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Desparpajo

 

Por Nerea Barón:

Que si el vecino nos mira mal porque invitamos a muchas personas a pasar la noche; que si hay una forma correcta de ser un mamífero entrajetado en la gran ciudad, o peor aún, una mujer libre pero respetable, bella pero espontánea, oximorónica siempre. Que si ya se acerca el fin de mes y hay que pagar la renta, y no olvidemos los impuestos y el delirio predatorio –nada delirante, por Dios, basta escuchar las noticias– del que hemos de participar día con día cargando gas mostaza en la bolsa y caminando de prisa, sin ver a los ojos a nadie.

Que si la vida es difícil, que si hay que quitarse la ropa para derrocar el sistema, que si el priísimo es un gas tóxico que recorre nuestras calles y para ser espiritual hay que aprender a no enlodarse, a caminar siempre de puntitas y no tener tener malos sentimientos; meditar incluso en la tormenta.

No lo sé. Francamente no lo sé y no me importa. Cada vez tengo menos claro qué es hacer las cosas bien y qué es hacerlas mal. Reformulo: cada vez experimento un bienestar más desatado de discursos, más sabio y más imbécil. Últimamente siento ganas, por ejemplo, de llenar de besos a un transeúnte despistado, de invitar a mi cama a un jovenzuelo de provincia y aprenderme sus manos. Últimamente sólo tengo tiempo para tener tiempo y aunque duermo poco y voy siempre un poquillo tarde a todas partes, dejo que los señores del parque me cuenten sus secretos.

No intento estetizar paisajes de pavimento ni una cotidianidad que, como cualquier otra, tiende a caerse. Soy un nudo de tropiezos. Algo, sin embargo, he aprendido recientemente: estar vivo es saberse propenso a la estupidez. Y es una delicia. Después de un periodo de sombra me reinserto a la vida así: desparpajadamente. Siento cómo el caos me envuelve de adentro hacia afuera y todo brota y todo despide aroma. Lo demás: una cadena de afanes disparatados y ciegos a sí mismos: ya encontrarán su camino avanzando a tientas, como el resto de las cosas vivas.

Que si estoy condenada a equivocarme, que si el paraíso de las buenas personas sólo le abre las puertas a quien con premeditación se mueve o si hay un mundo de responsabilidades al acecho, me tiene sin cuidado. Me basta con resolver el minuto que tengo delante y que el resto del tiempo se vaya desdoblando a su manera. Me basta con sentir el palpitar del cuerpo propio y el ritmo del cuerpo ajeno; con saber acompañar, con prepararme un té y darme el tiempo.

Con esta convicción me quedo: la vida es abundante siempre y cuando resistamos la tentación de fotografiarla. Es como un papalote: ya está volando, sólo hay que seguir corriendo.

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