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El corazón sonriente

Por Deniss Villalobos:

there are ways out.
there is a light somewhere.
it may not be much light but
it beats the darkness.
Charles Bukowski

Uno de los primeros poemas que me gustaron, y que hasta ahora sigue siendo de mis favoritos, es The Laughing Heart de Charles Bukowski. El corazón que ríe habla sobre luz y oscuridad. Sobre salir al mundo porque aunque a veces lo pases muy mal y muchas cosas apesten, éste es hermoso y tiene muchas cosas que ofrecerte. Sobre vivir, que no es lo mismo que respirar. Sobre dejar que tu corazón ría para que haya luz, aunque sea poca porque eso es suficiente para derrotar a la oscuridad. Y aunque amo el título, aunque me encanta imaginar un corazón que de tan ligero se carcajea, no creo que mi corazón sea uno que ríe.

He seguido el consejo de Hank y salgo con más frecuencia al mundo, pero mi corazón se cansa fácil, anda siempre despacio y sin hacer mucho ruido. Necesita ver gente, escuchar niños, acariciar perros, subirse al metro, leer en un autobús, comer en un restaurante, y con eso tiene a veces para cerrarle la puerta en la cara a la tristeza o la ansiedad. Otras veces eso no basta, pero hay malos días que ni con una estrella explotando se arreglarían. A veces, incluso, mi corazón se atreve a hacer un poquito más. No porque le dé miedo, que sí, pero en realidad porque no lo necesita muy seguido. Si va a una reunión con música y mucha gente dos veces al año, tiene suficiente y no necesita más por meses. No odia a la gente, no es frío, no es que nada le interese. Es que tiene con poquito y está bien.

Pero a veces ese corazón y yo queremos las dos cosas al mismo tiempo. Me encierro en mi cuarto y de inmediato quiero salir corriendo, y ya estando afuera quiero volver a la seguridad de la soledad. Como dice Jeanette Winterson, soy medio civeta, medio gato ratonero. En La niña del faro habla de ese doble deseo: «El corazón que quiere ser libre y el corazón que quiere volver a casa. Quiero que me abracen. No quiero que te acerques demasiado. Quiero que me levantes en tu mano y me lleves a casa durante la noche. No quiero decirte dónde estoy. Quiero tener un lugar entre las rocas donde nadie pueda encontrarme. Quiero estar contigo.» Hay corazones tímidos que, como la niña de un dibujo de Sempé, se quedan en la banca del parque, y ahí están bien, observado a los demás jugar y reír, pensando que en algún momento se unirán, al menos por un rato.

Admiro a la gente de vidas luminosas, personas que son como un día de verano, pero otros somos más como una cerilla que de alguna manera no se apaga. Disfruto de la luz y me da miedo la oscuridad, pero lo mío no son los días brillantes bajo el sol en los que pasan muchas cosas, prefiero la sombra tranquila donde hay rocas húmedas cubiertas de musgo y tierra mojada bajo los pies. Sueño con una cabaña en el bosque, con plantar verduras y hacer mermeladas, dar de comer a las gallinas y hablar mucho con mi gata y un perro. Pero también imagino ahí a mi novio, visitas de un puñado de amigos para los que amaría cocinar de vez en cuando, vecinos que a media hora de distancia caminando me sonrían y a los que siempre que lo necesiten les echaría la mano.

A veces quiero todo y la mayor parte del tiempo estoy feliz con casi nada. Sí quiero, como Moomin, vivir en paz, plantar papas y soñar, pero también quiero algunas aventuras; bailar de vez cuando, nadar, algún día, con tiburones ballena, subir un rascacielos o conocer Vietnam. Ojalá el poema se llamara El corazón que sonríe, porque así es como imagino al mío. Con una mueca de lado, que en fotos parece más de incomodad que alegría, pero con los ojos brillantes (los corazones tienen excelente vista) porque el mundo es hermoso y todos los días intenta, aunque no siempre lo logre, enfrentar a la oscuridad. Los corazones sonrientes se ven muy serios y bajan la mirada todo el rato para verse los zapatos, pero que no quepa duda: si no brillan todo el tiempo es porque prefieren arder de vez en cuando. Y el fuego alumbra con igual intensidad que la risa.

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