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Destellos

Por Nerea Barón:

Me conmueve mucho escuchar a M. porque tiene un brío incontenible. Le brillan los ojos, le sobran opiniones y siempre está peleándose consigo misma, debatiéndose entre todo lo que es y lo que quiere ser. Me conmueve que su historia llena de atropellos no le haya sofocado la flama y sea tan ella, tan desbordada y tan viva, cuando su contexto parecía repetirle constantemente que no fuera, que se hiciera pequeñita y desapareciera en un rincón.

Y qué decir de R., decodificador del mundo. R. también tenía un destino trazado, salvo porque no lo quiso y lo rechazó con gracia. Me lo imagino de niño con ojos bien abiertos, un poco resentido, diciendo no. Ése no iba a ser su mundo, no. Él aprendería lo que tuviera que aprender –porque le sobraban sesos– y doblaría las formas y se iría lejos, a un lugar que abrigara sus inquietudes.

La singularidad, de cierta forma, es siempre una anomalía. Podemos contarnos cuentos ordenados, con su causalidad en su lugar, pero no dejan de ser sólo cuentos. Ninguna explicación logra penetrar el albor de lo arbitrario, de lo inexplicable de ser: algo, dentro, vibra.

¿Qué es propio y qué es ajeno? Se me antoja como una falsa pregunta en un modo de existencia en el que el adentro y el afuera confluyen todo el tiempo. (Inhala. Exhala). Ni el determinismo más radical es suficiente para explicar el desbordamiento que llamamos vida, ni nos aporta nada sentirnos mónadas flotantes y herméticas, protegidas del flujo de las eventualidades.

Ayer charlaba con un amigo (o tal vez sola, estoy enferma y todo es muy confuso) de cómo, de acuerdo a ciertas tradiciones, uno elige a sus padres y a sus hijos, así como las circunstancias que necesita para aprender, por inhóspitas que sean. Ante tal apropiación de la contingencia, todo es aceptación y por ende, libertad. La pregunta no es «¿por qué tengo tan mala suerte?» sino «¿para qué me manifesté esto?», «¿qué necesito aprender de ello?». Cuánto cambia cuando se cree en el alma, ese núcleo de conciencia que se defiende a sí misma más allá de las circunstancias e incluso gracias a ellas. Y si amaneciéramos de pronto en medio de la nada y sin memoria, igual tendríamos que aprender a reconstruirnos.

Hoy me siento, querido lector, dibujando un círculo en la arena. No sé qué hay en medio, disculpe usted, pero aquí hay alguien que escribe –que hace surco– y eso, también es un destello. Qué raro.

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