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Día cincuenta y dos

Por Alejandra Eme Vázquez:

Han pasado casi dos meses y nada se aclara contundentemente respecto a los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, Guerrero, que fueron detenidos en Iguala y posteriormente, “desaparecidos”. La supuesta versión oficial al final no lo fue, y estamos en el mismo lodazal desde el que hemos presenciado la prácticamente nula capacidad de los tres niveles de gobierno para coordinarse, la falta de recursos de los órganos de protección ciudadana para cumplir su función e inhabilidad de los funcionarios públicos para comunicar los avances de las instituciones; pero también hemos sido testigos de la respuesta de una buena parte de la población en movilizaciones sociales, que han ido cobrando una relevancia inusitada e incluso han logrado momentos realmente deslumbrantes de lucidez colectiva. Se han visto tan “bien” las marchas y las protestas, que a veces pareciera que estamos hablando de ellas en términos estéticos, como si fueran obras de arte que nada puede “manchar”. Porque los estándares están a la orden del día y hasta en la desobediencia civil existe lo bonito y lo feo; sin embargo, aún no estamos tan experimentados en esta cultura de resistencia como para lograr la sublimación a la que a veces pareciéramos estar obligados “los ciudadanos”, así, en generalización idealizada.

¿Qué sucede, entonces, cuando las protestas se ven acompañadas por destellos no pacíficos? Desde una agresión a Cuauhtémoc Cárdenas en la primera marcha de la ciudad de México, la quema de una unidad del Metrobús, el conato de incendio a la puerta del Palacio Nacional, algunos incidentes sin mucha difusión en el interior de la República y las tomas de carreteras, edificios de gobierno y un aeropuerto en Guerrero, en donde hubo agresiones a policías por parte de los manifestantes y hasta se habló de la muerte de un oficial por una golpiza de los civiles, información que corrió como reguero de pólvora y luego se desmintió. Pero en este ínter de recibir información sobre los “negritos en el arroz” de la protesta civil, comienzan a desestabilizarse los conceptos absolutos que tanto nos gustan y que quizá no habíamos pensado lo suficiente: la espinosa palabra “violencia” viene también a posarse del lado de los que deberían ser los “buenos” y entonces algunos se deslindan, porque no quieren ser identificados con esa multitud en la que puede dispararse un comportamiento “indigno” de su solidaridad; otros llaman a dimensionar los episodios de protesta no pacífica en contraste con las acciones de Estado que suscitaron estos crímenes en primer lugar; y otros simplemente no atinan a encontrar una posición definitiva en un escenario que se mueve tan constantemente. Porque aunque nos interese el mismo fin, nuestros marcos no son iguales y cuesta mucho trabajo ponerse de acuerdo en qué es importante y qué no. Al menos, no es tan inmediato como desearíamos.

Y en medio de todo eso, los medios de comunicación masiva capturan la esencia del momento. O lo que deciden etiquetar como esencia ellos, que tienen la posibilidad de captar los acontecimientos desde un sitio privilegiado, con acceso a fuentes diversas. Y en la tarea de informar, recurren a personajes reconocidos que pretenden ser líderes de opinión a través de espacios de reflexión, cuyo fin último debería ser motivar la formación de criterio y no imponer agendas ni líneas de pensamiento. Un crítico u opinador que cree que su perspectiva es la definitiva ya ha perdido toda proporción de la realidad, como quien da por hecho que sus lectores merecen regaños o que son tontos y hay que explicarles todo. Lamentablemente, los hay. Y es de llamar la atención que justamente en esta semana, la del “buen fin”, se haya comenzado a intensificar una ola de opinión mediática en la que se llama al Estado a “poner orden” en las muestras de no pacifismo de las protestas civiles. La crítica, entonces, se dirige a un gobierno y una fuerza pública “rebasados”, que parecen “tener miedo” a los manifestantes, como se ha ido escuchando y leyendo de líderes de opinión con muchos seguidores y como los propios empresarios guerrerenses han declarado recientemente en reunión con el secretario de Gobernación, quien les dio la razón al afirmar: “Hemos venido trabajando por medio del diálogo, pero también el diálogo tiene una tolerancia y ésa es cuando se afectan los derechos de otros”. Parece que la ola de opinión se ha movido de la solidaridad y el espanto a la intolerancia y la descalificación hacia las protestas en general, porque aunque el discurso oficial es que “los violentos” son gente que no tiene que ver con los normalistas y que aprovechan el foco para hacer desastres, se está queriendo vender la idea de que toda protesta de los ciudadanos con estrellita en la frente va a atraer a estos incivilizados que llegan de quién sabe dónde. En un sistema en el que no se escatima en sembrar teorías de la conspiración, poco falta para que los llamen terroristas. Lo que sea para causar desconfianza entre la propia ciudadanía, ¿cierto?

Nadie piensa igual ni actúa bajo los mismos preceptos que los otros. Eso es un hecho. Habría que preguntarnos, no obstante, qué es lo que estamos alimentando con ese afán de distinguirnos del resto; hasta dónde la construcción de fronteras entre el yo y los demás sirven para reconocer las propias aportaciones a la construcción en común, y hasta dónde esas fronteras nos impiden reconocer y valorar a los otros. Pensemos esto: decir “un pueblo unido” no quiere decir un pueblo que esté de acuerdo en todo ni una masa amorfa que se mueve, en cohesión perfecta, hacia una sola dirección. La unión también se da desde el debate y desde el reconocimiento de una postura personal que se comparte con los otros, pero que en ningún momento debe generar un repudio tal que comencemos a etiquetarnos entre nosotros mismos como si alguien desde arriba nos estuviera poniendo estrellitas en la frente por portarnos bien. Si algunos líderes de opinión, algunos funcionarios y algunos sectores económicos, desde el privilegio de su jerarquía, ya comenzaron a pedir que “el Estado ponga orden” para preparar un escenario en el que sea bien visto el uso de la fuerza pública contra civiles, a los ciudadanos nos corresponde exigir, como sus receptores, sus representados y sus consumidores, que no se desvíe la atención hacia amedrentar a quienes protestan a cambio de dejar sin respuesta el origen de todo esto: ¿por qué todavía no sabemos a ciencia cierta dónde están?

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