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El país que no lee

Por Deniss Villalobos:

Tu libro es una brizna de papel que se arremolina en las calles, que contamina las ciudades, que se acumula en los basureros del planeta. Es celulosa, y en celulosa se convertirá.

Gabriel Zaid, Los demasiados libros

Cuando tenía quince o dieciséis años pensaba que leer me hacía especial, casi superior a quienes no conocían a Dostoievski, Camus o Sartre, autores a los que había leído más bien poco, pero que conocía gracias a los libros que mis padres y mi tía tenían en casa. Supongo que a esa edad es normal sentir que todo lo que hacemos o tenemos es exclusivo de nosotros, además de extremadamente bueno y que, por lo tanto, nos eleva por encima del resto de las personas. Lo alarmante es que esa idea y la actitud de “soy especial porque leo” se queda con muchos, e incluso va aumentando con el pasar de los años. Hay mucha gente que piensa que los libros te vuelven mejor que aquellos que no leen: solo porque sí, como si el objeto, por el simple hecho de tocarlo o pasar los ojos sobre él, te otorgara poderes mágicos de los que el resto del mundo carece si no tienen un libro.

Ese discurso me molesta porque viene, muchas veces, de las mismas personas que buscan promover la lectura entre niños y jóvenes de la peor forma posible: lanzan palabras sobre lo mágico que es leer, los muchos mundos que puedes conocer al abrir un libro y lo culto que te volverás al cambiar una tarde frente a la televisión por una copia de El Quijote, pero al mismo tiempo advierten que muy pocos podrán entender esas obras y que en realidad la literatura no es para todos. Un gran ejemplo de ese discurso son muchas de las reacciones que pudimos leer después de la malograda campaña “Perrea un libro” del IIFL. En su blog, Alejandra Vázquez escribió una atinada crítica sobre el tema (pueden leerla aquí), pero muchos otros decidieron atacar la campaña desde la trinchera de la discriminación con comentarios tan variados como clasistas: los jóvenes que perrean no saben nada de libros, nunca leerán o han leído nada, su capacidad para apreciar una obra literaria es nula, la literatura es exclusiva de una élite a la que no pertenecen ni pertenecerán; etcétera.

Para mí aquellas reacciones dejaron claro algo de lo que habla Holden en El guardián entre el centeno: es mucho más difícil saber si alguien es estúpido cuando sabe de pintura, literatura o teatro, pero al final sus palabras siempre dejarán al descubierto lo profundamente ignorantes que son. Estas personas quizá han leído mucho, poco o solo tienen un librero de adorno, pero eso da exactamente lo mismo porque sus comentarios ya dijeron bastante sobre ellos.

Queremos que los niños lean, pero los engañamos diciendo que eso los hará mejores como por arte de magia, enseñándoles desde pequeños, y tal vez de manera inconsciente, que un libro les otorga el derecho a considerarse superiores a quienes no tengan el mismo hábito o simplemente no gusten de la literatura, lo cual es completamente válido. Queremos que los jóvenes lean, pero aplican restricciones en letras chiquitas donde se aclara que solo algunos tienen derecho a hacerlo —los que no escuchen reggaeton, no sean nacos, no perreen y, en general, no sean partícipes de cualquier cosa que a los promotores e intelectuales les parezca indigna de la literatura—, además de que solo podrán leer ciertos géneros y autores. Es muy triste que nuestras campañas de difusión de la lectura sean tan deficientes, como ésa que nos pide leer 20 minutos al día: ¿por qué viente minutos como si estuviéramos en el gimnasio haciendo abdominales?, ¿por qué asumir desde el principio que leer será algo tan difícil y tedioso que deba verse como un pequeño sacrificio diario que dure poco? O aquellas otras, populares en las escuelas, en las que de forma obligatoria deben leerse textos que para la mayoría de los alumnos (y también para muchos adultos que ya leemos) resultan pesados y aburridos, dejando en muchos la idea de que cualquier obra literaria es un monstruo espantoso al que no quieren acercarse nunca más.

Gabriel Zaid explicó todo este tema mejor que nadie:

¿Y para qué leer? ¿Y para qué escribir? Después de leer cien, mil, diez mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? Nada. Decir: yo sólo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero ¿que no es quizás eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes. Quizá la experiencia de la finitud es el único acceso que tenemos a la totalidad que nos llama, y nos pierde, con desmedidas ambiciones totalitarias. Quizá toda experiencia de infinitud es ilusoria, si no es, precisamente, experiencia de finitud. Quizá, por eso, la medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan. ¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales.

Deberíamos abandonar la idea pesimista de que a la gente no le gusta leer o que la mayoría no entenderá un texto literario, y también aceptar que a muchas personas simplemente no les gusta ni gustará porque tienen otras aficiones. Deberíamos pensar más en cómo fue que nosotros nos acercamos a la lectura, qué nos gustó y emocionó tanto para que sigamos aquí. Qué nos han dejado los libros además de vista cansada, dolor de espalda y el bolsillo vacío. Cómo es que leer nos ha hecho más reales. Tenemos que recordar que la única forma de hacer que alguien se acerque a algo es que le parezca agradable, porque juzgando, excluyendo, regañando e imponiendo solo lograremos seguir siendo “el país que no lee”.

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