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El asombroso Randy

Por Oscar E. Gastélum:

“A lie does not consist in the indirect position of words, but in the desire and intention, by false speaking, to deceive and injure your neighbour.”

Jonathan Swift

Entre el riquísimo catálogo de documentales ofrecido por Netflix, “An Honest Liar”, dirigido y producido por Tyler Measom y Justin Weinstein, es una opción destacada y sumamente recomendable. La película explora la muy peculiar vida de James Randi, el mítico ilusionista y escapista que, tras dedicar varias décadas a entretener a un público estupefacto y fiel, invirtió la segunda parte de su vida en desenmascarar a charlatanes de toda laya, desde evangelistas televisivos hasta “psíquicos” doblacucharas.

El segmento dedicado a la cruzada emprendida por Randi en contra de la superstición y la charlatanería es, por mucho, la mejor parte de la película, pues nos revela a un auténtico paladín de la razón y la honorabilidad; implacable, influyente (era un invitado constante al Tonight Show de Johnny Carson y recibió la prestigiosa beca McArthur) y tremendamente creativo en sus estratagemas para exponer a los vivales que lucran con la estupidez, la ignorancia y la desesperación de la gente.

Pero lo que convierte a Randi en un auténtico héroe es su condición de “mentiroso honesto”, como lo presenta el propio título de la película. Y es que ninguno de los inescrupulosos charlatanes a los que ha desenmascarado a lo largo de su vida posee tanto talento para el embuste como el propio Randi, quien prefirió empezar mintiendo honestamente como mago e ilusionista y luego decidió transformarse en némesis de los estafadores, usando su genio para hacer el bien, en lugar de aprovecharlo para lucrar ignominiosamente con la infinita credulidad humana.

Es una pena que los cineastas hayan desperdiciado el último tercio de la cinta enfocándose en el caso de robo de identidad en el que se vio envuelto el compañero sentimental de Randi “José Álvarez”, quién, huyendo de la homofobia de su natal Venezuela, buscó refugio en EEUU bajo un nombre falso. Por momentos, pareciera que los realizadores buscan trazar una falsa equivalencia moral entre el engaño de Álvarez y los fraudes contra los que luchaba Randi, e incluso parecen insinuar que el hecho de que este último aceptara públicamente su homosexualidad hasta los 81 años de edad, tiñe de hipocresía la reputación de un hombre que se presentó como defensor público de la honestidad durante tanto tiempo.

Sobra decir que sólo un cretino moral cegado por un  puritanismo ciego e irreflexivo sería capaz de equiparar mentiras sin víctimas perpetradas en defensa propia, con fraudes que buscan aprovecharse de la vulnerabilidad de miles de seres humanos para obtener un beneficio económico. James Randi, como millones de hombres y mujeres durante el siglo XX, tuvo que ocultar una parte importante de su personalidad para protegerse de una sociedad homófoba y hostil, mientras que los farsantes a los que persiguió sin descanso durante buena parte de su vida, aseguraban ser capaces de violar las leyes de la física o prometían curar el cáncer o resolver mágicamente las deudas de gente desesperada a cambio de que les transfirieran sus ahorros.

Si la película resulta tan estimulante, no se debe solamente a que traza con maestría, no exenta de tropiezos, el perfil de un hombre excepcional, sino porque presenta una oportunidad inmejorable para que el espectador reflexione en torno a la mentira y sus matices. Sí, José Álvarez violó la ley, pero lo hizo sin lastimar a nadie y para huir de la discriminación. En un insultante contraste, cientos de predicadores evangelistas, psíquicos y gurús han amasado fortunas obscenas aprovechándose de la desdicha ajena, y su lucrativo y abyecto negocio no solo es legal sino, en el caso de las “iglesias”, exento de impuestos.

William Blake, con la lucidez que sólo los poetas poseen, lo expresó inmejorablemente desde hace siglos: “A truth that’s told with bad intent, beats all the lies you can invent.” Incluso la verdad, cuando es maliciosa, puede llegar a ser peor que casi cualquier mentira. Y Bruno Traven, ese elusivo y enigmático fantasma, expresó a la perfección la legitimidad de la mentira en defensa propia y, de paso, le regaló una elegante coartada retórica a Randi y su amado José: “La única verdadera defensa del hombre civilizado contra quienes lo agobian es mentir”.

En una de las escenas finales de la película, Uri Geller, el famoso charlatán que saltó a la fama en los años setenta doblando cucharas con su “mente” y a quien Randi desenmascaró una y otra vez a lo largo de las décadas, se jacta cínicamente  de que a pesar de todos los esfuerzos de su odiado rival, él sigue activo vendiéndole humo a los incautos y la industria de la superstición es más lucrativa que nunca.

Pero no podía ser de otra forma, pues Randi, como todos los hombres y mujeres a los que he admirado en mi vida, lucha en contra de la codicia y la estupidez humana, dos vicios inextinguibles a los que, sin embargo, no debemos darles tregua pues se les pueden ganar valiosas batallas. Consuela y motiva que aún existan seres humanos como el asombroso James Randi que lo saben bien y no piensan rendirse nunca…

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