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(Des)considérame

Por Nerea Barón:

La consideración es una virtud altamente valorada. Nadie quiere —en principio— tener a un desconsiderado en casa que suba los pies a la mesa, te arrebate la palabra, se lleve tus cosas sin preguntarte y no tome en cuenta tus necesidades o tus peticiones. Si la gente se deja de hablar cuando termina una relación, no es sólo por el dolor que supone sino porque casi siempre, detrás, hubo una desconsideración imperdonable. Querer es considerar, podríamos decir, y aunque a veces es también por amor que desconsideramos, ésa es nuestra falla: dejarse arrastrar por las pasiones al punto de atropellar al otro es una muestra de debilidad de carácter, de que no estuvimos a la altura de nuestro propio amor, aquel que en teoría quería considerar al otro, cuidarlo, procurarle el bien.

Ser considerado requiere atención, sensibilidad, energía y mucha anticipación. ¿Cuándo estamos rebasando los límites del otro? Las más de las veces es difícil saberlo, sobre todo en este país en el que pocos te dicen que no directamente. ¿Pedir un favor es desconsiderar? El mexicano promedio, preocupado por no incomodar, ha de pensárselo siempre dos veces, porque sabe que meterá a un aprieto al otro que, débil de no, tenderá a cumplir su demanda aunque no quiera hacerlo. El otro lo considera y éste lo sabe, así que tiene que considerar también su consideración. Loop infinito. Corte A: Todos avanzan de puntitas, dando vueltas retóricas innecesarias antes de pedir algo, todo con tal de no causar ninguna molestia, no vaya a ser.

Por eso yo siempre le agradezco a Angélica que sea poco considerada. Ella se ríe y refuta, luego sigue cantando y se le olvida. Tengo la confianza de que con ella las cosas como son. Le agradezco su poca consideración porque eso la vuelve transparente y eso me permite a mí ser un poco desconsiderada también. Remanso de paz. Puedo pedirle algo, por ejemplo, sabiendo que nunca lo hará a regañadientes, que si acaso me dirá que más tarde, que qué hueva, o me dirá que sí y luego se irá, cual mariposa, a distraerse con otra cosa y nunca concretarlo. Y si yo fallo en un acuerdo, si me quedo dormida cuando quedamos de vernos, ella me lo devolverá con la misma moneda de desconsideración y al ver que no llego, sin una pizca de angustia, se ocupará en algo más.

Agradezco su desconsideración porque si es desconsiderada es porque está viendo siempre por sus propios intereses y eso me da la tranquilidad de saber que no tengo que cuidarla de mi demanda: se cuida sola. Hay algo, sin embargo, que matiza: la presuposición de la buena fe. Si puede haber descuido es porque existe la confianza de que también hay amor. Querer es considerar, decíamos hace un momento, pero querer también es regalar la posibilidad del descuido, aquel que ocurre cuando uno, relajado, se está ocupando sólo en ser. Ya trapearemos si se cae el florero.

Entre mi grupo de amigos hay cierta vocación de servicio a la que todos buscan suscribirse, unos un poco mejor que otros. No obstante, también hay roles. Aunque se presupone siempre tu disposición a ayudar en este espíritu nosótrico del trabajo en equipo y la noción comunitaria, cada quien tiene una función distinta y tiene su forma particular de invertir energía en pro del grupo.

Cuando tomé conciencia de eso, sentí un enorme alivio: eso quería decir que no tenía que estar considerándolos siempre, parándome cada vez que alguien necesitara algo o fuera servicial conmigo mientras yo, echada, me dedicaba a hacer aros de humo. Quería decir que se valía recibir, sabiendo que cuando llegara el momento yo también sabría dar: ellos podían cocinar pero yo lavaría los platos cuando se fueran de casa; ellos podían recoger mis cosas pero cuando estuvieran cerca yo les haría masaje, ni siquiera como un pago, sino como una mera forma de querer, una forma muy mía, como suya era la que les hacía hacer lo que hacían.

Desconsiderar es también un regalo de confianza para el otro y para uno mismo. Saber que nada se rompe si por un momento no te preocupas. Saber que el otro puede cuidarse solo, que existir para uno mismo no es un delito y que no hay equivalencias precisas para el intercambio amoroso, ni necesitan haberlas. Puedes no pensar en la cuenta cuando el otro te invita, ya te tocará a ti pagar otra cuenta, no necesariamente monetaria.

Gracias a todos los que sin enfado me desconsideran de vez en cuando, porque sé que cuando lo hacen estoy siendo un hogar para ellos, como ellos lo son para mí cuando, desconsiderada, les hablo por horas de mis laberintos y sé que querrían callarme pero en vez de eso me sirven otro café.

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