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Doble nacionalidad

Por Deniss Villalobos:

Susan Sontag decía que todos nacemos con dos nacionalidades: estar bien y la enfermedad. Ella creía que el estar bien es el lugar donde casi todos pasamos la mayor parte de nuestra vida, hasta que, al menos para reconocerte ciudadano de ese otro reino, visitas la enfermedad.

Por mucho tiempo yo creí que solo tenía una nacionalidad: estar enferma. Sentía que no tenía control alguno sobre mi cuerpo, y por más que lo intentaba nunca estaba cómoda en él. Vivía con dolores de cabeza insoportables y los malestares típicos de alguien que sufre colitis y gastritis. Periódicamente sentía un dolor terrible en la espalda que llegó a paralizarme por completo en un par de ocasiones, y descubrí enfermedades relativamente graves, pero controlables, con las que debo vivir y que intento vencer por completo todos los días. Hace casi un año pasé la mayor parte de mi tiempo visitando a médicos de diferentes especialidades y laboratorios donde mis brazos parecían ser la principal fuente de alimentación de un grupo de vampiros. La enfermedad era mi patria y estar bien la paradisiaca playa donde soñaba con tomar el sol.

Susan se refería a los cuerpos, pero pienso que exactamente la misma idea —estar bien y estar enfermo como nacionalidades— puede aplicarse a algo más, algo mucho más profundo.

No pude dejar de pensar en cierto escritor al leer aquello sobre tener dos nacionalidades: Robert Walser. Por decisión propia, Walser fue a vivir a un hospital psiquiátrico donde pasó veintitrés años sin hablar prácticamente con nadie o escribir una sola línea. Pasó todo ese tiempo en un lugar del que no cualquiera es un ciudadano permanente: la enfermedad. Al final de su vida salía a dar algunos paseos cerca de Herisau, el sitio en el que vivía, y fue en uno de esos paseos cuando, una tarde de Navidad, murió sobre la nieve.

En El paseo, Walser dice: ”hay golfos que se hacen los amables y buenos y tienen el espantoso talento de sonreír cortés y gentilmente durante los delitos que cometen”.

Hoy puedo decir que estoy mejor, que la enfermedad ya no es mi único hogar y que conozco, por fin, lo que es ser ciudadana de dos tierras divididas por una frontera casi invisible. Pero aún hay días en los que pienso que el reino de la enfermedad es como uno de esos golfos de los que hablaba Walser; que me sonríe mientras me da un poco de espacio, pero que volverá en cualquier momento a cometer un delito en mi cuerpo.

Me gustaría tener una perspectiva más positiva. Tal vez hacer como Matisse, que después de varias operaciones, pensaba que cada día extra era un poco de tiempo robado a la vida, y se sentía agradecido por ello. Alguna vez declaró que consiguió olvidarse del dolor físico y solo disfrutaba con alegría ver un amanecer más.

No deberíamos esperar a estar instalados en la enfermedad (del cuerpo; como Matisse, o del alma; como Walser) para apreciar un amanecer más. Puede ser un amanecer en el que literalmente veamos salir el sol, o uno en el que, desde los primeros síntomas de malestar, decidamos ir al doctor y tomar la medicina que nos hará sentir mejor. Se trata de estar bien. De visitar la enfermedad como quien se asoma, por curiosidad, a la casa de un vecino, solo para descubrir que es la casa más horrible del mundo y que jamás queremos volver a pasar los ojos por ahí. Se trata de no morir sobre la nieve una tarde de Navidad.

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  • Flavia Romo

    Buena reflexión. Tal pareciera que irremediablemente somos binacionales, siempre cocinando en la frontera.

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