Looking for Something?
Menu

El médico y los cerezos

Por Deniss Villalobos:

En 1892, a una pequeña aldea a las afueras de Moscú, llegó un médico que hasta entonces no había ejercido su profesión para habitar una finca que quedaba a dos horas de viaje en tren. El hombre, según él mismo, encontró la felicidad entre las habitaciones que con sus propias manos construyó poco a poco en ese lugar.

Formó un hogar humilde comparado con el de las propiedades y palacios que, en ese entonces, sus conocidos poseían. Así se mantuvo hasta sus últimos días, sin interés en la opulencia y los lujos. Tampoco se interesaba en los negocios o las finanzas, por lo que constantemente era estafado sin que a él le importase demasiado. La compra del terreno fue producto de un impulso relacionado a su urgencia por refugiarse en el campo y alejarse de la ajetreada vida de la ciudad.

El  helado día en que visitó la finca por primera vez, después de haber firmado todos los papeles, llevó con él un frasco en el que había veinte pequeñas tencas que compró antes de viajar, pues llegó a la conclusión de que era la mejor elección, según lo explicado en un libro de Sabanéev sobre los peces de Rusia. Al llegar las dejó en el estanque. Después de eso, llevó tres caballos, una vaca, cuatro patos, dos perros y un piano.

El médico —que también escribía— se dedicó en ese lugar a ayudar a los campesinos. Llegaban de aldeas vecinas desde muy temprano para recibir atención y gracias a él se salvaron y mejoraron cientos de vidas. Por las tardes y noches escribía cartas, cientos de ellas, en donde hablaba acerca de su vida diaria y pocas veces mencionaba a sus amigos algo sobre su actividad literaria.

Las flores, los árboles y los animales se fueron multiplicando. Las casitas y el pabellón, que después serviría como estudio, estaban rodeados de cerezos  y de rosas. El hombre solía poner en su boca un puñado de cerezas mientras se sentaba en los escaloncitos de la casa de visitas. Su familia y él recibían invitados todo el tiempo, huéspedes que se alojaban en la finca por largas temporadas, pues era difícil querer alejarse del mágico jardín que aquel hombre había soñado y hecho realidad en medio de la nada.

En ese lugar, algunos años después de haber llegado y de conseguir que la vida prosperara para todos sus habitantes (escuelas, puentes, caminos y salud), el médico y escritor, en ese orden para él, escribió una obra llamada La Gaviota, estrenada en San Petesburgo en 1896. El médico se encargó de curar cuerpos con las manos y de salvar almas con sus letras.

Fueron, sin duda, los mejores años de ese hombre. La época en la que hizo lo que más amaba: practicar la medicina y escribir. Para lo primero se consideraba bueno y en lo segundo nunca emitió algún juicio sobre sí mismo. Muchos cuentos y cerca de cuarenta obras nacieron de entre esas casitas, flores y árboles, de las tardes que el hombre y su familia compartían junto al estanque.

Entre los últimos habitantes de esa finca se encuentra una actriz de profunda y extraña belleza, el más grande amor que el médico conoció jamás, al lado de quien, se cuenta, Antón Pávlovich Chéjov bebió champán antes de morir.

***

Otro escritor ruso escribió un relato en el que afirmaba que el hombre solo necesita dos metros de tierra para vivir. La respuesta de Chéjov, antes del campo y los árboles, fue ésta:

La gente dice que una persona solo necesita dos metros de terreno, pero en realidad solo un cadáver necesita eso, no una persona. La gente dice también hoy en día que es bueno que los miembros de nuestra clase culta se sientan atraídos por la tierra y quieran vivir en casas de campo. Pero esas casas de campo con sus terrenos son lo mismo que los dos metros de terreno. Abandonar la vida de la ciudad con todas sus luchas y dificultades; abandonar todo para encerrarse en el campo, eso no es vida, eso es ser egoísta y vago. Es una especie de monasticismo, pero sin sacrificar nada. La gente no necesita seis pies de terreno, o una casa en el campo, sino todo el globo, la naturaleza en su totalidad, de forma que puedan tener espacio para expresar todas las capacidades y peculiaridades de su espíritu libre.

Tal vez la época más brillante y feliz de su vida fue una contradicción, o quizá el mundo entero, todo el globo, cabe en algunos metros de tierra. En ese espacio caben la vida y la muerte. Abrir los ojos por vez primera y cerrarlos para no volver a parpadear puede ser un largo o corto camino, y pueden suceder tantas cosas como ninguna. Lo cierto es que, por un tiempo breve, uno puede ser completamente feliz sin importar el espacio que ocupe.

Y en Melikhovo todavía existe un camino de cerezos y rosas en el que, se cuenta, cualquier deseo que se pida será cumplido.

Puede interesarte

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter