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El paisaje mexicano huele a sangre

Por Alejandro Rosas:

En alguna ocasión, Eulalio Gutiérrez, uno de los infortunados presidentes que surgieron de la Soberana Convención de Aguascalientes (1914), expresó: “el paisaje mexicano huele a sangre”. No exageraba, hablaba a través de la muerte que había echado raíces en el convulsionado México revolucionario; donde la vida había perdido sentido y la muerte no tenía nada de romántico ni de heroico.

La muerte era un asunto cotidiano en esos tiempos; en momentos donde era imposible concebir la construcción de un país a partir de leyes e instituciones; en tiempos en que las balas hablaban antes que los votos. La muerte era el desenlace natural de la violencia generada en medio del desorden.

El siglo XIX fue el de los fusilamientos –la muerte con honor; decenas de hombres subieron al patíbulo y afrontaron su último instante de vida con entereza.

El siglo XX, en cambio, fue el del asesinato político a mansalva –la muerte sin pudor; los revolucionarios haciendo gala de la traición, de la emboscada, del cuartelazo. Frente al rastro de sangre que dejó la lucha por el poder en el siglo pasado, la frase del historiador José López Portillo y Weber adquiere sentido: “Muchas veces la historia de México es la de 12 Judas y ningún Jesucristo”.

Así, la muerte se explicaba por el propio caos; porque las pasiones se habían desatado, porque las personalidades rozaban los límites de la cordura, porque no había fronteras, ni reglas del juego y aun así, era aterrador: 500 mil víctimas en once años de guerra de independencia; 250 mil muertes combatiendo a la intervención y el imperio; un millón de víctimas entre 1910 y 1921. La sociedad sabía que la muerte rondaba cuando estallaban los grandes movimientos sociales y políticos, las grandes luchas por la construcción de un México mejor que nunca llegó. Por eso, el imaginario colectivo otorgó a esas muertes un sepulcro de honor y un sesgo de heroicidad.

Pero lo que sucede en la actualidad ha rebasado por mucho cualquier explicación. El siglo XXI es el de la muerte impune, el de la muerte ciudadana; de pronto la gente común es llevada a la piedra de los sacrificios, donde le arrebatan su vida y pierde su identidad.

Resulta inverosímil la cantidad de cadáveres que habitan el subsuelo de la República; atravesamos el momento más violento de la historia nacional en tiempos de paz. La sangre forma ríos en una República en donde las instituciones funcionan con irritante lentitud, aumenta la conciencia social por consolidar un Estado de derecho y se llega al poder –a pesar de todos sus cuestionamientos– a través del voto.

Vivimos la consecuencia violenta de un sistema que construyó un país en la impunidad, el autoritarismo y la simulación. El México del siglo XXI es el resultado de esa cultura política que había establecido compadrazgos y complicidades con el crimen organizado las cuales se rompieron con la transición. Y ese sistema, atrapado, hoy no sabe cómo responder.

México, lugar donde la muerte es celebrada cada 2 de noviembre con buen ánimo y alegría, se ha transformado en el sitio donde la muerte festina a la muerte. El país es un inmenso camposanto con tumbas sin nombre que no encuentran su identidad. El único lugar donde es posible desaparecer sin dejar rastro. El país de la muerte impune.

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  • Raúl Álvarez A.

    Sabes Alejandro… Fragancia de la muerte impregna el monte. Ese olor cada vez más frecuente en esta interminable fosa común en la que se ha convertido México. El mismo lodo podrido, con mezcla de masa orgánica, que se pisa en Tijuana, en los terrenos regados con ácidos con los que los cadáveres son disueltos. El mismo olor que despiden las fosas donde quisieron ser reducidos a nada los migrantes masacrados en San Fernando, Tamaulipas. El mismo que se hace presente, cada vez con más frecuencia, en episodios que por comunes pasan desapercibidos para la prensa. Es un olor dulzón y rancio que hace nido en las fosas nasales, asfixia la garganta, se atenaza en el cerebro. No se quita por más que te bañes o recurras a los perfumes. Es un recordatorio que deja el sufrimiento de un ser humano que se niega a ser desaparecido, enterrado a escondidas martirizado. Sólo queda lanzar en silencio un rezo en este espacio de muerte y pedir que (sea quien sea) quien murió aquí encuentre la paz, que sus restos regresen a su casa con la familia que lo vio partir algún día.
    Saludos Alejandro, buen artículo.

  • Frankchucho

    Es una buena comparación, aunque nuestra violencia parece atípica, obedece a los reacomodos de poder, en la actualidad, no podemos precisar quien maneja al crimen organizado, por un lado la PGR, en los últimos años se ha apoderado de las plazas, donde cobra piso, secuestra, protege, roba, aterroriza y mata por encargo y por el otro un Poder Judicial que en algunos casos esta secuestrado y en otros es cómplice de la delincuencia, con los consecuentes niveles de impunidad, va a ser difícil lograr un cambio por la vía pacifica, aunque la población lo ha intentado por todos los medios.

  • zorayda sanchez

    Muy buen art Alejandro saludos!!
    Pd el comentario anterior es parte de un articulo q leí en “proceso” es preg Raúl Álvarez?? Me parece haber leído ya esa descripción de las fosas … Palabras adecuadas aunque no de tu autoría ..

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