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Duendes en el camino

Por Alejandra Eme Vázquez:

The object of persecution is persecution.

The object of torture is torture.

The object of power is power.

George Orwell, 1984

Las historias que nos contamos desde siempre nos han dejado muy claro que nada es lo que parece: al regresar de su travesía, Odiseo se infiltra en su propio palacio vestido como mendigo para pasar desapercibido y vengarse de los encajosos pretendientes de Penélope, su esposa; un soberbio príncipe se encuentra con una viejecita que le pide ayuda y luego de tratarla con desprecio descubre que en realidad es una poderosa hechicera que lo maldice y convierte en la Bestia de la Bella; un pescador libera a un pez que le ruega piedad y resulta que ese pez le concede tres deseos en agradecimiento; una lámpara opaca y sin chiste es en realidad el hogar del genio que cambiará la vida de cierto joven llamado Aladino; a los reyes del Antiguo Oriente les encantaba disfrazarse de plebeyos y poner a prueba a sus súbditos, a quienes castigaban o recompensaban según su comportamiento; encontrarse un duende en el camino garantizaba que habría consecuencias directamente proporcionales a como se le hubiera tratado; en fin, una buena parte de la tradición oral y escrita con la que crecemos está dirigida a recordarnos que siempre hay que estar alertas, porque esa molesta mosca que te está revoloteando podría ser el mismísimo Dios Padre y ay de ti si osas aplastarla. Y si la aplastas y no pasa nada, nadie garantiza que no siga siendo una prueba: acuérdate de que puede haber un círculo en el infierno reservado para ti.

Cuando decimos “pórtate bien”, lo que estamos diciendo es “piénsate vigilado, sospecha de todo y de todos, no te descuides ni te relajes porque el veredicto puede venir cuando menos te lo esperes”. No sólo es la sensación de que todo el tiempo estamos a prueba, sino de que a la manera de los odiseos, los hechiceros, las lámparas, los reyes y los duendes, puede ser que el juicio sobre si somos buenas personas o no venga del lugar menos esperado. De quien creías que era sólo un transeúnte pero te grabó en la calle reaccionando como héroe o como villano; de quien publica una captura de pantalla para evidenciar tu enorme simpatía o tu enorme antipatía; de quien pregona lo que le dijiste en privado en un momento de vulnerabilidad o iluminación. Y de quienes te juzgan a partir de esas pruebas que por coloridas, parecen determinantes de lo que Eres.

Todos son nuestros jueces y hay que cuidar todos los flancos, porque qué tal si velamos por nuestros seres cercanos, nos levantamos siempre temprano, sonreímos más de lo que nos nace, ayudamos a los viejitos a cruzar la calle y repartimos cobijas a los menesterosos en temporada de frío, pero resulta que un día decimos algo sospechoso o no queremos ceder el asiento en el camión y en una de ésas lo que pesa más es lo que nos enorgullece menos. Pórtate bien, nos repetimos para evitar flaquezas, y sobre todo: que te vean portarte bien. Siempre. Y si no hay ojos cerca, grítalo, pon fotos en las redes, tuitéalo, etiqueta en Facebook a tus amigos, cuéntalo hasta por los codos. Que todos sepan de la gran persona que eres y entre más pruebas haya, mejor. Hay que tener quién testifique por ti en caso necesario.

La cosa se pone más interesante porque también yo y también nosotros somos los infiltrados, los encubiertos, los jueces, los dispuestos a exhibir y entregar a nuestros pares en nombre de… de… de la buena convivencia y de la pax social. Quién necesita procesos exhaustivos y eficaces de las autoridades pertinentes cuando hay tanta urgencia por el escarnio y/o aplauso público hacia quienes han victimado de alguna manera al prójimo y/o han satisfecho heroicamente nuestra urgencia de historias con final feliz.

Y es que portarnos bien sólo puede pensarse, al parecer, si podemos decir quién se porta mal. Para eso necesitamos jugar la carta de ser el duende en el camino, y lo mismo puede ser que funjamos como red (incluso de desconocidos) para ser algo así como ángeles de la guarda en potencia, o que nuestra policía interior resulte más efectiva que la nombrada por el gobierno, lo que evidentemente favorece más a éste que a nosotros. Hay una leyenda urbana, por ejemplo, de que el sistema oficial de becarios de posgrado en México no es tan riguroso en la vigilancia de que los beneficiarios no trabajen más horas de las estipuladas o no hagan actividades que por convenio están prohibidas, sino que la mayoría de las sanciones proceden por acusación directa de compañeros y compañeras que se enteran de los malos pasos ajenos y corren a avisar: el síndrome del alumno cuyo impecable comportamiento incluye entregar sin pensarlo al que aventó papelitos cuando el profe se volteó.

El problema no está en la cultura de la denuncia, por supuesto: lo que preocupa es qué tipo de ciudadanos estamos siendo y creando a partir de esta idea de portarnos bien sólo como resultado de la vigilancia. Es decir, lo que habría que preguntarnos es cómo el sistema está capitalizando estas denuncias al dejar toda la responsabilidad en manos de las víctimas, desentenderse de las raíces que él mismo sostiene y ser cómplice de un juego perverso en el que se dice a los agresores: “Vas a ver, te va a ir muy mal… pero sólo si tu víctima pasa por todos estos trámites y logro atraparte, es decir, hundirte”. Estamos, pues, en el coliseo para beneplácito de un César que ni siquiera llena los zapatos del César. No hay reeducación ni entendimiento, sino fomento al espejismo de bandos buenos y malos por parte de las propias estructuras, que repetimos porque son las únicas que conocemos.

La verdad es que nos gustan las historias, nos gusta cachar al otro en la movida y darle lecciones para complacer al ojo vigilante que, lo sabemos desde los dioses y desde los cuentos y desde los Reyes Magos, siempre nos está viendo para verificar que nos portemos bien. Da mucho miedo pensar el mundo sin esa vigilancia, pero bien visto, sí resulta absurdo seguir reproduciéndola sin siquiera cuestionarla. ¿Nos portaríamos bien si no nos vieran? ¿Tiene sentido siquiera el concepto de portarse bien? ¿Hay una sola manera de hacer lo correcto y más aún, importa que la haya? ¿Qué tanta humanidad se desactiva en nosotros por el solo hecho de creernos centinelas y custodiados, simultáneamente? ¿Nuestra parálisis ante el mal gobierno y las injusticias sistémicas se debe en gran parte a esta culpa ancestral que nos enseña a no comunicarnos ni ponernos de acuerdo, sino sólo a sospechar y ser sospechosos? ¿Este lío se podría resolver con sólo abandonar la idea de que lo que pensamos que pensamos es lo verdadero y lo demás no?

Más allá de esas preguntas atormentándome, no tengo la menor idea. Pero voy a hacer como si sí, por si hay alguien vigilando.

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