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El país del “nada por aquí”

Por Alejandra Eme Vázquez:

«Recuerdo, recordamos hasta que la justicia se siente entre nosotros».

Rosario Castellanos

El mundo es muchos mundos, simultáneos. Y en lo personal, esta simultaneidad me perturba profundamente cuando no sé qué hacer ante el hecho de que mientras yo estoy aquí escribiendo esto en un espacio seguro y tratando de comprender, hay muchísima gente sufriendo violencia directa, muriendo de hambre, viendo pisoteados de maneras perversas sus derechos humanos o, aunque no lo crea usted, “desapareciendo”. Sí, porque en esta absurda realidad que nos hemos construido, cuando una persona deja de estar en su contexto habitual bajo circunstancias extrañas que no pueden (o no quieren) resolver las autoridades en cuyas manos está esa responsabilidad, se usa el verbo de los magos: «Tantas personas murieron, tantas resultaron heridas y tantas des-a-pa-re-cie-ron». Desaparecieron, así, como si tan tranquilos.

Las personas no desaparecen: hacen falta. Y justo en este momento el país está viviendo el sobresalto de saber que a la inmensa lista de gente que hace falta se han añadido los nombres de más de cuatro decenas de jóvenes normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, después de que el 26 y 27 de septiembre la policía los agrediera, en cuatro episodios violentos, a partir de una colecta que realizaban para reunir fondos: querían ir a la marcha conmemorativa del 2 de octubre en la ciudad de México. No hay tiempo ni ganas para remarcar la ironía, porque al saldo de seis muertos y veinte heridos (entre normalistas y no normalistas) se sumó el acto de magia favorito de la fuerza bruta: cuarenta y tres “desaparecidos”.

Los estudiantes normalistas de Ayotzinapa se preparan para ser profesores en comunidades rurales. Todos quienes hemos tenido la experiencia de dar clases en estos contextos sabemos que si en la ciudad la escuela representa un espacio público entre muchos otros, en el medio rural es, junto con la iglesia, un sitio donde ocurre la excepción de poder reunir y organizar. Tener un profesor y un sacerdote da sentido a la comunidad en muchas formas, pero la particularidad de la escuela rural es que además de esto, ofrece individualizar accediendo a conocimientos y reflexiones que abren puertas, hacia adentro y hacia afuera. No puedo ni imaginar las implicaciones de esta labor en un estado que, según ciertas cuentas, es escenario de operación para diecisiete organizaciones delictivas y en el que mucha gente no tiene de otra más que “acostumbrarse” a saber que en el territorio donde está su hogar no hay ley y que la represión puede llegar por todos los frentes haciendo de la violencia “un lujo”. ¿No es así como dicen?: “con lujo de violencia”, como si se tratara de un artículo suntuario.

Pensar en lo que pasaron, están pasando o pasarán estos estudiantes de quienes no se sabe el paradero ni la condición nubla cualquier sonrisa, enciende preocupaciones milenarias, redimensiona todo. Es un tormento. Y lo es porque no sabemos lo que deberíamos saber, tan sencillo como eso. Movilizarnos entonces significa muchas cosas, comenzando por exigir saber. Sé que la indignación es un sentimiento que rebasa y es fácil convertirla en frustración dirigida a quienes, ante estos hechos, están en las mismas circunstancias que nosotros, como si regañar a otros por no estar poniendo atención o por no hacer lo suficiente nos aliviara el dolor de compartir la impotencia; pero no creo que la solución sea despreciar ni “pinchear” al país, porque tales juicios son otra forma de parálisis. No hay que olvidar que los ciudadanos somos compañeros, sencillamente porque tenemos espacios y sentidos en común. Nos necesitamos todos a todos para estar y no de acuerdo, para autoafirmarnos y para ponernos límites, para construir y reconstruir; precisamente por eso no podemos admitir, bajo ninguna circunstancia, que un compañero nos falte por una razón tan antinatural como la acción de la violencia a manos de una autoridad que ya olvidó a quién y a qué se debe.

Últimamente, en las redes sociales donde suelo expresarme e informarme he visto muchos debates referentes a las formas de enfrentar la violencia desde el discurso, cosa que está muy bien porque el lenguaje es un probado instrumento para modelar las acciones y hace falta pensar más sobre el uso que le damos. Pero independientemente de sus minucias, de si aquél usa ciertas palabras que a éste le parecen imprecisas o si la teoría tras el argumento de ese otro no nos convence, hay cosas en las que estaremos de acuerdo, pase lo que pase: no es posible, no es permisible ni natural que desaparezcan cuarenta y tres, o dos, o diez, o cualquier número de personas de nuestro suelo y menos aún, que vayan “apareciendo” entre historias endebles, confusas y disparatadas.

Esto no tiene que ver con quién posee la forma más bonita de decir lo que sea, tiene que ver con que dirijamos la luz de las palabras y las acciones hacia las oscuridades más peligrosas: la desinformación, el desprecio, el prejuicio, la cínica autosuficiencia, la impunidad; esto tiene que ver con la desconfianza que nuestras trincheras ciudadanas comparten hacia las policías, los legisladores, los gabinetes, las cabezas de gobierno, los servidores públicos que cada vez se distancian más de tal denominación. Y tiene que ver con no dejar que nos rebase la impotencia, porque en el espacio común no podemos restar valor a las formas de solidaridad que cada quien elige manifestar. Dejando de lado lo pavoroso de la simultaneidad, también tiene la magia de que una voz es, a la vez, individuo y coro.

El pasado 2 de octubre, de uno de mis alumnos de secundaria surgió una duda legítima después de leer en clase “1968” de Juan Villoro y “Memorial de Tlatelolco” de Rosario Castellanos: ¿para qué estar recordando algo que pasó hace ya demasiados años y para qué protestar por algo que no nos sucede a nosotros, que “no podemos cambiar”? Lo bueno es que los propios textos permitieron muchas aportaciones a la discusión: ambos confían en la memoria común como resistencia y permiten pensar que si bien las “pequeñas” acciones no son suficientes vistas desde lo individual, en la simultaneidad del colectivo adquieren una fuerza inusitada. «Entonces quiere decir que hasta que no haya justicia vamos a estar chingando», pensó en voz alta mi alumno, ya más convencido, tras los comentarios que generó su pregunta inicial. Yo me quedé callada, únicamente lo miré y le sonreí de tal manera que él creyó que me había dado la respuesta que yo esperaba oír, sin saber que me dio justo la que necesitaba.

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