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El Otoño de los Cuchillos Largos

Por Oscar E. Gastélum:

“No basta con estar oprimido, también hay que tener razón. Y la mayoría de los oprimidos están equivocados hasta la estupidez.”

Orhan Pamuk

 

Todo empieza como una inofensiva escena de la vida cotidiana en Jerusalén.* Los autos circulan normalmente sobre lo que parece una calle medianamente concurrida mientras algunos peatones esperan en una parada de autobús y otros caminan desprevenidos por la acera. De pronto, de la nada, aparece un automóvil que, a una velocidad endemoniada, avanza unos metros en sentido contrario, sube a la banqueta y, antes de estrellarse contra la parada de autobús y golpear a una mujer que estaba absorta en la lectura de un libro, arrolla violentamente a un par de peatones inermes cuyos cuerpos parecieran transformarse súbitamente en inertes muñecos de trapo.

Antes de que el polvo se disipe, podemos ver cómo un par de mujeres, una anciana y otra más joven, a las que la estructura de la parada de autobús salvó milagrosamente, huyen despavoridas del lugar con la velocidad que los años le permiten a cada una, mientras otra mujer de edad indefinida, congelada por el shock, contempla la escena dantesca que la rodea y finalmente trata de ayudar a la lectora absorta recién arrollada. ¿Se conocían? ¿Eran amigas? ¿O fue la fatalidad la que las unió aquella mañana infausta? Probablemente jamás lo sabremos, pero la respuesta se torna irrelevante en el momento en que el chofer finalmente abre la puerta y desciende de su bólido asesino.

Por la convicción y rapidez con la que abandona el auto, el conductor no parece herido o sorprendido ante la catástrofe que acaba de provocar, y al ver el machete que blande con destreza amenazante en su mano derecha entendemos muy bien el porqué. Lo que sigue es de una bajeza incomprensible, repugnante y perturbadora para cualquier persona con un compás moral medianamente sano. El hombre, que obviamente es un terrorista que acaba de utilizar su auto como arma para embestir a civiles indefensos, poseído por un odio rabioso e inextinguible, arremete a machetazos contra la lectora a la que acaba de atropellar, tratando cobardemente de rematarla en el suelo, para luego lanzarse contra quien trataba de ayudarla en un arranque de sadismo frenético indescriptible. Es imposible ver el rostro de su última víctima, pero adivinamos su horrorizada sorpresa en los torpes y desesperados movimientos con los que trata de defenderse de los furiosos embates de su atacante.

En el video se puede apreciar que no pasaron ni treinta segundos entre el inicio del ataque y la aparición de un hombre israelí armado, quizá un agente del orden vestido de civil o un ciudadano con entrenamiento militar, quien finalmente abre fuego en contra del terrorista palestino poniendo fin al espeluznante episodio de forma heroica. Aterra pensar que en menos de medio minuto y utilizando hasta su último aliento, ese troglodita miserable alcanzó a herir, quizás mortalmente, a cuatro personas, rematando su macabra obra con siete machetazos sobre una mujer indefensa.

Sí, es aterrador pero no sorprendente, ya que lo más probable es que aquel furibundo y desquiciado verdugo estuviera poseído por la enfermiza convicción de que pronto ascendería al paraíso como un mártir de la guerra santa y su valiente proeza sería recompensada por Alá con 72 vírgenes, porque esa delirante y sexualmente malsana fantasía es la que motiva a gentuza como esa, reprimida y fanática, a asesinar inocentes e inmolarse con buena conciencia. A ese retorcido consuelo habría que agregar la certeza de que su innombrable crimen sería celebrado por los suyos como un acto heroico.

Detrás del incondicional y desproporcionado apoyo que la causa palestina recibe en Occidente hay múltiples factores: Ignorancia de la complejidad del conflicto y de las raíces históricas del mismo, antisemitismo puro y duro disfrazado de amor por Palestina, antiamericanismo pueril que infecta a Israel por asociación, una empatía bienintencionada pero visceral e irreflexiva explotada por la hábil e inescrupulosa propaganda de Hamas que suele transformar los cadáveres de su gente en pornografía bélica, el uso de anteojeras ideológicas y la aplicación de conceptos obsoletos, equívocos y simplistas (colonialismo, imperialismo, apartheid, etc.) para analizar la situación distorsionándola, entre muchos otros.

Pero hoy me interesa hablar de uno solo de esos factores, quizá el más inocente de todos, aunque no menos nocivo. Me refiero a la intuición moral que hace que la mayoría de los seres humanos tendamos a simpatizar automáticamente con la parte, aparentemente, más débil en una disputa. Un buen ejemplo para ilustrar este fenómeno es esa proclividad casi universal que mueve a los aficionados al futbol a ponerse del lado de países pequeños cuando estos enfrentan a rivales poderosos en terreno neutral. Es obvio que en ese contexto, esa afinidad superficial y pasajera es completamente inofensiva. Pero un conflicto bélico como el que ha desgarrado a Medio Oriente durante más de medio siglo no es un simple partido de futbol.

El gran filósofo y matemático británico Bertrand Russell bautizó esta simpatía instintiva como la “falacia de la superior virtud de los oprimidos”. Y eso es precisamente lo que alimenta el fervor de muchos simpatizantes de buena fe de la causa palestina: la delirante idea de que la miseria y la opresión padecida por ese pueblo ahogado en el fanatismo y el odio lo hace moralmente superior a sus vecinos israelíes. Esta ingenuidad prejuiciosa y falaz no es más que un atajo intelectual que impide hacer un análisis serio del conflicto y, al condescender con el tóxico victimismo difundido y cultivado por los demagogos de Hamas y otros grupos extremistas islámicos, termina legitimándolo y reforzando el interminable ciclo de violencia que genera escenas como la registrada en el video antes descrito.

En esta era de antisionismo rampante e histérico, resulta muy difícil creer que el propio Israel solía despertar ese mismo afecto condescendiente que ahora generan los palestinos. Y es que en sus primeros años, Israel irradiaba una seductora imagen de país recién fundado, habitado por refugiados y sobrevivientes de ese infierno en la Tierra que fue el Holocausto y constantemente asediado y amenazado por sus vecinos. Pero bastó que se convirtiera en una sólida, próspera y exitosa democracia liberal para pasar instantáneamente de moda y caer de la gracia de la veleidosa progresía internacional. Súbitamente la idealización mutó en satanización, hasta que la joven patria del pueblo judío terminó transformada en la aborrecida representante de los no menos odiados valores occidentales en una zona rebosante de fotogénica, entrañable y barbárica miseria.

No, ni la pobreza, ni el hambre, ni la opresión, ni la violencia, ennoblecen automáticamente a quienes las padecen. Si así fuera bastaría con hundir a la humanidad entera en la miseria y el conflicto armado para vivir en el mejor de los mundos posibles, rodeados de ángeles. Hace falta una descomunal dosis de odio ciego, fanatismo y vileza para perpetrar actos tan moralmente repugnantes como los cometidos por los terroristas palestinos en las últimas semanas en las calles de Israel. Nada, absolutamente NADA, justifica asesinar a civiles indefensos a sangre fría, y solo una sociedad moralmente putrefacta se atrevería a envenenar los corazones y las mentes de sus niños y adolescentes para luego enviarlos en misiones suicidas a matar y a morir indignamente.

Israel ha cometido errores y atropellos bochornosos a lo largo de este conflicto, la guerra es un escenario ideal para que los peores impulsos de la humanidad campeen a sus anchas, pero sus instituciones no promueven el odio, el racismo o el asesinato intencional de civiles indefensos. Y cuando sus fuerzas armadas asesinan por error a civiles, un escenario cada vez más frecuente gracias a las cobardes estrategias de Hamas que alimenta su legitimidad local e internacional con cadáveres, la sociedad israelí no sale a las calles a celebrarlo como si el equipo nacional acabara de ganar el mundial de futbol, sino que el ejército y los políticos son duramente cuestionados y criticados por la oposición, la prensa y los ciudadanos de una democracia plural y vigorosa.

Si los aliados sinceros de Palestina realmente quieren trascender la frívola y contraproducente falacia de la suprema virtud de los oprimidos, apoyar el proceso de paz y ayudar a liberar a una sociedad embriagada por el viscoso odio imbuido en el corazón de cada uno de sus hijos desde la más tierna infancia, y atrofiada por la miseria material y espiritual que engendra y fomenta el fanatismo religioso, deben empezar por condenar sin reservas ni justificaciones espurias estos actos de barbarie homicida y autodestructiva, y por denunciar a los corruptos y sanguinarios líderes del pueblo palestino como lo que son, sus verdaderos, despiadados, opresores. El deber de un auténtico amigo es decir verdades dolorosas a la cara, pues la indulgencia complaciente es una traición imperdonable cuando se dispensa sobre alguien que está cometiendo un suicidio físico y moral.

*Esta columna habla sobre un video que usted puede ver aquí, aunque no lo recomiendo.

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