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El Linchamiento de un Burócrata

Por Oscar E. Gastélum:

“My own opinion is enough for me, and I claim the right to have it defended against any consensus, any majority, anywhere, any place, any time. And anyone who disagrees with this can pick a number, get in line, and kiss my ass.”

― Christopher Hitchens

“If liberty means anything at all, it means the right to tell people what they do not want to hear.”

― George Orwell

Antes de empezar con el tema principal de este texto debo decir un par de cosas: No conozco personalmente a Nicolás Alvarado y estoy casi seguro de que su malhadada columna sobre Juan Gabriel es el primer texto suyo que leo en mi vida. Recuerdo que fungía como uno de los conductores de “La dichosa palabra” en Canal 22 hace ya varios años, pero eso es todo lo que sabía de él hasta hace unas semanas. Y lo aclaro porque en México el compadrazgo, o la enemistad, suelen influir mucho en la postura que cada quien toma en una polémica. En segundo lugar quisiera aclarar que mi principal objetivo al redactar esta columna no es “defender” al susodicho pues me parece que él fue perfectamente capaz de hacerlo por sí mismo, con dignidad y entereza, en la entrevista que le hizo un Joaquín López Dóriga furibundo y ansioso por quedar bien con el “respetable”.

Lo que pretendo con este texto es volver a denunciar la repelente hipocresía que se oculta detrás del celo fanático de esas turbas enardecidas, y en la inmensa mayoría de los casos supuestamente progresistas, que han transformado las redes sociales en hogueras virtuales para linchar herejes y escenificar juicios morales sumarios. El caso de Alvarado es paradigmático pues conjuga varias de las características que más me perturban y asquean de esta nueva moda global. Y es que pareciera que nuestros refinados ciudadanos virtuales necesitan que se les recuerde constantemente la inestimable importancia de la libertad de expresión o el hecho de que ese derecho sagrado existe precisamente para proteger ideas impopulares, minoritarias o repelentes para la mayoría. Y también parecen olvidar que es legítimo discutir y argumentar en contra de lo que sea, cuestionar e incluso ridiculizar sin piedad cualquier opinión, pero sin tratar de arruinarle la vida a quien disiente de nosotros.

En este caso particular desde el primer momento percibí que muchos de los detractores de Alvarado sentían una profunda antipatía personal en su contra que precedía a su texto y que no puedo entender del todo pues, a dios gracias, no estoy familiarizado con las riñas de vecindad de nuestra intelligentsia. Esa antipatía se manifestó en ataques de una virulencia extrema e injustificada y en insinuaciones venenosas que llegaron incluso a salpicar a su esposa, una bajeza indigna de gente tan bondadosa y desinteresadamente preocupada por la justicia social. Pero esa mal disimulada mala leche también se evidenció en la obvia malicia con la que tantos interpretaron de la peor manera posible un texto cuyo mensaje, a mí, admirador confeso de Juan Gabriel, me pareció límpido e inocuo desde la primera lectura.

Pero dejemos de lado a los enemigos de Alvarado que descaradamente aprovecharon esta oportunidad para cobrar venganza azuzando la indignación y posando de ofendidos, y a nuestros deplorables medios de comunicación que sacaron totalmente de contexto la columna para lucrar con el escándalo, y de paso también olvidémonos de todos aquellos que a pesar de no haber leído el texto completo no tuvieron empacho en juzgarlo de oídas, y concentrémonos en la gente que sí lo leyó y se  ofendió sinceramente. Para empezar es indispensable recordar algo que debería ser una obviedad pero que en nuestra peculiar era ha dejado de serlo: declararse “ofendido” no es un argumento válido en una discusión racional, y el hecho de que un texto sea “ofensivo”, para muchos o para algunos, no le da derecho a nadie a exigir su censura o a demandar que su autor sea castigado, perdiendo su trabajo o siendo decapitado, por ejemplo.

Y es que lo que la santa inquisición progre, tan propensa a defender los frágiles sentimientos propios o ajenos mediante el boicot y la censura de voces “ofensivas”, olvida frecuentemente, es que cualquiera puede declararse ofendido ante lo que sea. El día menos pensado, por ejemplo, el “Frente Nacional por la Familia” podría proclamar que la existencia de los homosexuales le ofende en lo más profundo de su ser y exigir su desaparición. Por ello es tan peligroso legitimar semejante inanidad dándole rango de argumento. Además, el texto de Alvarado está lejos de ser discriminatorio o intolerante y su autor no es el monstruo racista, clasista y homófobo que nos presentaron sus detractores, pues basta con hurgar un poco en su trayectoria para descubrir que el tipo fue uno de los principales promotores de la creación de lo que hoy es el CONAPRED, ni más ni menos.

Ese hecho deja en evidencia dos de los grandes vicios de la izquierda políticamente correcta, autoritaria y santurrona de nuestros tiempos: El primero es su proclividad a atacar y devorar a sus aliados potenciales por nimiedades intrascendentes, perdiendo de vista que el verdadero enemigo está en otro lado. Alvarado podrá parecerle un mamón insufrible a muchos, pero está en el mismo bando que quienes luchamos en contra de Norberto Rivera y sus huestes, y eso debería de ser mucho más importante. El segundo vicio es ese trato supersticioso que la izquierda millenial mantiene con las palabras y su perturbadora tendencia a convertir a algunas en tabúes, y a castigar a todo aquel que ose pronunciarlas. Esa relación enfermiza y casi religiosa con el lenguaje hace que estos modernos aspirantes a Torquemada valoren más lo que alguien dice, o no dice, que lo que hace. Gracias a esta delirante filosofía moral miles de cretinos aplastados frente a sus pantallas fueron capaces de quemar en la hoguera con buena conciencia a alguien que ha hecho muchísimo más para combatir la discriminación que cualquiera de ellos.

Desde mi punto de vista, de lo que el texto de Alvarado pecó fue de imprudencia e ingenuidad. Fue imprudente al publicarlo en pleno luto nacional y al tratar de apropiarse de palabras cargadas con un bagaje muy pesado de homofobia, racismo y clasismo como “joto” y “naco”. Personalmente jamás empleo ninguno de los dos epítetos en mis escritos, y el primero ni siquiera en privado, pues estoy consciente de que pueden prestarse a malos entendidos y ser usados para desviar la atención de lo que realmente trato de decir, como sucedió en este caso. Pero jamás abogaría a favor de que fueran vedados y desterrados del discurso público o solicitaría un castigo para quien decida utilizarlos. Entre otras razones porque soy perfectamente capaz de diferenciar los diversos contextos en que pueden ser empleados y no suelo reaccionar ante ninguna palabra con la ciega y automática iracundia de un beato ante la profanación de un dogma.

Pero, como dije antes, Alvarado además pecó de ingenuo, pues en un país profundamente hipócrita y en el que el clasismo y el racismo campean a sus anchas soterradamente, se atrevió a autoanalizarse en público y a confesar, no en tono jactancioso sino más bien apenado, que aún hay residuos de clasismo alojados en en su mente que limitan su capacidad para disfrutar de placeres tan universalmente apreciados como la música de Juan Gabriel. Y ese exabrupto sincero fue el peor de los errores que pudo haber cometido, pues en tierra de fariseos la honestidad suele pagarse muy caro. Sí, ya sé que Alvarado ocupaba un cargo público al momento de publicar su desventurado texto, pero los servidores públicos no pierden su derecho constitucional a expresarse libremente, y ese detalle sólo sería relevante si el burócrata en cuestión se hubiera dejado llevar por sus prejuicios y gustos personales a la hora de decidir si la televisora a su cargo debía abordar la muerte de un ídolo popular como Juan Gabriel. Algo que, como sabemos, pues quedó muy claro en la propia columna, no sucedió.

No, la libertad de expresión no es absoluta pues ningún derecho puede serlo, y todo Estado moderno debe proscribir y perseguir los llamados a la violencia en contra de algún grupo o individuo. Además, los ciudadanos debemos estar alerta ante cualquier tipo de discurso de odio y contrarrestar con argumentos sólidos y sátira inteligente sus tóxicas falacias. Pero generar un clima de miedo en el que nuestros intelectuales, periodistas y ciudadanos se sientan intimidados y teman expresar libremente sus ideas, no beneficia a nadie. Pues nuestros mayores logros como especie, de la abolición de la esclavitud a la igualdad de género, alguna vez fueron ideas minoritarias, temerarias y profundamente ofensivas para los censores y las mayorías. Un ciudadano moderno debe sentirse orgulloso de tener la piel lo suficientemente gruesa para soportar las ideas y opiniones que lo ofenden, pues la continuidad del proceso civilizatorio es mucho más importante que los delicados sentimientos de cualquier individuo o grupúsculo…

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