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Destinos escindidos

Por Ángel Gilberto Adame:

En los estantes del Archivo Histórico Genaro Estrada de la Secretaría de Relaciones Exteriores, obran varios volúmenes que marcan un recuento de los casi treinta años de trayectoria diplomática de Octavio Paz. A su lado, y sin registro de consulta, se encuentran unas cuantas hojas que recapitulan el efímero paso de su padre por la institución.

A principios del siglo XX, tal como se describe en México, su evolución social, el inventario histórico coordinado por Justo Sierra que pretendió resaltar los progresos alcanzados por el país, uno de los motivos de orgullo de la administración porfirista era la estructura y el funcionamiento del servicio exterior.

El joven Octavio Paz Solórzano, siguiendo la tradición familiar, ingresó a la Escuela de Jurisprudencia a principios de 1905,  aunque  su vocación no estaba claramente definida, lo que se reflejaba en su irregularidad académica, su inclinación al periodismo y a la política. A todas esas posibilidades añadió una más el 22 de diciembre de 1908, fecha en que se vinculó al Ministerio del Exterior, de la mano del escritor Federico Gamboa, compañero de generación de su hermano Arturo.

La entrada de Paz Solórzano se dio en carácter de meritorio, por lo que no recibiría “sueldo ni gratificación alguna” al menos durante sus primeros meses de ejercicio. Al poco tiempo se le asignó una retribución de treinta pesos por instrucción directa del presidente Porfirio Díaz.

Su adhesión al proyecto político de Bernardo Reyes, sumada a sus obligaciones en La Patria y a sus estudios profesionales, lo obligaron a solicitar al secretario Ignacio Mariscal una licencia por seis meses, que corrió a partir del primero de agosto de 1909. En su escrito puntualizó: “quedaría muy agradecido si se sirviera usted concederme el derecho de volver a formar parte del personal […] a su cargo si antes del plazo por mi pedido terminare el arreglo de mis asuntos particulares”. A su conclusión pidió una prórroga y puntualizó: “como se me causaría un perjuicio si se me interrumpiera mi antigüedad, también agradecería a usted se sirviera acordar que los servicios prestados […] se me cuenten desde mi ingreso”.

A finales de marzo de 1910, ante el fracaso del movimiento reyista y la insistencia de su padre en que definiera sus intereses, decidió presentar el examen que lo convertiría en miembro activo del Cuerpo Diplomático Mexicano. Entre los requisitos para postularse se exigían “buena educación y costumbres, hablar y escribir correctamente el francés, a más del español y traducir a lo menos el inglés, el alemán u otra lengua útil en la carrera”, ser bachiller en humanidades y demostrar nociones generales de derecho patrio, derecho internacional público y privado y economía política.

El jueves 7 de abril fue evaluado de manera pública por el subsecretario Federico Gamboa, el diputado Fernando Duret y Rafael Aguilar y Santillán. Después de una votación secreta, Gamboa asentó en el acta: “se declara a usted apto para ingresar, conforme a la ley, y cuando haya lugar, en la carrera diplomática”.  Al día siguiente la prensa dio la nota de lo ocurrido y felicitó al joven Paz.

No habían transcurrido seis meses de su admisión cuando presentó su renuncia, pretextando que estaba a punto de recibirse y debía preparar su tesis, aunque dejó abierta la posibilidad de trabajar en un futuro para la dependencia: “manifestando al mismo tiempo que en el caso de que lleguen a considerarse útiles mis servicios en el Cuerpo Diplomático, estoy dispuesto a prestarlos con el derecho que tengo adquirido”, aunque ya no lo hizo.

En abril de 1911 terminó sus estudios de licenciatura y eligió como tema de titulación uno que hasta entonces había sido central en su vida: la libertad de imprenta. Aprobó el examen profesional el 11 de noviembre y dividió sus ocupaciones entre la gerencia de La Patria, que ocupó desde finales de ese año, y la práctica del litigio judicial.

En retrospectiva, la decisión de abandonar la carrera diplomática le negó la experiencia cosmopolita que compartían su padre y la mayoría de sus hermanos. Sin embargo, el poco tiempo que le dedicó le bastó para escribir algunos textos periodísticos sobre política internacional y para convencer a Zapata de nombrarlo como uno de sus representantes ante el gobierno estadounidense.

Su hijo, a diferencia suya, abandonó la licenciatura en derecho y ejerció la diplomacia como un instrumento que potenció su desarrollo intelectual.

NOTA: Una primera versión de este texto se publicó en Letras Libres

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