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El escritor al final del camino

Por Deniss Villalobos:

“Grown-ups don’t look like grown-ups on the inside either. Outside, they’re big and thoughtless and they always know what they’re doing. Inside, they look just like they always have. Like they did when they were your age. Truth is, there aren’t any grown-ups. Not one, in the whole wide world.”
Neil Gaiman, The Ocean at the End of the Lane

Neil Gaiman es uno de mis escritores favoritos. Cuando necesito palabras que me hagan sonreír, pero que también me den escalofríos, siempre recurro a él porque sé que podré encontrar una historia que me haga llorar por lo triste y hermosa que es, pero también revisar con desconfianza en las esquinas y bajo mi cama para estar segura de que nadie está ahí, esperando. Quizá después de ser niños algunas historias dejan de asustar e impresionar a muchos, tal vez la adultez, además de tener trabajos y otras responsabilidades, también se trata de dejar de tener miedo. Y eso es algo que a mí no me ha pasado.

Y es que, en serio, ¿qué es ser adulto? Según la teoría del desarrollo de Erik Erikson, la adultez temprana se da entre los 21 y 40 años, donde un individuo debe mediar entre el aislamiento y la intimidad; decisiones importantes se deben tomar en esa etapa, como la elección de una pareja estable y estrechar relaciones de amistad, y de eso dependerá que esa etapa de la adultez sea exitosa o no. Bueno, pues la teoría del desarrollo no me dice mucho. Creo que tener o no una pareja no asegura el éxito en la adultez, lo mismo que tener relaciones de amistad, y también creo que enamorarte y confiar en un puñado de gente a la que llamas amigos sucede, con frecuencia, en la infancia y adolescencia.

En el último libro de Gaiman que leí, El océano al final de camino, el protagonista es un hombre que, durante un funeral, decide salir a dar un paseo por el área en la que solía vivir a los siete años y un océano de recuerdos se le vienen encima. Este hombre tuvo una pareja, hijos, amigos, un empleo y, aún así, la adultez temprana no fue un éxito. No extraña ser un niño pero extraña disfrutar de pequeños detalles que lo hacían feliz incluso cuando todo a su alrededor se derrumbaba. Comer un pan tostado con mermelada o nata podía ser una maravilla aunque un monstruo esperara en el jardín decidido a asesinarte, algo que suena poco probable pero que a todos los niños nos pasó alguna vez, como al protagonista de esta historia.

Durante ese paseo después de un funeral, el personaje principal, del que no sabemos su nombre, termina en una vieja granja que se encontraba al final del camino del lugar en el que vivía de niño, y empieza a recordar a la única amiga que tuvo en ese entonces: Lettie Hempstock. Ahí se encuentra a la anciana señora Hempstock, a quien primero confunde con la abuela de Lettie, pero luego cae en cuenta de que debe tratarse de su madre. Es a ella a quien le pregunta por el estanque que se encontraba en la parte trasera de la casa, al que Lettie llamaba “océano”. Sentado ahí, contemplando ese estanque-océano, nuestro protagonista comienza a recordar cómo conoció a Lettie, todo lo que vivió con ella, y cómo la magia, el miedo y la infancia vuelven por un rato para traerle de vuelta una parte de su vida que creía perdida.

Este libro me recordó que, como diría una de las sabias Hempstock, en muchos aspectos los adultos no existen. Que a pesar de crecer casi siempre seguimos siendo los mismos, por dentro, y que eso no es necesariamente malo. Que podemos fingir que sabemos exactamente a dónde vamos aunque a veces estemos perdidos, y que explorar, salirse del camino y encontrar gatitas negras o pájaros hambrientos, son aventuras que vale la pena vivir, sin importar cuántos momentos terroríficos eso traiga, y sin importar que un día olvidemos casi todos los detalles.

Neil Gaiman escribió este libro para su esposa Amanda porque deseaba que ella conociera no exactamente al niño que fue en “el mundo real” sino al que fue en su imaginación. Quería que conociera a las Hempstock, esa familia de mujeres que estuvieron ahí cuando la luna apareció y que no necesitan hombres para sobrevivir en una granja inglesa que no tiene edad. Escribió este libro hecho con palabras que podemos entender pero que, sospecho, fue pensado en ese idioma que Lettie usa, el idioma más viejo del mundo, el idioma que puede convertir un estanque en océano.

No es un libro para niños y no es un libro para adultos, lo que sea que eso signifique. Es un libro para todos. Un libro que yo necesitaba, y que apareció en el mejor momento. Un libro que leí sentada en un cómodo sillón de una cafetería tomando latte de calabaza, y que al levantar la vista después de la última página hizo que todo en el mundo pareciera mejor: más viejo, más brillante, más real. No encontré un océano al final de mi camino de vuelta a casa, pero llevaba en la bolsa un libro de Neil Gaiman, el escritor que siempre hace que ser niña y adulta al mismo tiempo tenga sentido, el escritor al final de mi camino.

Ilustración de Jen Chan

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