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El inspector Paz

Por Ángel Gilberto Adame:

En junio de 1938, ante la imperiosa necesidad de aumentar sus ingresos, Octavio Paz optó por abandonar el proyecto educativo en el que participaba en Mérida e instalarse en la Ciudad de México.  A partir de entonces tomó cuanto empleo pudo: fue redactor periodístico, docente, ayudante en el negocio de su tío Guillermo Lozano y, además, se internó al mundo burocrático, tal como confesó a Enrico Mario Santí, de la mano de Eduardo Villaseñor, economista admirador de la poesía y mecenas de Taller, revista cultural de la que Paz integraba el consejo editorial.

Con el apoyo de Villaseñor, Paz ingresó ese mismo año a la entonces Comisión Nacional Bancaria, ubicada en San Juan de Letrán número 11, con el puesto de inspector de sección. De la revisión de su expediente de empleado se desprenden incidencias que permiten atisbar la vida del poeta antes de que abandonara México en los años cuarenta.

Las funciones de Paz como inspector, además de la eventual quema de billetes, incluían las de realizar visitas de verificación ordinarias y extraordinarias a las oficinas de las instituciones bancarias. También las de revisar cortes de caja, exigir comprobación de cuentas sobre la cantidad y el valor de los títulos de crédito, así como sobre la cancelación de los mismos. Igualmente, debía asistir a los remates y sorteos que efectuaran los bancos, además de rendir un reporte de las supervisiones que efectuaba dos veces al año. Por todo ello recibía una remuneración de $250.00 mensuales.

Además de los habituales escritos informativos, entre los papeles salta a la vista la inestabilidad por la que atravesó durante los cinco años en que laboró en el ámbito administrativo, que transcurrieron entre intempestivos cambios de domicilio, tal como lo demuestra el siguiente informe: “El Sr. Octavio Paz Lozano no concurrió a sus labores hace varios días […] al encontrarse enfermo, por lo que ayer se giraron órdenes a la Clínica Médico Quiróga para que pasara un doctor a la casa núm. 208 Depto. 12, de la calle Industria, Colonia Hipódromo Tamaulipas, a fin de proporcionar información sobre la enfermedad que aqueja al empleado de referencia, y hoy [se] informó que el Sr. Paz Lozano no vive en la dirección [por él] indicada”.

Otra constante visible en los folios son las inasistencias no justificadas y las solicitudes de vacaciones. Todo ello contribuyó a que no ascendiera en el escalafón burocrático. El temperamento saturnal de Paz pareciera templarse en las oficinas bancarias, en las que dedicaba parte de su tiempo a “componer mentalmente una serie de sonetos”. En una entrevista con Julián Ríos detalló: “Vi, diríamos, el otro aspecto de la economía, la otra cara del régimen capitalista. También, el carácter fantasmal del dinero: el dinero es un signo, pero un signo que se destruye. Vi las grandes llamaradas que se comían millones de pesos que ya no eran millones sino papel viejo”.

Quizás el nacimiento de Elena Laura en 1939 lo llevó a prolongar su permanencia en un trabajo que, aunque le parecía detestable, le brindaba prestaciones. Así lo hizo constar en sus disposiciones firmadas en 1942, según las cuales las beneficiarias de su seguro, en caso de fallecimiento, serían su esposa Elena Garro y su hija.

Al año siguiente, agobiado por el “tedio y la rabia” que le producía su vida en México, Paz se postuló para obtener una beca de la Fundación Guggenheim, con el objetivo de radicarse en San Francisco y estudiar “La expresión poética del concepto de América”, según apuntó en su solicitud. De acuerdo con su relato:

Esto era en plena guerra mundial, en la época de la gran alianza entre los rusos y los norteamericanos. Yo me encontraba en una situación muy difícil, no sólo en el sentido material sino en el moral y el político. En fin, sentí que me ahogaba en México y que tenía que cambiar de país si no quería morirme de asfixia. […] Por fortuna, conseguí la beca y fui a dar a los Estados Unidos. Desempeñé oficios diversos, traté toda clase de gente, pasé estrecheces, conocí días de exaltación y otros de abatimiento, leí incansablemente a los poetas ingleses y norteamericanos y, en fin, comencé a escribir unos poemas libres de la retórica que asfixiaba a la poesía que, en esos años, escribían los jóvenes en Hispanoamérica y en España.

Sus jefe en la Comisión, Manuel López y Sánchez de Tagle, le extendió una recomendación que dirigió al Cónsul General de Estados Unidos: “Tengo  el honor de manifestar a usted que el señor Octavio Paz es persona de reconocida honorabilidad y solvencia moral. Desde el año 1938 ha desempeñado el puesto de Inspector en esta Institución, de modo que nos son perfectamente conocidas su honradez y su seriedad profesional”.

La beca tuvo duración de un año, surtió efectos a partir del primero de diciembre de 1943 y consistió en un apoyo de 165 dólares por mes. Pocos días después de su partida, Paz escribió a Octavio G. Barreda: “Desde que llegué a San Francisco he intentado escribirle unas líneas, pero al principio todo conspiró contra mi propósito: la búsqueda de casa, el aturdimiento de los primeros días, las nuevas amistades… y la inercia”.

Además de la subvención que recibía, la Comisión le concedió un ascenso en enero de 1944 y le extendió una licencia que se prolongó por “tres meses de sueldo y un mes de gratificación”. Cumplido el plazo, Paz presentó su renuncia ante el encargado de su sección el 25 de junio:

En virtud de que la beca que [se] me concedió […] termina hasta el mes de noviembre de año en curso […], no me será posible presentarme a esas oficinas sino hasta esta fecha, tengo la pena de pedirle que se sirva a considerar este escrito como la formal renuncia al empleo de  Inspector […] que había venido desempeñando bajo sus dignas órdenes.

[…]

Al presentar esta renuncia me es grato manifestarle, una vez más, la sinceridad de mi reconocimiento por las inmerecidas atenciones de que he sido objeto, […] para no hablar de las pruebas de afecto de mis compañeros de trabajo.

Su pasó por la Comisión sería tema recurrente de su meditación poética; quizás una de las alusiones más contundente sea la que aparece en Vuelta:

Madura en el subsuelo

la vegetación de los desastres

Queman

millones y millones de billetes viejos

en el Banco de México.

NOTA: Una primera versión de este texto se publicó en Letras Libres

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