empezar a burlarnos del tiempo y, así,  reconciliarnos con los niños y los adolescentes que fuimos, y con los viejos que todavía no somos.

Le doy gracias por reconfortarme con su sentido del humor (no conozco abrazo más cálido) y por enseñarme que las posibilidades de la alegría y la ironía no deberían limitarse a las cifras que dictan los cumpleaños. No importa lo que los demás digan, ni siquiera lo que yo misma me diga a veces: no es tarde para vivir. Por eso, cuando me pierdo maravillada en la sección de literatura infantil de las bibliotecas y las librerías, compruebo que no fui una niña feliz, pero puedo serlo ahora.

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