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El escepticismo de los tontos

Por Oscar E. Gastélum:

“The main thing that I learned about conspiracy theory, is that conspiracy theorists believe in a conspiracy because that is more comforting. The truth of the world is that it is actually chaotic. The truth is that it is not The Iluminati, or The Jewish Banking Conspiracy, or the Gray Alien Theory. The truth is far more frightening – Nobody is in control. The world is rudderless.”

― Alan Moore

Es muy obvio que la civilización occidental está atravesando por una profunda crisis intelectual, ideológica, espiritual y cultural. El paulatino desgaste, provocado por el lento pero implacable avance del secularismo y la tecnología, de las certidumbres religiosas, las antiguas figuras de autoridad y los viejos valores, cimientos sobre los que solía descansar el edificio civilizatorio que habitamos, no ha lanzado a los seres humanos a los brazos de la razón y la ciencia sino al de supersticiones tan o más ridículas que las anteriores. Pues como dijo el gran G. K. Chesterton: “Cuando el hombre deja de creer en dios no deja de ser creyente sino que se vuelve capaz de creer en cualquier cosa.”

No se me malinterprete, no estoy expresando ningún tipo de nostalgia por las antiguas certidumbres teístas, pues estas gozan de cabal salud en el mundo islámico y sólo un estúpido o un fanático (palabras que deberían ser sinónimos) podría aspirar a habitar semejante infierno medieval en pleno siglo XXI. Sólo estoy tratando de señalar la raíz del caos ético e ideológico que se ha desatado en el corazón de nuestra civilización.

Que quede muy claro que mi postura no es apocalíptica ni pretende anunciar la decadencia irreversible de Occidente. Algunos filósofos y pensadores, contaminados con la certeza judeocristiana de que el tiempo es una flecha que avanza permanente y linealmente rumbo al progreso eterno , predijeron que tras toda era caótica producida por un cambio profundo en las costumbres y los valores, el ser humano daría un salto cuántico evolutivo y de las entrañas de ese caos nacería una era de prosperidad e ilustración superior a la anterior. Otros, en cambio, suponen que la historia es cíclica y que toda era civilizada engendra su propia decadencia y su inevitable vuelta al primitivismo.

En mi opinión, toda crisis civilizatoria, y Occidente ha atravesado por varias y hasta ahora ha logrado salir fortalecido de todas, representa una oportunidad inmejorable para deshacernos de los tabúes, las costumbres y las certezas que nos lastran. Pero también acarrea el riesgo de que, en nuestro afán de liberarnos de tradiciones caducas, terminemos rebelándonos en contra de ideas e instituciones dignas de ser conservadas. Es por eso que el relativismo nihilista que ha intoxicado a buena parte de la progresía occidental en los últimos años es tan siniestro y peligroso, pues ha producido seres incapaces de distinguir entre normas represivas y sofocantes, y valores útiles e irrenunciables.

Una de esas supersticiones emanadas de nuestro actual extravío colectivo es la epidemia de teorías de la conspiración que permea casi cualquier tipo de debate. Pues aunque el conspiracionismo siempre ha existido, ha prosperado como nunca gracias al actual clima de incredulidad y desconfianza provocado por la pérdida de figuras de autoridad intachables y puntos de referencia sólidos, y a la ubicuidad de internet, ese vertiginoso universo de información que una minoría minúscula utiliza para encontrar la verdad y en el que muchos se sumergen en busca de basura que confirme sus prejuicios.

Si las teorías de la conspiración son tan seductoras es porque ofrecen una explicación fácil para una realidad extraordinariamente compleja, inasible y aterradora. Mucha gente prefiere imaginar que villanos caricaturescos y malignos controlan el mundo y son los verdaderos responsables detrás de todas las desgracias humanas, pues esa versión simplista de la historia es menos aterradora que enfrentar el hecho de que el caos, el azar y otras fuerzas totalmente fuera de nuestro control rigen nuestra existencia. El maniqueísmo pueril siempre será  mucho más fácil de digerir que un análisis serio y matizado de cualquier acontecimiento complejo.

Pero el conspiracionismo es además una adulteración del pensamiento crítico, escepticismo para tontos y crédulos que se creen inteligentes. Es por eso que el conspiracionista siempre habla en tono condescendiente, como si poseyera información privilegiada que el resto de nosotros, pobres mortales, desconocemos  o nos negamos a aceptar por miedo, o porque hemos decidido doblegarnos ante los poderes ocultos que rigen nuestras vidas. El hecho de que la  inmensa mayoría de los  conspiranóicos dependan de blogs “alternativos” producidos y frecuentados por perdedores y dementes delirantes para obtener su información “ultrasecreta” no basta para sacarlos de su error o sacudir sus convicciones.

Pero es importante aclarar que el conspiracionismo no es patrimonio exclusivo de los tontos ni conoce límites ideológicos. Sí, existen los pobres diablos que seguramente no acabaron ni la primaria pero se atreven a asegurar que la NASA fue creada para ocultarnos el hecho de que la Tierra es plana (en serio, existen y no son pocos). Y los conservadores ignorantes que están completamente convencidos de que el cambio climático es una conspiración diseñada y difundida por todos los científicos del mundo. Pero también están los progres ilustrados que, a pesar de haber estudiado postgrados en el extranjero, no vacunan a sus hijos porque creen que inmunizarlos produce autismo y están seguros de que las grandes trasnacionales farmacéuticas conspiraron con el 99% de los médicos del mundo para ocultar ese hecho.

Tampoco debería extrañarnos que el antisemitismo campee a sus anchas en esta viciada atmósfera, tan fértil para las teorías conspirativas. Y es que el odio visceral en contra de los judíos, basado en la convicción de que pertenecen a una raza pérfida que controla secretamente al mundo entero a través de sus bancos y sus medios de comunicación, es la madre de todas las teorías de la conspiración. Una sádica calumnia pacientemente construida a través de los siglos y hoy revitalizada gracias al rabioso antisemitismo islámico y a la, para muchos, insoportable existencia del Estado de Israel, esa nación asediada y satanizada sin piedad desde todos los frentes.

Y es que el antisemitismo es un odio protéico e ideológicamente promiscuo, un cajón de sastre del que cada quien puede sacar la conspiración que más le convenga. En el pasado no tan lejano, mientras la derecha fascista acusaba a los judíos de fomentar revoluciones y difundir el comunismo y el socialismo a través de Marx y compañía, la izquierda totalitaria les achacaba todos los crímenes del capitalismo financiero, usando a banqueros como los Rothschild como evidencia.

Hoy en día las cosas han cambiado muy poco, y mientras los votantes de Trump sepultan en insultos antisemitas, suásticas y referencias a Auschwitz a cualquier periodista, judío o no, que ose tocar a su candidato con el pétalo de una crítica, la izquierda conspiranóica y reaccionaria culpa a los judíos de todo lo imaginable: de haber organizado el ataque terrorista del once de septiembre, de financiar a ISIS, de “desestabilizar” Siria, de haber motivado la invasión de Irak, de perpetrar un “genocido” en contra del pueblo palestino,  y un interminable etcétera.

La ubicuidad del conspiracionismo es sólo uno de los síntomas de la profunda crisis intelectual, ideológica y cultural de Occidente. Pero, como dije antes, una crisis como esta es una oportunidad inmejorable para desprestigiar supersticiones y exhibir a los charlatanes que las promueven. Conspiremos pues para exponer la credulidad idiota de estos escépticos espurios.

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