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El (falso) dilema del precipicio

Por Nerea Barón:

Entre mis recuerdos más significativos de películas de infancia se encuentra El ángel malvado (The Good Son, 1993), con el entonces angelical Macaulay Culkin interpretando a Henry –un niño psicópata– y Elijah Wood en el papel de su primo Mark, el único que parece darse cuenta de la tendencias homicidas de Henry.

Al final de la película hay una pelea entre ellos al borde de un acantilado y, tras dar las marometas correspondientes de una escena de acción, ambos ruedan desde el peñón hacia el vacío, pero Susan –la mamá de Henry– logra detenerlos antes de que caigan, quedándose con uno en cada mano. El peso es demasiado y no puede salvarlos a ambos así que, tras una difícil decisión, se decanta por salvar al sobrino, habiendo conocido ya la maldad de su adorado hijo.

Recuerdo que me emocionó de una forma extraña ese final: una elección de vida o muerte, literalmente. Recuerdo también que después de eso le hice a mi mamá la pregunta obligada: si tuviera a mi hermano de una mano y a mí de la otra, ¿a quién elegiría? Naturalmente mi madre se rehusó a contestar –era una disyuntiva imposible–, pero yo me quedé rumiando la pregunta: en un momento culmen como ése, la verdad se ve obligada a salir, pensaba. O uno u otro. ¿Segura que nos quieres a los dos igual, mamá?

El dilema del precipicio se manifiesta en todas partes. Para muestra, picar un botón: ‘¿O sea que prefieres salir con tus amigos que verme?’, ‘elige: él o yo’, etcétera. De hecho, conozco a más de una persona que cimienta sus fantasías fatales en dicho dilema y desea que coincida su fiesta cumpleaños con la fiesta de la suegra para que su pareja tenga que elegir, o que la final de futbol se atraviese con el funeral del abuelo para sentir el placer de decirle al otro ‘¿en serio estás dudando de ir?’. Quieren estar en el precipicio, quieren poner al otro ahí y hacerlo tomar la decisión imposible para reafirmarse en el drama que de ésta se derive.

Sin embargo, este dilema tiene sentido sólo bajo una lógica excluyente. La trampa está en la pregunta: ¿Quién dijo que había que elegir? Supongo que hay casos como el del precipicio en los que la disyunción es ineludible, pero hasta la fecha no conozco a nadie que se haya visto en esa situación.

Conozco, en cambio, concepciones muy estrechas del «nosotros». Cuando alguien dice «nosotros» construye una cerca alrededor del sagrado pronombre y asume que de ese momento en adelante todo lo que orbite en la periferia será una amenaza potencial (como si el amor de Susan por su sobrino atentara contra el amor por su hijo), cuando en realidad el «nosotros» tiene espacio para toda clase de vínculos y afectos. Quizá esa pudiera ser una definición de la fraternidad, del Agápē griego, del caritas cristiano, del amor pachamama: un «nosotros» inclusivo en el que cabe todo y no necesita de la exclusión para definirse.

El otro día soñé que un niño tiraba por la ventana a mi perra, matándola. Yo me enojaba con su padre por defender a su hijo en vez de a mi perra. Dilema del precipicio. ¿Cuáles son las probabilidades de que eso suceda y por qué no, en vez de eso, permitirnos que el amor sume y no reste e invitar al niño a acariciar al perro y a jugar bajo el mismo techo?

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