Looking for Something?
Menu

¿Desde dónde, la infancia?

Por Alejandra Eme Vázquez:

Primera hipótesis: Lo que impacta en la niñez modela un punto de vista primario, el marco de referencia básico con que organizamos el mundo, los mundos.

Ni me acuerdo del momento exacto en que conocí a María Elena Walsh. Debí haber tenido unos cuatro años cuando una de mis tías volvió de Argentina con cassettes grabados para mí y mis primos, pero no puedo asegurarlo con certeza. Únicamente sé que mi memoria de infancia no puede contarse sin el fondo musical de “El twist del Mono Liso”, “Canción de la vacuna”, “El reino del revés”, “Canción de tomar el té” y todas esas letras que me parecían fascinantes. No sabía siquiera cómo era el rostro de mi voz favorita, pero cuenta mi madre que cuando me dio varicela, lo único que lograba tranquilizarme para dormir eran sus canciones, en especial la del jardinero: “Mírenme, soy feliz entre las rosas que cantan, cuando atraviesa el jardín el viento en monopatín…”.

Hace tres años, cuando estaba por salir la convocatoria para entrar a la maestría en Literatura, no podía encontrar un tema que me llenara por completo para convencerme a mí y a los demás. Pasé por varios autores y nada, hasta que un día me encontré releyendo Zoo Loco, un libro de poemitas de María Elena Walsh, en mi viejo ejemplar que tiene al final mis dibujos y primeras letras. Sólo que esta vez sí me detuve en la introducción de la autora y de pronto, esos textos que tanto había leído y disfrutado de niña cobraron una nueva dimensión: apareció ante mis ojos el género limerick y todo un objeto de estudio que en mi vida hubiera imaginado. De ahí salió mi proyecto de tesis, que no sólo ha significado una apertura de puertas y ventanas impresionante, sino que considero una especie de “puesta a mano” con la niña que fui, ¿que soy?, que se sigue emocionando.

Segunda hipótesis: No es que siempre se vuelva a ella, es que eso que llamamos infancia no deja de ser. Somos más una yuxtaposición que una sucesión de etapas.

Escribo esto mientras leo las crónicas de Walsh en el volumen Desventuras en el País-Jardín-De-Infantes, y se me desdibujan las fronteras entre infancia y adultez. Hay un impulso primario de euforia por poder leer a la voz con la que crecí desde un ojo que puede entender más sus ideas (“¡mira, María Elena, te estoy leyendo en serio!”); pero también me encuentro, como me encontré en mi tesis, muchas cosas con las que no estoy de acuerdo, ideas demasiado conservadoras y sentenciosas de la autora que amé ciegamente por años. Primero me siento un poco culpable, porque parece una traición a mi niñez de asombro continuado y aceptación; después me entero de que mi niña interior está muy orgullosa de no haberse quedado pensando lo mismo por tanto tiempo, y se me pasa.

Lo mismo que cuando tengo muchas ganas de disculparme por ser adulta ante mis alumnos, mis sobrinos, los niños regañados cruelmente por sus madres en el microbús, los niños de la calle: disculpándome no les aporto nada, incluso es una forma de subestimarlos. Si la arbitrariedad decide que desde los dieciocho-veintiuno estamos lo suficientemente “acabados” como para que nuestras ideas se tomen en serio, que sea al menos para ser adultos coherentes y críticos con lo que hemos sido en lugar de seres que se cancelan a sí mismos, como los desmemoriados funcionales para los que el “niño interior” es sólo una construcción convenenciera que usan para justificarse como argumento comodín (cuando ser niño no es precisamente cómodo). Seguro que de niños eran mucho más interesantes que eso y tal vez su verdadero niño interior ya hasta les aplicó la ley del hielo.

Tercera hipótesis: Quizá homenajear las infancias sea verlas con ojos críticos. Pero verlas.

Ahora que estamos a punto de festejar el famoso “día del niño”, circulan más que nunca una iconografía y un concepto de la infancia como un espacio de sabiduría infinita y de imaginación desbordada. Díganme aguafiestas, pero me parece poco noble imponer a los niños ese “deber ser”; parafraseando a Miguelito, el de Mafalda, hemos cargado a los llamados “menores” con el trabajo de ser la alegría del hogar. En realidad la infancia no es un sitio tan luminoso como idealiza nuestra memoria selectiva de “mayores”, pero tampoco creo que sea un lugar definitivamente tortuoso. Igual con la adultez: ni es la caricatura de la gente grande insensible y encerrada en sí misma de Peter Pan, El Principito o Alicia, ni un caos inagotable. Las categorías se entrecruzan, borrosas, y  si nos quedamos con una sola idea de lo que es ser niño o adulto, podemos dejar de ver todos los matices de los márgenes: niños lacerados por la adultez, adultos subordinados a la infancia, gritos de auxilio que no se escuchan, ideas brillantes que no tomamos en serio por venir de alguien de menos de dieciocho o tonterías que tomamos demasiado en serio porque confundimos madurez con edad. Y quién sabe cuántas cosas más.

Cierto que entre más pasamos tiempo en el mundo, más tenemos oportunidad de pensarlo. De eso a que crecer signifique corrupción de la pureza o superioridad moral, hay toda una tergiversación de distancia. Para mí, María Elena Walsh es un eje vital que me recuerda cómo las ideas pueden conservarse, afirmarse o cambiar con los años, y cómo puedo establecer una línea de diálogo con las formas de infancia, adolescencia y adultez a partir de mi experiencia, sin dejar de lado que mi manera de crecer es solamente una entre tantas. Quizá por eso me fascina que otros adultos compartan sus recuerdos de niñez tratando de retomar no sólo los hechos, sino las sensaciones y los pensamientos que tenían. Y quizá por eso me gustaría que así celebráramos (que es decir escucháramos) a los niños: estableciendo con ellos un diálogo desde la trayectoria que no necesariamente nos determina pero sí se puede dibujar uniendo los puntos, como antaño.

Corolario: Me dijeron que en el reino del revés nadie baila con los pies, que usan barbas y bigotes los bebés y que un año dura un mes.

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter