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Dios

Por Nerea Barón:

Olvídate de Dios. Olvídate del Padre Nuestro, del rosario de rodillas, del pecado tatuado en cada uno de tus genes desde mucho tiempo antes de tu propio nacimiento. Olvídate de ese sueño infantil en el que Jesucristo te miraba fijamente y clavaba un cuchillo en su sagrado corazón sólo para castigarte.

Olvídate de los pedofilos en las iglesias dictando penitencias crueles a los niños detrás de los confesionarios. Olvídate de los Papas gordos, de las monjas boquiabiertas, de tu abuela persiguiéndote con un pabilo humeante y de tu madre llorando porque con ese tatuaje y esos amigos, seguro te vas a ir al infierno.

Olvídate de las clases de teología. Olvídate también de Marx y del cosquilleo incesante en su dedo acusatorio. Olvídate del regurgitar de los ateos, de sus foros en línea, de su cinismo –falsa conciencia ilustrada– y de sus ansiolíticos antes de dormir.

Da el tema por superado. Y luego supera el resto de los temas, uno a uno, como si estuvieras deshojando una margarita. Olvídate de la Razón y de sus métodos coercitivos. Olvídate de Aristóteles. Olvídate de pelear con el vecino, de demostrarle a tu pareja que no, que sí, que mira. Olvídate de la Ciencia y olvídate de la Verdad. Olvídate de tu jefe con su humor volátil y de tus compañeros de trabajo que dejan apestando el refrigerador. Olvídate de Peña Nieto, del príismo entero, de Donald Trump y de cómo vas a pagar la renta. Olvídate de mañana.

Olvídate de todo hasta que tengas un espacio vacío, un nuevo cajón interior para guardar lo que tú quieras. Puedes llamarlo silencio. O simplemente tarde libre. Un tiempo desatado y una mente sin compromisos. Llegado a ese punto, respira. Como posiblemente tu asombro se encuentra debilitado tras tanta sobreexposición al ruido, te voy a prestar por un segundo el mío: tienes, dentro del pecho, una bomba que palpita inclemente, llevando sangre a todo tu cuerpo; unas bolsas membranosas que se expanden y se contraen y una infinidad de fluidos, seres y partículas encontrándose y desencontrándose en un intercambio vital.

Siente ese ecosistema rojo y azul, esa colmena obrera de ganas de vivir. Y desde ahí, comienza a recordar. Recuerda a tu gato escurridizo con su mirada tierna y posesiva, recuerda las caricias y todas las cosas suaves, aunque produzcan alergia. Recuerda las manadas de lobos, de leones, de antílopes corriendo. Recuerda los derrumbes, las cascadas, los riachuelos de agua helada. Recuerda las cañadas vertiginosas y las serpientes con espíritu de agua.

Recuerda las bocas que te besaron la boca, los ojos que te redimieron aunque más tarde te olvidaran. Recuerda los nombres que también fueron manada y derrumbe. Y recuerda a Dios: el ojo de agua que brota y se escurre por entre tus dedos, el tiempo del universo —impensable de tan infinito—, los rituales tejiendo puentes entre lo palpable y lo simbólico, lo propio y lo prestado, lo uno y lo otro. Recuerda a Dios y cierra los ojos. Siente el abrazo y el alivio: hay un mundo afuera de tu propia mente.

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