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Discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz de Martin Luther King

Su Majestad, su Alteza Real, Sr. Presidente, excelencias, damas y caballeros:

Acepto el Premio Nobel de la Paz en un momento en el que veintidós millones de negros de los Estados Unidos se encuentran comprometidos en una dura guerra para terminar con la larga noche de la injusticia racial.

Acepto este premio en nombre de un movimiento de derechos civiles, el cual se mueve con determinación y desdén majestuoso al riesgo y peligro, para establecer el reino de la libertad y el imperio de la justicia.

Soy consciente de que solo fue ayer cuando en Birmingham, Alabama, le respondieron a nuestros niños, quienes gritaban por la fraternidad, con mangueras contra incendio, perros de ataque e incluso con la muerte. Soy consciente de que solo ayer en Filadelfia, Mississippi, trataron brutalmente y asesinaron a jóvenes, las cuales buscaban proteger el derecho al voto. Y tan solo ayer, más de cuarenta templos fueron bombardeados y quemados debido a que ofrecían un lugar a quienes no aceptaban la discriminación. Soy consciente que la pobreza, constante y absoluta, aflige a mi gente y los encadena al escalón más bajo de la economía.

Por consiguiente, me pregunto por qué este premio es otorgado a un movimiento, el cual es asediado con una lucha implacable, a un movimiento que no ha ganado la verdadera paz y fraternidad, la cual es la esencia del Premio Nobel.

Después de reflexionar, concluyo que este premio, el cual recibo en nombre del movimiento, es un profundo reconocimiento de que la no violencia es la respuesta a la crucial interrogante política y moral de nuestro tiempo —la necesidad del hombre de vencer a la opresión y a la violencia sin recurrir a ellas. La civilización y la violencia son conceptos contradictorios. 

Los negros de los Estados Unidos, después de la gente de la India, han demostrado que la no violencia no es pasividad estéril, sino una poderosa fuerza moral que edifica toda una transformación social. Tarde o temprano todos los pueblos del mundo tendrán que hallar una manera de vivir en paz y con ello transformar esta pendiente elegía cósmica en un creativo salmo de hermandad. Si esto ha de lograrse, el hombre debe evolucionar para resolver los conflictos con un método que rechace la venganza, agresión y represalia. El fundamento de este método es el amor.

El tortuoso camino que nos ha conducido desde Montgomery, Alabama a Oslo es testimonio de esta verdad. Este es un camino por el cual millones de negros están viajando para encontrar un nuevo sentido de dignidad. Este mismo camino se ha abierto para todos los estadounidenses, una nueva era de progreso y esperanza. Ha dado lugar a una nueva Ley de los Derechos Civiles que hará, estoy convencido de ello, más amplios y extendidos los caminos para alcanzar la justicia entre el hombre negro y el hombre blanco, creando alianzas para superar sus problemas comunes.

Acepto este premio con una fe inquebrantable en los Estados Unidos de América y una fe audaz en el futuro de la humanidad. Me niego a aceptar la desesperanza como la respuesta final a las ambigüedades de la historia. Me niego a aceptar la idea de que la “enfermedad” de la naturaleza del hombre le hace moralmente incapaz de alcanzar el “deber ser” que siempre lo confronta.

Me niego a aceptar la idea de que el hombre es solo restos y desechos en el río de la vida, e incapaz de influir en el curso de los acontecimientos que lo rodean. Me niego a aceptar la idea de que la humanidad está trágicamente vinculada a la opaca medianoche del racismo y de la guerra, que hacen imposible alcanzar el amanecer de la paz y la fraternidad.

Me niego a aceptar la cínica idea de que nación tras nación deben caer en una espiral militarista al infierno de la destrucción termonuclear. Creo que la verdad desarmada y el amor incondicional tendrán la última palabra en la realidad.

Esta es la razón por la que el derecho temporalmente derrotado es más fuerte que el mal triunfante. Creo que incluso hoy, en medio de ráfagas y el mortífero sonido de las balas, no hay que perder la esperanza de un mañana más brillante. 

Creo que la justicia herida, postrada en las sangrientas calles de nuestras naciones, puede ser levantada de este polvo de vergüenza para reinar entre los hijos de los hombres. Tengo la audacia de creer que los pueblos de todo el mundo pueden tener tres comidas al día para sus cuerpos, educación y cultura para sus mentes, y dignidad, igualdad y libertad para sus espíritus. Creo que lo que los hombres egocéntricos han derribado, los hombres centrados pueden levantarlo. Sigo creyendo que un día la humanidad se arrodillará ante los altares de Dios, y la no violencia y la buena voluntad redentora será la regla de la tierra. “Y el león y el cordero se echarán juntos; y cada hombre se sentará debajo de su vid y su higuera, y no habrá quien tenga miedo.” ¡Todavía creo que venceremos!

Esta fe puede darnos el valor para enfrentar la incertidumbre del futuro. Dará a nuestros pies cansados ​​nueva fuerza a medida que continuamos avanzando hacia la ciudad de la libertad. Cuando nuestros días se conviertan en lúgubres bajo las nubes y nuestras noches se vuelvan más oscuras, sabremos que estamos viviendo en el caos creativo de una auténtica civilización luchando por nacer.

Hoy vengo a Oslo como depositario, inspirado y con renovada dedicación a la humanidad. Acepto este premio en nombre de todos los hombres que aman la paz y la fraternidad. Digo que vengo como depositario ya que en lo más profundo de mi corazón soy consciente de que este premio es mucho más que un honor tan solo para mí.

Cada vez que tomo un vuelo, estoy consciente de la gran cantidad de personas que hacen posible un viaje exitoso: reconocidos pilotos y anónimo personal de tierra.

Por los pilotos dedicados de nuestra lucha que se han sentado en los controles del movimiento de la libertad que está en órbita. Qué honor, una vez más, el Jefe Lutuli de Sudáfrica, cuyo pueblo se sigue enfrentando con la expresión más brutal de la inhumanidad del hombre con el hombre. Por la tripulación de tierra, sin cuyo trabajo y sacrificio los vuelos a la libertad nunca podrían haber dejado la tierra.La mayoría de estas personas nunca serán conocidos y sus nombres no aparecerán en Who’s Who. Sin embargo, cuando los años hayan pasado y la luz resplandeciente de la verdad se centre en esta época en la que vivimos, los hombres y las mujeres sabrán, y los niños serán enseñados, que tienen una tierra más fina, un pueblo mejor y una civilización más noble, porque estos humildes hijos de Dios estuvieron dispuestos a sufrir por una justa causa.

Creo que Alfred Nobel sabe a qué me refiero cuando digo que acepto este premio con el espíritu de vigilante de un precioso legado que él nos tiene en resguardo para sus verdaderos dueños: todos aquellos para quienes la belleza es verdad y la verdad es belleza, y en cuyos ojos la belleza de una auténtica fraternidad es más valiosa que los diamantes o la plata o el oro.

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