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Demos al mundo un pan

Por Alejandra Eme Vázquez:

No había forma de no quedarse viendo la reproducción continuada del caos en la pantalla. Nos hacíamos de un espacio para colarnos entre la pequeña multitud congregada en la biblioteca y volvíamos a ver la danza del humo, a imaginar el ruido, a hacer el intento por dar crédito ante lo que más bien parecía una superproducción cinematográfica. Aunque no alcanzábamos a verlo entonces, estábamos viviendo un día-parteaguas y había algo en el ambiente que así lo indicaba. Para empezar, todos los profesores habían suspendido sus clases y a falta de la conectividad de ahora, corrimos a la biblioteca donde habían improvisado un centro informativo con una televisión que proyectaba aquellas imágenes una y otra vez en los noticiarios: el momento del impacto, la gente lanzándose de los últimos pisos, la destrucción de un símbolo y de una era.

Nadie sabe lo que tiene hasta que se le derrumba a plena vista.

La mañana del 11 de septiembre de 2001 yo iba en el camión que me llevaría a la Universidad Autónoma de Aguascalientes, donde estudiaba la licenciatura, cuando se subieron Selene y Sebeli, dos hermanas que iban en el mismo salón que yo, recién estrenadito el primer semestre de Letras Hispánicas. Como tomaba el camión al inicio de la ruta, había alcanzado asiento e iba sentada; ellas subieron más adelante, casi llegando a la universidad, y se pararon a la altura de mi asiento. Escuchaban su walkman, compartiendo audífonos. Volteé a verlas para saludarlas: en sus rostros había una mezcla de incredulidad y asombro.

− Se acaban de caer las Torres Gemelas− me dijeron.

− Cómo se van a caer las Torres Gemelas− no les dije, pero pensé.

El resto es historia. Dice Ileana Diéguez que después de ese día el teatro no volvió a ser el mismo, y por teatro se refiere también al mundo cuya narrativa cambió radicalmente entre terrorismo y apariencias, entre incertidumbre y desconfianza, con esta sensación que no se quita nunca por más agua perfumada que nos restreguemos y por más alegrías aparentemente diminutas que nos procuremos: la de estar rebasados siempre, a todas horas.

9/

Septiembre sabe de vernos derrumbados. En septiembre se han gestado grandes terrores y grandes nuncamás. En septiembre hemos tenido miedo del suelo,

miedo del cielo,

miedo de cada uno de los cuatro elementos pero sobre todo,

miedo de los otros. De nosotros.

A veces es culpa del que declara la guerra nuclear, a veces de quien deja conectado su cargador toda la noche, a veces de quien conspira para ganar poder, y a veces de nadie. Del viento o de la mala suerte.

También tiene la culpa la amígdala cerebral, encargada de transmitir al cuerpo la orden de protegerse, de sobresaltarse y de entrar en pánico cuando percibe que estamos en peligro.

Dicen las abuelas que con un buen pan se nos quita el susto y dicen los médicos que eso no es verdad, que sólo un antiácido evitaría la gastritis en esos casos.

Como sea, compartir el pan con quien ha sufrido es un acto necesario. La ventaja de hacerlo es que el pan puede tomar otras formas, pero siempre nos hace darnos cuenta de que podemos elegir no estar solos y no dejar en soledad a quien ha perdido esperanzas, posesiones, entereza.

En 1985 se compartió el pan de septiembre con los escombros de la ciudad de México. En 2001, con Nueva York huérfana de símbolos. Hoy nos toca compartirlo con Chiapas y Oaxaca. Porque para combatir la sensación de ser insignificantes, insuficientes y rebasados, no queda más que el pan.

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¿Dónde estabas, si es que estabas, cuando te enteraste de que se cayeron los rascacielos del World Trade Center en el Bajo Manhattan, los construidos en 1968 y 1969 respectivamente, los proyectados por Rockefeller, los icónicos, los inolvidables? ¿A quién llamaste, a dónde corriste? ¿Quién te dijo que ese espacio había quedado vacío y que ahora Spiderman debía buscar otro sitio donde sujetar sus telarañas para sobrevolar la Gran Manzana?

Yo estaba en el camión de ida hacia la universidad y lo supe de boca de Selene y Sebeli, que eran idénticas: sólo el pelo corto de Sebeli (¿o era Selene?) nos permitía identificarlas. Así las puntadas de lo cotidiano: fueron dos hermanas gemelas quienes me dijeron que se cayeron las torres, también gemelas. Yo misma no pude notar la ironía sino hasta después, porque el caos que siguió fue abrumador y porque lo que urgía era correr a la biblioteca de la universidad y enterarnos, en plena prehistoria de lo viral y en fragmentos de imagen, de algo que no alcanzábamos a comprender. Quizá ni siquiera ahora.

Me encontré un par de veces más a Selene y Sebeli en el camión de ida y a veces nos regresábamos juntas. Pero no las vi por mucho tiempo más. En otra ironía de ésas que tanto le gustan a la vida, tampoco ellas llegaron al segundo semestre.

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