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El día más triste

Por Alejandra Eme Vázquez:

Blue Monday, how I hate Blue Monday,

got to work like a slave all day…

 

El lunes. El maldito lunes. En los años cincuenta Fats Domino lo odiaba (cómo lo odiaba); en los noventa, New Order lo equivalía al tormentoso fin de una relación amorosa; y en los dosmiles, una fórmula matemática ideada por Cliff Arnal, experto en motivación de la Universidad de Cardiff, llegó a la conclusión de que el día más anticlimático del año caía justo al inicio de la tercera semana de enero, cuando se ha disuelto el ánimo navideño, la crisis económica nos agobia y el clima es más incomprensible que nunca. Y sí, este horrible día de cuesta abajo cae en el trágico lunes, el terror de Garfield y de la semana inglesa. Desde 2005, luego de que la compañía británica Sky Travel popularizara la idea, se ha declarado extraoficialmente al tercer lunes de enero como el día más deprimente del año: el “Blue Monday”, que en 2015 cae exactamente el día en que se publica esta columna que está usted leyendo.

Aunque la “fórmula matemática” de Arnal no es rigurosa porque está sujeta a factores que no pueden aplicarse a todos, es cierto que estos factores bien pueden representar las preocupaciones de quienes formamos parte activa del sistema capitalista: deudas adquiridas, tiempo transcurrido desde Navidad (la época más efervescente del año según esta perspectiva), clima, ingresos y malos hábitos que al parecer no pueden dejarse. Si consideramos que la llamada “cuesta de enero” se extiende hasta entrado febrero, el Blue Monday sería el punto crítico de la pendiente. Lo que no es decir poco.

Así que si le hacemos caso a la fórmula, hoy ha sido calendarizado como el peor día del año. Y no es que hayan sido días precisamente felices, los anteriores. Venimos de por sí de una sensación colectiva de hartazgo, de presenciar masacres que se suceden una tras otra sin que siquiera alcancemos a pensar en qué hacer porque nos vemos rebasados; venimos sumando causas e identificándonos tanto como podemos con cada una, porque son todas cruciales, pero también sabemos imposible abarcar completamente lo que nos preocupa. Y eso sin contar lo personal, las pequeñas explosiones que hacia adentro lo son todo y nos determinan, y nos generan nuestra exclusiva montaña rusa de emociones en esta experiencia de simultaneidades que llamamos vida, o muerte, o como queramos. La cuestión es y será, siempre, qué podemos hacer, qué deseamos hacer y qué terminamos haciendo.

El cuerpo nos obligará a respirar y la cabeza, a reordenar cuanto antes todos los pensamientos contradictorios y confusos. Habrá una parte de nosotros que se deslizará siempre que pueda a asuntos que nos sean gratos y hasta entrañables: querer a quienes tenemos cerca, encontrar diversión, disfrutar, sentirnos cómodos… Pero este lado estará en constante conflicto con lo práctico y lo racional, en un choque del que puede resultar culpa o indiferencia, dependiendo de qué tan hondo hayamos excavado en nuestra humanidad. Y todo ocurre al mismo tiempo sin que podamos detenerlo o evitarlo, como una estampida que a ratos es terrible y a ratos, maravillosa. A fin de cuentas estamos en un sistema en que somos capaces de sentir tanto profundas tristezas como profundas alegrías, y lo mismo podemos tener lunes de blues que sábados de gloria.

Dice William Carlos Williams que las metáforas reconcilian a la gente con las piedras. Evidentemente, las metáforas de Los Poetas están hiladas con lo mejor del lenguaje, pero también en colectivo tenemos nuestras pequeñas, humildes metáforas que nos ayudan a entendernos. Y por muy capitalistas que sean las ideas del Blue Monday y la cuesta de enero, lo cierto es que se empatan con esa metáfora constante de la vida como una sucesión de altibajos: tocar el suelo para impulsarse, perder fuerzas para poder recuperarlas, ver lo peor para reconocer lo mejor cuando aparezca. Y descansamos mucho de lo que somos en este tipo de pensamiento, residuo de lo mágico y lo religioso, del que necesitamos ser conscientes para poder manejarlo. Hoy podremos sentir un lunes azul oscuro (casi negro), resultado del consumismo y la enajenación, pero no debe ser necesariamente el día más triste. Porque incluso pensando fuera de esa caja tan hecha que es el discurso optimista, no es posible reducirnos a una suma de factores determinados por el exterior: no somos el clima, ni las deudas, ni el tiempo, ni el dinero que ganamos. Habría que recordarlo, habría que recobrar el derecho irrenunciable de pintar nuestros lunes del color que queramos.

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  • Diana Alvarez

    Como bien afirmas, está en uno mismo pintar los dias del color que queramos, rojos, verdes, amarillos… si bien es cierto que lo que sucede al exterior, como las noticias, el clima o la economía, puede llegar a afectarnos, cada persona tiene sus propias condiciones, que dictan cómo nos sentiremos o dejaremos de sentir, cualquier día de nuestra vida, y eso no tiene ninguna regla escrita… por mi parte, trataré de vivir este día, y todos los demás, de la mejor manera posible, sin predisponerme a que “hoy es un mal dia”, sólo porque alguien del otro lado del mundo lo dice. Saludos. 🙂

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