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Día de muertos

Por Deniss Villalobos:

Si me invitan a morir lejos digo que no,
que mi sitio es el de la muerte aquí donde todos los planetas lloran
y los niños están con las plantas esperando que amanezca.
José Revueltas

Mi época favorita del año comienza en octubre. Me gustan el viento y el frío, la luz gris que entra por mi ventana y me permite ver todo claramente sin tener que hacer chiquitos los ojos, los árboles que por unos meses me dejan observar su esqueleto lleno de ramas y las tardes que paso leyendo, usando un suéter de estambre y tomando té. Incluso me siento más bonita a fin de año: me gusta más cómo se ven mi piel, mis ojos y hasta mi pelo, pero definitivamente mi momento favorito antes de diciembre es Día de Muertos.

No tengo nada en contra de Noche de Brujas (varios de mis mejores amigos son brujos) y estoy a favor de las fiestas y los pretextos para tomar cerveza, bailar y que los niños pidan dulces, pero no creo que esa festividad de origen celta tenga más encanto que la forma en que muchas personas en México celebran el Día de Muertos.

No soy ninguna experta, no tengo idea de qué cosas adoptamos de diferentes culturas y épocas para crear esta tradición, y no voy a googlearlo ahora porque creo que no importa demasiado. Prefiero pensar en el pan de muerto, el mole, las mandarinas y el dulce de calabaza que comeré después de quitar la ofrenda. También prefiero pensar en las personas que van a los panteones para llevarle mariachis a sus muertos, en todas las veces que yo he ido con mi familia a un cementerio de Tlaxcala a limpiar tumbas de personas que no conocí o ya no recuerdo y en la idea de que aquellos a quienes amamos y ya no están podrán volver una vez al año.

El último día de octubre y los primeros de noviembre me hacen sentir en una película. Camino como si flotara, e imagino a los muertos dando pasos firmes sobre la tierra. Son días de intercambiar lugares. De niña imaginaba que mi bisabuelo, mi tatarabuela y todos mis tíos estaban por la casa con nosotros. Si veía una caricatura creía que junto a mí estaban sentados los fantasmas de esas personas a las que solo conocía por fotos, pero de las que no tenía miedo porque eran mi familia. Revisaba los vasos de agua que se ponían en la ofrenda y me sorprendía muchísimo cuando veía que el nivel había bajado, creyendo que alguna tía muerta ya le había dado un trago, y me robaba las mandarinas para comérmelas en el baño, pensando que los muertos respetan la privacidad del escusado y no me verían mientras estaba ahí dentro.

Sé que alrededor del mundo mucha gente admira y valora la forma en que celebramos estos días, pero más que enorgullecerme me resulta gracioso porque, para mí, para todos los que vivimos en México, es algo muy normal. Es como si el mundo te volteara a ver por cómo te lavas los dientes o la forma en que te sirves la sopa. Tengo poca información sobre cómo se conmemoran estas fechas en otros lugares, pero de tener que elegir siempre escogería morir aquí, para un día ser parte de las fotografías que una familia ponga en una mesa llena de papel picado, dulces, fruta y pan, para que algún día mi canción favorita de Oasis o José Alfredo Jiménez suene junto a una tumba en la que de mí solamente quedará un nombre, una fecha y con suerte un buen recuerdo.

Creo que en estos días vale la pena ver, comer, probar y emocionarse por todo. Mezclar Halloween con Día de Muertos, ir a festivales donde veamos catrinas y vampiros, fiestas con disfraces de la llorona y de batman, poner ofrendas con copal, cempasúchil, juguetes para los niños y coca-cola, comer calaveritas de chocolate y dulces japoneses con forma de fantasma. Todo se vale. Todo es divertido. Todo es parte de una fiesta, y no sé a ustedes, pero a mí me encanta que después de llorar podamos recordar a los muertos con risas, música, comida y flores.

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