Desde Rusia con terror

Por Oscar E. Gastélum:

 

“Putin placed his bet on the basest instincts and won. Even if he disappeared tomorrow, we would remain as we are.”

– Svetlana Alexievich

Las últimas tres semanas del verano de 1999 fueron un auténtico suplicio para el pueblo ruso. Y es que una ola de atentados terroristas, atribuidos por las autoridades y por la sabiduría popular a separatistas chechenos, sumieron al país entero en un estado de paranoia y rabia colectiva que desembocó, unos meses más tarde, en la renuncia de Boris Yeltsin a la presidencia y en el ascenso al poder de Vladimir Putin. Es decir, en la muerte prematura de la incipiente democracia rusa. Pero todo comenzó el 31 de agosto, cuando una bomba estalló en un concurrido centro comercial matando, milagrosamente, a solo una persona. En retrospectiva pareciera que ese primer atentado fue un ensayo, un intento fallido que motivó a los terroristas a esforzarse más en sus afanes homicidas.

Y vaya que lo hicieron, pues tan solo cinco días después, en la sureña ciudad de Buynaksk, a unos kilómetros de Chechenia, una fuerte explosión destruyó un edificio residencial habitado principalmente por oficiales del ejército, matando a 64 personas, entre las que se encontraban 23 niños. Dos días después, el ocho de septiembre, la suerte, o más bien la muerte, volvió a sonreírle a los despiadados terroristas cuando otra de sus bombas destruyó completamente otra unidad habitacional en Moscú, cegando la vida de 100 de sus habitantes. Y cinco días más tarde, de nueva cuenta en la capital, los autores de aquellas matanzas consiguieron su mayor victoria hasta ese momento al volar otro edificio departamental provocando la muerte de 124 seres humanos inermes. En esta ocasión, la bomba estaba programada para estallar a las cinco de la mañana en punto, garantizando que la inmensa mayoría de los inquilinos estuvieran profundamente dormidos en sus departamentos a la hora del estallido.

Pero la parte más macabra de esta escalofriante historia no comenzaría sino hasta una semana después, el 22 de septiembre, cuando la policía descubrió, gracias a una denuncia ciudadana, tres bolsas repletas de explosivos en un edificio ubicado en la ciudad de Riazán. Los pormenores de este episodio son tan increíblemente siniestros, que parecen sacados de alguna teoría de la conspiración urdida por una de esas mentes calenturientas que abundan y medran en la era de la postverdad y las “Fake News”. Pero lo que van a leer no es un leyenda urbana acuñada y difundida por perdedores conspiranóicos (como la que afirma que el ataque contra las Torres Gemelas en Nueva York, acontecido el 11 de septiembre de 2001, fue un autoatentado organizado por Bush y los malvados judíos), sino un evento histórico que se desarrolló públicamente ante los atónitos ojos de la comunidad internacional y que quedó minuciosamente  registrado por la televisión y la prensa.

Pero mejor pasemos al relato de los hechos. El 22 de septiembre de 1999, poco después de las nueve de la noche, Alexei Kartofelnikov, un chofer de autobús que trabajaba con el equipo de fútbol local en Riazán, llegó a su hogar ubicado en el número catorce de la calle Novoselov. Al estacionarse frente al complejo de departamentos, vio cómo una sospechosa pareja de desconocidos (un hombre y una mujer) descendía de un automóvil con placas de Moscú y entraba al edificio. Unos minutos después ambos salieron a la calle y, con la ayuda del chofer que los esperaba a bordo del vehículo, descargaron costales muy pesados de la cajuela y tras introducirlos en el inmueble, volvieron a abordar el auto y huyeron del lugar. Es importante recordar que cuatro edificios habitacionales habían sido atacados con bombas en las dos semanas previas a este incidente, por lo que resulta comprensible que Kartofelnikov haya decidido anotar las placas del automóvil y llamar a la policía de inmediato.

La policía llegó cuarenta y cinco minutos después y al inspeccionar los costales que los tres desconocidos habían plantado en el sótano del edificio, encontraron algo que a todas luces parecía un artefacto explosivo (con cables, cronómetro y una misteriosa substancia blanca incluidos), por lo que procedieron a llamar al escuadrón antibombas y a desalojar los 77 departamentos del complejo habitacional. Cuando el escuadrón antibombas arribó a la escena, desactivó exitosamente el dispositivo y confirmó que la substancia en cuestión era un poderoso explosivo plástico llamado RDX (también conocido como “hexógeno”), exactamente el mismo utilizado en los atentados anteriores y en cantidad suficiente para reducir el edificio a escombros y matar a todos sus habitantes. Además, el escuadrón reportó que el detonador estaba programado para estallar a las 5:30 de la madrugada. Nuevamente, se trataba de exterminar a la mayor cantidad de gente inocente posible.

Al día siguiente, la policía de Riazán anunció con bombo y platillo que había logrado evitar una desgracia mayúscula y Kartofelnikov se convirtió instantánea y merecidamente en el héroe de la película. El jefe del FSB en Riazán (el FSB es la siniestra agencia de espionaje que sustituyó a la KGB. Aunque en realidad no sustituyó nada y sólo cambió de nombre) celebró públicamente haber frustrado otro atentado terrorista, y el mismísimo Ministro del Interior, Vladimir Rushailo, ofreció una conferencia de prensa en la que volvió a dar la misma versión de los hechos que acabo de relatar e hizo un llamado a la ciudadanía rusa para que siguiera atenta a conductas sospechosas y auxiliando a las autoridades en la lucha contra el terrorismo. El problema es que exactamente a la misma hora en que Rushailo hablaba con la prensa, Nicolai Patrushev el director del FSB (la KGB maquillada con otras siglas) salió a contradecirlo y a afirmar, en contra de toda la evidencia disponible, que no se había impedido ningún atentado y que todo había sido parte de un simulacro para poner a prueba el nivel de alerta del pueblo ruso, e incluso se atrevió a aseverar que los costales no contenían explosivos sino azúcar.

¿Por qué este súbito y desconcertante cambio en la versión oficial de los hechos? Pues porque la policía de Riazán, apoyada por los invaluables datos (el número de placa y la descripción física de los sospechosos) que aportó el heroico Kartofelnikov (y también por una llamada telefónica interceptada) había logrado localizar y arrestar a los presuntos terroristas y estos resultaron ser, nada más y nada menos, que agentes del FSB y no extremistas islámicos chechenos. Los espías-terroristas, por cierto, fueron liberados inmediatamente por órdenes de Moscú. Pero la nueva “versión histórica” improvisada por el gobierno ante el arresto de sus agentes resultó ridícula, absurda y plagada de inconsistencias desde el primer instante. Y es que si todo había sido un simulacro ¿por qué evacuaron a más de 30,000 residentes y los mantuvieron en la calle muriéndose de frío durante toda la noche? ¿Por qué el jefe del FSB en Riazán y la policía local reaccionaron indignados e incrédulos y aseguraron que nadie les advirtió sobre la realización de simulacro alguno? ¿Por qué el escuadrón antibombas detectó RDX en los costales que supuestamente contenían azúcar? ¿Por qué permitieron que el Ministro del Interior Rushailo hiciera el ridículo frente a las cámaras y que enviara a 1200 agentes a Riazán para cazar a una célula terrorista que supuestamente nunca existió?

Es fácil encontrar la respuesta a todas esas preguntas  analizando lo que sucedió en las más altas esferas del gobierno ruso unas semanas antes y unos meses después de los atentados. Un día después del macabro circo de Riazán, por ejemplo, 24 gobernadores de la Federación Rusa firmaron una carta en la que le exigían a Boris Yeltsin renunciar a la presidencia y cederle el poder a Vladimir Putin, el flamante y desconocido Primer Ministro que llevaba menos de un mes en el cargo cuando inició la ola de ataques terroristas. Putin había sido un gris agente de la KGB durante los estertores del comunismo, pero a base de corrupción y sevicia supo escalar posiciones de poder tras la caída del imperio soviético. El último cargo que Putin ocupó antes de ser nombrado Primer Ministro por Yeltsin fue precisamente el de director del FSB y antes de abandonar su puesto eligió personalmente a su mano derecha, Nicolai Patrushev, para reemplazarlo.

Previsiblemente, Vladimir Putin emergió como el único beneficiario político de la paranoia y el caos provocados por esas tres semanas de terror, algo que a estas alturas y sabiendo lo que sabemos no debería sorprendernos en lo más mínimo. Y es que el inexperimentado y obscuro Primer Ministro reaccionó con sospechosa calma y oportunismo ejemplar ante las devastadoras explosiones, presentándose frente a sus futuros súbditos como la mano dura que Rusia necesitaba para combatir la amenaza chechena. Dos días después de la farsa de Riazán, Putin firmó una orden en la que autorizaba al ejército ruso a bombardear Chechenia, una doble ilegalidad, pues el Primer Ministro no tiene poder sobre el ejército y este tiene prohibido realizar operaciones militares dentro de su territorio y en contra de sus propios ciudadanos. La segunda guerra de Chechenia, declarada astutamente por Putin en esos días de confusión, terminó costándole la vida a más de 60,000 civiles, un dato que debería sonrojar a quienes han llamado “fascista” a Mariano Rajoy por usar torpemente a la policía en contra de los insufribles independentistas catalanes. Después de todo, lo único que los chechenos querían era precisamente independizarse de Rusia.

Pero el primitivo pueblo ruso, siempre en busca de un tirano que le ponga la bota sobre el cuello, no se inmutó ante las ominosas contradicciones que emergieron de la tétrica comedia de enredos que el FSB montó en Riazán, y se enamoró perdidamente de la retórica chovinista, simiesca y vulgar del súbitamente ultrapopular Putin, aprobando con entusiasmo su despiadado desprecio por los Derechos Humanos y el imperio de la ley. Y tan solo tres meses después de que el FSB, dirigido por un fiel subalterno de Putin, aterrorizara a su propio pueblo plantando bombas en edificios repletos de familias inocentes y culpando a los independentistas chechenos de sus crímenes, un Boris Yeltsin al borde de la demencia senil, cayéndose de borracho y mal aconsejado por los mismos oligarcas que le habían impuesto a Putin como Primer Ministro, anunció su renuncia a la presidencia dejando al país en las garras de Vlad el terrible. El macabro plan del nuevo autócrata había funcionado a la perfección. Una nueva era había nacido, la del Estado mafioso putinista, y sólo tuvieron que morir trescientos civiles rusos (y decenas de miles de chechenos) para que Putin y los suyos lograran su objetivo.

He ahí el verdadero rostro de Vladimir Putin, líder moral de la internacional fascista que lucha por destruir al mundo moderno, y héroe de millones de imbéciles despistados (tanto de izquierda como de derecha) alrededor del mundo…