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El mundo en el que el tiempo no existe

Por Deniss Villalobos:

En casa de mi abuela hay un pequeña colección de discos que cuando yo era niña tenía prohibido tocar sin supervisión de un adulto. En esa colección que se formó con lo que todos iban olvidando en la sala hay cosas muy variadas: Silvio Rodríguez, Los Panchos, Pedro Infante, Javier Solís, Lucha Villa, Caifanes, Café Tacvba, Timbiriche y hasta un par de discos de Arjona. A los diez u once años, cuando llegaba a quedarme sola, corría de inmediato al estéreo y ponía discos al azar, cambiándolos rápido y sin escuchar completa una sola canción.

Supongo que la prohibición me hacía desearlos tanto que, cuando los tenía en las manos, no era importante escuchar con atención sino probarlos todos. Se parecía un poco a comer dulces a escondidas o acabarte todas las galletas que mamá escondía en lo alto de la alacena. Ese consumo frenético de música solo cambió hasta que encontré una caja con cinco discos llamada “100 masterpieces of classical music”. Esa tarde puse el primer volumen y lo que sonó —lo sé ahora porque tengo el disco junto a mí mientras escribo— fue un concierto para piano de Tchaikovsky.

Escuché esos discos cientos de veces. No leía los nombres de los compositores, las piezas o quién interpretaba, tampoco le contaba a alguien lo que hacía, solo me gustaba acostarme en el piso de la sala cuando no había nadie en casa y escuchar esos discos que me calmaban y hacían imaginar un montón de historias. Bailaba canciones de Shakira con mi mamá, escuchaba a Cri-Crí con mi hermana y en secreto pasaba largos ratos soñando con Schumann, Mendelssohn, Brahms, Mozart, Beethoven, Rachmaninoff y Saint-Saëns.

Más de diez años después creo que sigo siendo esa misma niña que escuchaba cualquier tipo de música solo porque le gustaba. No tuve un abuelo millonario e intelectual que me obligara a escuchar a Bach, un tío musicólogo o una madre que tocara el piano, simplemente me encontré con algo y me gustó. La idea de que “a los jóvenes no les gusta la música clásica” es tan ridícula como “a los jóvenes no les gusta leer”, una idea basada más en los prejuicios que en los hechos.

Hace poco me pasó algo muy curioso gracias a tumblr. Una chica me envió un mensaje pidiéndome que aclarara algo en relación a unos gifs. El problema se arregló después de un par de mensajes y lo que vino después fue mucho más agradable. Las imágenes que hicieron que Nele me escribiera (ése es el nombre de la chica) eran de Martha Argerich, una pianista argentina que ambas admiramos. La plática continuó y descubrí que tenía muchas cosas en común con ella. Nele tiene 18 años, ha vivido en Viena toda su vida, le gustan Regina Spektor y Blur, las películas de Woody Allen, Downton Abbey, los libros de Jane Austen y Jasper Fforde, estudia español y toca el piano. Comenzó a tocar por su cuenta a los 15, y un par de años después, cuando estaba en youtube buscando qué ver y escuchar para mejorar su técnica, se encontró con este video: https://www.youtube.com/watch?v=RKKy383RVI4

Nele tuvo la oportunidad de conocerla en Berlín y le dio una carta, hablaron un poco y Martha le contó lo mucho que su entusiasmo significaba para ella y que ese entusiasmo es una de las razones por las que hace presentaciones. Después, en Viena, Nele volvió a encontrarse con la pianista, hablaron más, compartieron algo de comida porque las dos estaban hambrientas después del concierto y, en palabras de Nele “estar cerca de Martha fue como estar en otro mundo, ella te arrastra a un lugar en el que el tiempo parece no existir”.

Menciono únicamente dos ejemplos de personas que llegaron casi por casualidad a la música clásica. La niña que yo fui, con una caja llena de discos, y una chica que decidió tocar el piano de forma autodidacta. Hay en el mundo personas que inspiran a otros, sin importar la edad, a acercarse a escuchar o interpretar música clásica. Puede pasar porque casualmente veas en la televisión la presentación de un famoso violinista, porque te manden en la escuela de forma obligatoria a un concierto de la Orquesta Sinfónica, porque ganes boletos vía twitter para un ballet o escuches una melodía que te atrapa en una película.

No hay un estereotipo o una lista de características que deban cumplirse para que te gusten Chopin y Liszt (y tampoco tiene nada de malo si los escuchas y no te gustan). No importa cuánto dinero tienes, cuál es tu edad, dónde vives y qué otras cosas te gustan. Puedes escuchar a Horowitz interpretar a Scarlatti y después cantar a todo pulmón algo de Ariana Grande, los Smiths, Julión Álvarez, Willie Colón o Iron Maiden. Hay cientos de músicos que harán que cada compositor suene de una forma distinta con sus interpretaciones, y puedes escuchar muchos hasta encontrar al que, como le pasó a Nele con Argerich, te haga viajar a un mundo en el que el tiempo no existe.

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