Looking for Something?
Menu

Educación sexual

 

Por Alejandra Eme Vázquez:

No recuerdo haber sido incrédulo. El procedimiento de reproducirse me pareció ligeramente siniestro, pero interesante y más lógico que el sistema de escribir cartas con encargos a Dios, a París o a la cigüeña. Este último mito es completamente ridículo en un país en donde no hay cigüeñas.

Jorge Ibargüengoitia

 

Odín, Michel y yo nos habíamos quedado al último en la escuela porque no llegaban por nosotros. No había problema, la primaria en la que estudiábamos planteaba un sistema en el que los papás que trabajaban no debían preocuparse por la comida de sus hijos ni por la hora de salida: había comedor y actividades hasta las cuatro, pero todavía podían llegar después y nosotros estábamos seguros ahí dentro. De manera que mis dos compañeritos y yo encontramos fácil entretenimiento en jugar a lo que se nos ocurría y contar cosas graciosas.

Hablábamos de cualquier cosa cuando Odín hizo referencia a “sus novias”. Ya íbamos en segundo de primaria y algunos de nosotros habíamos cedido a la presión social de conseguirnos un noviecito o noviecita que lo fuera de nombre aunque ni nos habláramos, y a veces se organizaban juegos de meter a las parejitas en unas estructuras piramidales que estaban pensadas para poner avisos, pero que funcionaban bien para que dos se metieran a darse besos. Cuando a mí me tocó entrar con Daniel, quien se hacía llamar “mi novio”, no tardamos ni tres segundos en acordar que no nos besaríamos, pero fingiríamos que sí lo habíamos hecho.

Por eso cuando nuestro compañero habló en plural de “sus novias”, Michel y yo nos intrigamos y quisimos saber más. Que si eran de esa escuela, que cómo se llamaban, que cuánto tiempo llevaba con ellas, a lo que Odín sólo respondía a medias, disfrutando del misterio que se había creado alrededor. Entonces Michel, viendo que no podía sacarle más información, le preguntó en tono de broma: “¿Y usas condón?”.

Reímos mucho, los tres.

Mi mamá llegó por mí poco después y caminamos a donde tomábamos el camión a casa, como de costumbre. Yo le iba contando lo que había hecho en la escuela y ella me escuchaba atenta, hasta que llegué a la parte de la hilarante plática que había tenido con Michel y Odín, y cómo Michel había preguntado si usaba condón, y me volví a reír mucho. Mi mamá no se rio, pero me preguntó con cierta dulzura:

– ¿Y tú sabes qué es un condón?

No, en realidad no lo sabía, por lo que mi madre se vio obligada a explicarme ahí mismo lo que era. Que si sabía lo que era el pene, y yo que sí; que si sabía lo que eran las relaciones sexuales, y yo que sí; ah, pues que el condón era una telita que el hombre se ponía en el pene para protegerse cuando tenía relaciones sexuales con una mujer. Que eso era un condón.

Ah, ya, con que eso era. Y nos fuimos a casa sin volver a tocar el tema.

Es invaluable que podamos recordar no sólo algunos hechos y sensaciones, sino también ciertos pensamientos concretos de nuestra infancia. A mí nunca se me va a olvidar la imagen que se formó en esa yo de segundo de primaria conforme mi mamá me explicaba la naturaleza del preservativo. Ésta es la imagen, que aún conservo intacta en el archivo de mi educación sexual: una mujer y un hombre, no de carne y hueso sino en ilustraciones como las de los libros, de frente y desnudos. La mujer con cabello largo, pechos crecidos y vello púbico; el hombre con bigote, pelo en pecho y una hermosa bufanda tejida alrededor del pene.

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter