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El Firewall de nopal…

Por Oscar E. Gastélum:

“Comencé a viajar cuando aprendí a leer.”

Octavio Paz

A mediados de la década de los cincuenta del siglo pasado, el pintor mexicano José Luis Cuevas redactó un simpático, mordaz e influyente manifiesto titulado “La cortina de nopal”. En dicho texto, Cuevas se quejaba amargamente del provincianismo chovinista en que había caído la escena artística mexicana gracias a la influencia del muralismo, y exigía a nombre de los jóvenes artistas de su generación el derecho a superar ese anquilosamiento creativo buscando inspiración e influencias más allá de nuestras fronteras, liberando a los nuevos talentos de las cadenas del nacionalismo ensimismado y narcisista.

Por fortuna, con el paso de las décadas esa funesta cortina de nopal ha ido desmoronándose poco a poco. Pero en la inmensa mayoría de los casos, ha sido el mundo exterior, ese que tanto nos aterra y acompleja, el que ha tomado el mazo y le ha asestado golpes decisivos, resquebrajando nuestro receloso aislamiento. Pienso, sobre todo, en la globalización y en el surgimiento de las nuevas tecnologías de la información, dos revoluciones mundiales de las que México ha sido más un espectador pasivo e involuntario que un protagonista.

Sí, las nuevas tecnologías han derribado fronteras y acortado las distancias, y un sector de mexicanos, sobre todo jóvenes, han entrado en contacto con un mundo hasta hace poco apenas atisbado, transformándose, como predijo nuestro clásico, en contemporáneos de todos los hombres. Pero, por desgracia, los mexicanos que tienen pleno acceso a las nuevas tecnologías y la curiosidad suficiente como para aprovecharlas al máximo, son una minoría, valiosa e influyente, pero minúscula, y aunque parezca mentira nuestra miopía nacional permanece deprimentemente incólume.

Es comprensible que en un país con niveles de educación paupérrimos y con más de la mitad de la población en la miseria, no abunden los viajeros o el interés por descubrir otras formas de vida y organización social a través de la lectura. Pero el problema no es solo económico, pues ese desinterés por el mundo exterior no es exclusivo de quienes solo viven para trabajar a cambio de un salario indigno, sino que cunde incluso entre nuestras élites políticas y económicas, y en nuestra clase media universitaria.

Recuerdo que hace algunos años le reclamé a uno de los intelectuales que participan en Primer Plano, programa de análisis político de Canal Once, que en uno de sus programas más recientes hubieran ignorado un tema de política internacional importantísimo. El personaje en cuestión, que además es un buen amigo, me respondió que no podían tratar más de un asunto internacional por programa porque en el segmento dedicado a ello su audiencia se desplomaba dramáticamente. Así es, esa élite intelectual que sintoniza Canal Once para ver Primer Plano, se aburre en cuanto dejan de hablar del pueblo en el que viven.

Yo mismo lo he comprobado con mis columnas. Cuando toco temas locales como el despido del “Piojo” Herrera, la censura a Aristegui o la incurable imbecilidad de Peña Nieto, cientos de lectores las comparten o comentan, mientras que cuando hablo de Medio Oriente, Charlie Hebdo o algún otro tema foráneo, los lectores interesados se cuentan con los dedos de la mano. Además, es un hecho muy común que los jóvenes privilegiados que tienen la oportunidad de vivir en el extranjero vuelvan a su patria tras unos cuantos meses de extrañar el chile verde y los tacos al pastor sin hablar el idioma local y sin haber hecho un solo amigo nativo.

El problema con esta lastimosa falta de curiosidad es que nos ciega ante el horror en el que vivimos y nos impide comparar nuestra situación con la de países que han logrado construir sociedades más justas, prósperas y bellas. Decía el gran Gabriel Zaid que no se dio cuenta de lo feo que es Monterrey hasta que conoció París. Y es cierto, la fealdad y la injusticia se esconden detrás de la costumbre y la cotidianidad. Por eso es tan común que el mexicano promedio confunda lo que es con lo que debe ser y al no conocer otra realidad viva como si el statu quo fuera inmutable y no existieran alternativas a la ínfima calidad de vida que padece.

Repito, que nuestras masas explotadas y mal educadas no tengan ni el tiempo ni los recursos para asomarse al mundo exterior es comprensible, pero que nuestra exigua, pero influyente, clase media no lo haga es imperdonable. Siempre he pensado que esa estrechez de miras es la principal responsable de nuestro paralizante conformismo, ese que llevó a Peña Nieto a celebrar públicamente que existan países peores que el nuestro, y gracias al cual México siempre aparece, incomprensible e injustificadamente, en los primeros lugares en las encuestas sobre “satisfacción” y “felicidad”.

En la era del internet no hay excusa que valga para que sigamos estancados en nuestro patético provincianismo. A México le urge una clase media mucho más exigente y cosmopolita que deje de ver el éxito ajeno a través de la envidia y el resentimiento, o con anteojeras ideológicas. Es hora de que más y más mexicanos conozcan y reconozcan su espeluznante realidad y empiecen a transformar este horroroso “Monterrey” en un luminoso “París”…

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