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El coleccionista de sueños

Por Deniss Villalobos:

“Ella era un monstruo, pero era mía.”

Jeanette Winterson, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

“Cuando tienes miedo, pero de todos modos lo haces, eso es ser valiente.”

Neil Gaiman, Coraline

“Una fotografía es un secreto sobre un secreto, entre más te cuenta menos sabes.”

Diane Arbus

Cuando era niña tenía una pesadilla recurrente. En ella no había un monstruo bajo la cama ni un vampiro tratando de beber toda mi sangre; tampoco había brujas, duendes, demonios o un accidente en el que mis padres morían. Era, de hecho, un sueño bastante simple. Me veía a mí misma en la escuela y alguien, un chico mayor que yo, me observaba a lo lejos. Me observaba todo el tiempo. Su mirada me hacía sentir incómoda y su cara, a pesar de ser “normal”, me parecía monstruosa. Tenía un lunar enorme junto a la boca, como si llevara pegado al rostro una tarántula que, si me descuidaba, saltaría a mi cara en cualquier momento. Soñé con ese muchacho tantas veces que, con el tiempo, me di cuenta de que crecía en mi sueño. Si todo empezó cuando tenía cinco años, a los diez él también era cinco años mayor. Mi pesadilla envejecía conmigo.

La cura para esa pesadilla llegó cuando, en una visita al Papalote Museo del Niño, encontré un monstruo-robot-dinosaurio gigante al que los niños podían escribirle un mal sueño y el monstruo-robot-dinosaurio se lo tragaba. El come pesadillas no era la mayor atracción del museo pero sí la que más me emocionó: al fin podría deshacerme del sueño que, al menos una vez por semana, ocupaba mis ocho horas de descanso y me hacía sentir tan mal al despertar. Escribí mi pesadilla en un papelito y el monstruo se comió a mi monstruo. Así de fácil. Y ojalá alguien me hubiera contado de ese monstruo-robot-dinosaurio antes, o de alguna cosa parecida, porque desde entonces no he vuelto a tener ese sueño.

En la escuela nos enseñan matemáticas, español y geografía, pero nadie nos enseña cómo derrotar a nuestros monstruos. Qué hacer cuando despiertas a medianoche y sigues viendo en la esquina de tu habitación al hombre vestido de negro que minutos antes te perseguía en un sueño. Cómo sobrevivir a todo lo que acecha a los niños mientras están en su cama. Esa información me parece tan importante como aprender a dividir.

Quizá en eso pensaba el fotógrafo neoyorquino Arthur Tress cuando, a finales de los años sesenta, decidió recorrer escuelas, calles y parques para entrevistar a los niños de su barrio y que le contaran sus sueños, aquellos que mejor recordaban porque no se los podían sacar de la cabeza incluso después de despertar. Tress le pidió a esos mismos niños que representaran lo que le habían contado ante la cámara. Los niños se convertían en actores, pero quizá también, al mismo tiempo, volvían a ser víctimas de esos monstruos que los aterrorizaban durante la noche. Tress los hizo enfrentarse a sus pesadillas con la cámara como espada para derrotarlos.

Lo que empezó como un taller fotográfico se convirtió en una especie de club de supervivencia, donde un grupo de niños lograba dominar sus miedos a través de la puesta en escena de aquello que los asustaba en primer lugar; si no era una cura definitiva quiero pensar que al menos los hacía sentir mejor por un rato, pero este ejercicio también se convirtió en un diario de oscuros secretos: Tress tuvo acceso a algo que los adultos ya han olvidado o prefieren ignorar, y se encontró ante perturbadoras e inquietantes imágenes que no eran más que el producto de la mente de niños pequeños a los que, generalmente, se atribuyen solo imágenes inocentes y agradables.

En 1972 Tress publicó su primer libro sobre el tema, El coleccionista de sueños, y tiempo después, luego de continuar con este proyecto, apareció Teatro de la mente. No estoy segura de qué tanto en estas fotografías sean obra del fotógrafo y qué tanto de los niños. Al final, los valientes fueron ellos que, como dijo Neil Gaiman en Coraline, cuando la pequeña niña debía enfrentarse a su propio monstruo —esa otra madre que quería coserle botones en lugar de ojos—, se enfrentaron a sus quimeras a pesar del miedo y, además, las reprodujeron frente a una cámara para que cualquiera que haya olvidado el lado oscuro de la mente de un niño, pueda recordarlo.

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