Ejercicio de silencio

Por Nerea Barón:

Vengo de un retiro de meditación Vipassana de diez días. Escribir después de haber pasado todo ese tiempo sin emitir palabra tiene algo de encantador y a la vez, de terrorífico. Cuando por fin se rompió el silencio en el retiro, recuerdo haber sentido el cambio sumamente aturdidor. El sonido de la voz del otro me resultaba excesivo.

En cuando a mi propia voz, oscilaba entre querer decirlo todo y no saber qué decir. No quería ser estridente para el otro y, más aún, pensaba en el para qué. ¿Para qué comparte uno lo que comparte? ¿Para que el otro se nutra de lo que dices, para que tú te nutras de lo que responde sobre lo que dices o sólo porque se siente bien pasar por la propia boca y el oído ajeno todo tus pensares y tus sentires? ¿Es eso lo que llamamos acompañarnos, ese mutuo empaparse de la interioridad de cada uno?

Adolf Hitler propagó el concepto de «espacio vital» del geógrafo Friedrich Ratzel para justificar su proyecto del Tercer Reich: se requería un mínimo de tierra por cada ser humano para que la relación entre espacio y población fuera armónica. Se requería espacio vital. Saber el origen del término permite preguntarnos sobre sus aristas ideológicas, sobre sus implicaciones. ¿Con qué fin perseguimos esa especie de purismo relacional?

Reflexiono sobre lo anterior como una forma de negociación y de renuncia, de readaptación a la vida ruidosa, a la vida de la compartición. Dar y recibir, hablar y escuchar. Abrazar y agradecer ese flujo de encuentros y charlas que nos permiten resolvernos, aprendernos, disfrutarnos.

Sin embargo, escucho esta sensibilidad también como un llamado para prestar atención. «Sé impecable con tus palabras», se dice desde la tradición tolteca. Creamos realidades con las palabras, lustramos u opacamos pedazos del mundo al enunciarlo. No sólo se trata de no hablar mal de los demás, de no decir nada que no suscribamos (aunque todo eso es importante), sino de dimensionar que, al hablar, estamos lanzando algo hacia fuera, estamos haciendo mundo.

Al mismo tiempo, intuyo la génesis de una nueva interioridad. ¿Qué pasa cuando se suspende el adentro y el afuera, cuando no hay nadie a quién decirle «soy»? Habríamos de practicar más seguido el ejercicio del silencio para, en medio de las voces, empezar a escuchar con mayor claridad la propia voz que, privada de su condición misma de voz, comienza a revelar una lucidez insospechada, como quien al mirarse las manos adquiere conciencia súbita de su propia existencia y siente ganas de llorar.