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El día que envejecí

Por Nerea Barón:

I.

En aquel sueño —aunque decir sueño es ya una licencia—, yo tenía cincuenta, sesenta años, y desnuda de pie frente al espejo me asomaba a la innegable realidad de que el tiempo había pasado. Tomaba conciencia de los primeros síntomas de vejez y sentía la lenta desvalorización de mi cuerpo, un cuerpo roto como lo había sido siempre, con la salvedad de que esta vez ya no lo amparaba el antifaz del deseo ni aceptaba tan fácilmente artificios deificadores.

Me tardé un rato en soltar la identidad que me daba la juventud, pero ahí me quedé, conteniéndome, acompañándome. Sentía como si todo mi cuerpo se fuera calcificando y con ello se calcificara también el tiempo, la vida. Todo se volvía más óseo, lo que de cierta forma daba una especie de calma. La vida ya no se trataría de todo sino de esto. El mundo ya no se abriría de lomo a lomo, de piel a piel y de sol a sol ante mí, pero a cambio, yo era más yo que nunca, yo era cada viaje, cada beso y cada lágrima de mi historia. Me dolía saberme punto de llegada de mí misma, me dolía y me liberaba.

II.

Ser joven es sentir que tienes todas las puertas abiertas y la energía para cruzarlas. El tiempo es infinito y se despliega ante ti, como si de postales se trataran; postales de experiencias desconocidas, fascinantes, vastas; postales de encuentros con cuerpos aún extraños, de paisajes desconocidos, borracheras y extravíos anecdóticos. Ser joven es mantener el deseo de que esa vastedad se mantenga. Deseo de conquista, de torbellino, de novedad e improbabilidad.

Ser joven, en otras palabras, es vivir en un tiempo vertical, como un rayo que te cae encima cada vez como por primera vez. Los instantes se desbordan y le son sólo fieles a sí mismos. Las promesas de los jóvenes no son más que licencias poéticas, deseos de guardar esos instantes en la memoria, pero ellos mismos saben, en el fondo, que no poseen su futuro, que es posible que al final del día la vida trate de otra cosa.

Quizá por eso se me llenaron los ojos de agua cuando caí en cuenta de que esta vez de verdad quería quedarme, que los años o tal vez los mundos no vividos en los que, por ejemplo, sostenía un bebé en brazos, habían cambiado algo en mí. Ya no encontraba sentido en seguir barajeando al infinito las postales de la posibilidad. En un abrir y cerrar de ojos había envejecido y ya no me atemorizaba pensar que tal vez, de ahí en adelante, la vida se trataría de pocas cosas más.

III.

La juventud acaba cuando sientes el llamado del tiempo horizontal e intercambias los andares del conquistador por las minucias del antropólogo. El tiempo horizontal depende de la repetición, como un artesano que se levanta todos los días a labrar madera torpemente hasta que un día la comprende y –sólo entonces– la domestica. El monje budista que pasó veinte años barriendo sólo para entender la filosofía zen es un hombre viejo y la madre que todos los días se levanta a preparar el desayuno envejece irremediablemente. Abandonemos los prejuicios en este punto: ninguno de ellos ha perdido nada, sólo han reconfigurado el tiempo.

Ser mayor es saber que el tiempo infinito del joven es una treta, que la novedad por sí misma carece de fondo y que, peor aún, con los años esas vivencias novedosas se van volviendo sólo avatares de lo mismo. Por eso nadie se salva de envejecer, pues hasta el forever young termina por descubrir, tarde o temprano, que esa nueva noche sin mañana y ese nuevo cuerpo entre sus sábanas es sólo una ínfima variación de lo mismo.

IV.

Últimamente camino más meditativa que de costumbre. No es la primera vez que me siento arrojada a la intemperie del devenir, pero en esta ocasión me duele algo distinto: me duele saberme irremediablemente joven. Sé que he de abrazar unos años más el tiempo vertical con sus postales. Lo sé hacer. Lo he hecho todo este tiempo y sé que la vida es abundante. Tantas cosas pueden pasar; tantas personas, experiencias, viajes, cambios de ruta. Pero mi entusiasmo ha menguado.

Que me disculpe el holandés que me espera junto a una hoguera, las calles de Polonia, la comunidad de andaluzas que me enseñaría a bailar, el tuitero coqueto y la Universidad de Edimburgo; que me disculpe la cocaína que nunca he probado y cada idioma que podría aprender. Ya no me seducen. De nada me sirve que el mundo trate de todo si no puedo regar un pedacito de ese todo, cada mañana, hasta hacerlo germinar.

Comienzo a llegar a mí misma. Las puertas se van cerrando y lentamente se abre un nuevo infinito.

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