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Doble moral

Por Nerea Barón:

Hace unos meses traduje un best-seller sobre éxito empresarial de un autor estadounidense. En algún punto entre consejo y consejo, mencionaba que había cosas que, en último término, había que confiar a Dios. Me llamó la atención la disonancia. ¿Cómo podía meter a Dios mientras hablaba de competencia predatoria, acumulación de recursos e individualismo? ¿Cómo podía meter a Dios en medio del dinero?

Recordé entonces el dólar, con su famoso lema: In God We Trust. Estados Unidos ha sabido compaginar una sociedad religiosa (en parte gracias a los permisos que da el mismo protestantismo) con una cosmovisión moderna, pragmática y, con frecuencia, abusiva. Su tipo de ideología es inclusiva –por eso encaja tan bien la imagen del gringo obeso–: todo lo que le sirve y todo lo que le place, lo incorpora con gran facilidad.

Difícilmente un autor mexicano se daría una licencia semejante. Recuerdo mis clases de Historia de primaria: la secularización –la separación de la Iglesia y el Estado– era un logro de la razón y del progreso sobre la enajenante fe y los abusos de sus dirigentes. En consecuencia, era menester tener bien claro qué pertenecía a nuestras creencias religiosas y qué a nuestra vida pública para no cometer ningún retroceso y no ceder un solo centímetro en nuestra imperiosa conquista de la racionalidad.

En ese tenor, no es difícil comprender por qué somos una sociedad con tanta doble moral. Somos como esos niños de padres divorciados que, cuando les conviene le piden permiso uno y cuando les conviene a otro. Mamá Iglesia y Papá Estado. Y ahí no acaban nuestras escisiones: somos también católicos dogmáticos –resuena la palabra “secta” como una afrenta– pero en nuestras tradiciones tenemos prácticas religiosas prehispánicas, como la de poner el altar de muertos. Y ni hablar de nuestros dobles estándares en cuanto a género, proliferación económica o nacionalismo.

Todo pensamiento está cimentado en contradicciones. El problema es que cuando a nosotros se nos presentan las propias, en vez de encararlas y generar un sistema más inclusivo –o cuando menos más crítico– optamos por suspender el juicio, negamos la contradicción para seguir reproduciéndola y si alguien nos la muestra nos ofendemos. Así, negados a ver el panorama completo, nos volvemos como caballos con sus ojeras: según el momento, cambia la verdad que sostenemos como única válida.

La verdad es que duele tener contradicciones. Lo dice alguien que durante mucho tiempo acuñó como bien último la racionalidad occidental, con todos sus silogismos y sus retóricas y sus pretensiones de univocidad. Lo dice alguien que en su vida íntima no siempre puede llevar a cabo lo que defiende en la teoría y no sólo eso, sino que mucha de esa teoría deja de significar cuando está hablando el cuerpo que tiembla, que ama, que espera. Lo dice alguien que, justo en este momento, no sabe lo que defiende.

Sin embargo, si no le damos el lugar a ese dolor y aprendemos a crear nuevos discursos que den cuenta de ese vaivén tan vital y de ese enfrentamiento entre posturas internas y externas,  seguiremos a merced de una doble moral que zarandea por igual, que mete a la cárcel inocentes, que acusa con los ojos vendados y dice y se desdice con tal de no mirarse a los ojos.

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Feedback

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  • Julieta

    Qué manera tan rebuscada de escribir.

  • Angeles Del Rio

    1) Que no son antojeras la de los caballos? usados para cubrirles los ojos y asi vean. solo al frente porque el caballo tiene una anatomia optica muy distinta a la del ojo humano. Ellos tienen vision periferica y diferente en cada ojo. Una maravilla! !!
    Se les cubren totalmente los ojos cuando los montan picadores en corridas de toros que se le viene encima en una corrida para atacarlos. Estos bellos animales no deciden que ver.!!!

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